- ¿Para quién es la carta?
- Para Mariana.
- ¿Y qué te gusta de ella?
- ¿Cómo qué?
- Como rasgos físicos, espirituales...
- Sus ojos. También tiene un cabello muy bonito.
Santiago Serna escribe cartas para destinatarios que no conoce y sobre amores que no son los suyos. Lo hace por encargo. A los “clientes” los llama el pequeño letrero de letras blancas que anuncia: “Escribo cartas de amor y también de las otras”, y también el sonido similar a la leve sacudida de una campana que sale de su máquina de escribir cuando mueve sus dedos rápidamente sobre ella.
Lea: “La Cuadra es un antes y después en mi vida”: Gilmer Mesa celebra 10 años de su primera novela
Luego de llegar a la mesita en la que está ubicado, en una de las entradas del Orquideorama del Jardín Botánico, muchos, con la boca abierta; otros, con los ojos confundidos; hombres y mujeres, adolescentes y adultos, le preguntan qué hace y cuánto vale. Cuando alguien se les viene a la cabeza y deciden que quisieran regalarle una carta, se lo dicen a Santiago, y así comienza la historia.
En la máquina de escribir está parte del origen de por qué este joven de 29 años ha asistido a esta edición y a otras cuatro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín en calidad de escritor a sueldo. Esa pieza de la marca Brother la encontró en casa de su abuela, donde estaba guardada y en desuso, y la sacó de allí para empezar a escribir libros en ella, no en su habitación o en su estudio, sino en ferias del libro de otras ciudades de Colombia.
Ha viajado a Valledupar, Manizales y Cali, y hasta a otros países como Guatemala y España, en eso que él mismo describe como “un movimiento constante de la imaginación”, que se da, también en parte, gracias a las bondades de la máquina de escribir, que no necesita internet ni energía para funcionar.
Hay quienes ahora se sorprenden con esto: mientras escribe, se acercan niños de escasos diez años y susurran entre ellos, sorprendidos, mientras sostienen sus celulares, que eso es una máquina que, al parecer, tiene tinta y que así es como salen de ella las palabras que aparecen mágicamente en la hoja en blanco.
Sinfonías para máquina de escribir es el nombre que Santiago le ha dado a este proyecto en el que, durante esos eventos literarios, busca un lugar tranquilo, casi siempre a la sombra de los árboles, que sea acorde con “ese ritmo más lento de la poesía, del teclear y del ritual que implica”.
“Entonces, con esos elementos, empiezo a entablar una conversación con alguien que me cuenta su historia. Es una persona que no conozco y que tampoco me conoce a mí, pero con quien nos damos la confianza a través de la palabra escrita y de la sensibilidad para expresar algo. Así se forman puentes entre dos personas y se materializa una carta”, explica.
De las miles de cartas que podrá haber escrito Santiago en estos últimos años —dice que pueden ser hasta cien en un fin de semana de Fiesta—, hay una que recuerda especialmente. Cuando estuvo escribiendo en Madrid, conoció a una uruguaya que llevaba varios meses viajando por Europa sin poder regresar a su país y extrañando a su madre. La carta que escribió para ella cruzó el Atlántico en su bolso cuando él se trasladó a Chile, donde, además de haber cumplido el papel de escritor, también hizo el de cartero al entregarle en persona el sobre a la madre de la mujer.
Aunque por estos días lo que más escribe son epístolas, Santiago también ha publicado una novela llamada Cambalache y un libro sobre viajes llamado Entre volcanes. A ese oficio de escritor, el hecho de hacer una carta en pocos minutos le ha permitido vencer el temor a la página en blanco. En cuanto a la lectura, al lado de la máquina tiene el libro que está leyendo ahora, La montaña mágica, de Thomas Mann, mientras que, sobre sus gustos, precisa que es aficionado a las lecturas clásicas.
Le puede interesar: “Prefiero ser glorioso en mi mesa de escritura que famoso”: candidato al Nobel Mircea Cărtărescu en Medellín
La Fiesta, en comparación con otros eventos similares a los que ha asistido, es una de sus favoritas. Es en un espacio como este donde los artistas pueden ocupar libremente un lugar en la ciudad, donde, asegura Santiago, no hay suficiente espacio para ellos en el espacio público, pese a que su trabajo busca embellecer la calle y la cotidianidad de quienes la transitan.
Una vez terminada la carta, el “cliente” la lee, da su visto bueno y, si cumple con sus deseos poéticos, Santiago la guarda en un sobre al que luego le coloca un sello de lacre. Después la entrega; el otro la guarda y, seguramente, más tarde la pone en manos de la persona en la que pensó cuando vio al escritor detrás de esas líneas.
Llega alguien más, pide una carta y comienza nuevamente a teclear.
Para consultar contenido premium o profundizar sobre sus temas de interés de Medellín, Antioquia, Colombia y el Mundo, regístrese aquí.
Bloque de preguntas y respuestas