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  • La tierra prometida
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Etcétera | PUBLICADO EL 04 octubre 2023

La tierra prometida

La literatura ha enseñado la rudeza y las consecuencias de las migraciones, esas tragedias móviles de la humanidad. Sin embargo, es una lección que nadie aprende.

John Saldarriaga

Las confrontaciones internas, como las de Colombia, o las guerras entre países empujan a numerosos ciudadanos a abandonar su lugar de origen y lanzarse a la búsqueda de una quimera. Quimera que han bautizado con el ambiguo nombre de “futuro mejor”. Denominación suntuosa alentada por un endeble espíritu de esperanza. Tal designación, como todas, es arbitraria, es decir, no requiere una relación directa con lo que nombra. Fue puesta y aceptada por convención y el uso la ha ido legitimando.

Si bien es verdad que los humanos nunca se han quedado quietos, también lo es que la actual es una época de migraciones masivas. Como caracoles, los humanos van con su miseria al hombro de un lugar a otro.

Estremecen las noticias de los cientos de miles de migrantes procedentes de países de América, como Haití, Venezuela, Ecuador y Perú; de Asia, como Afganistán y Nepal, entre otros lugares, que tratan de atravesar el Darién y Centro América, con la intención de llegar a Estados Unidos. Según Naciones Unidas, en los nueve meses transcurridos en 2023, más de 330 mil personas han pasado por la selva. Tales noticias estremecen porque ya nadie ignora que esa interminable ola migratoria se convirtió en un negocio macabro, el tráfico de personas, ejercido por grupos criminales. Y porque en el fondo, quienes observamos de lejos la tragedia, sabemos que tal “sueño americano” —si acaso esos ilusos logran entrar a Estados Unidos— será una pesadilla para la mayoría de ellos. En el país del Norte, los desarraigados casi nunca salen de la miseria y casi siempre pierden la dignidad y la libertad. Esto es cuento viejo, como suele decirse. Lo han explicado mil veces en ensayos y lo han mostrado otras dos mil en novelas, cine y televisión.

“La migración es una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas mueren dentro de ti. Entre otras, tu lengua”. Expresa Theodor Kallifatides, escritor sueco de origen griego, en su novela Otra vida por vivir. Y eso que él no alude a una migración tan violenta como la mencionada que cruza el Darién, sino a la que padecen quienes cambian de sitio de manera individual y tal vez pacífica, también con el anhelo de endulzar sus días. ¡Ay! ¡Qué he dicho! Retiro esta idea: no tengo derecho a calificar una tragedia como más grave que otra. Las desgracias no se dejan medir.

Emigrantes es una novela gráfica del australiano Shaun Tan. Cuenta sobre un ser anónimo, un hombre, que deja a su familia para atravesar el océano en busca de ese “futuro mejor”, que ojalá incluya un empleo. Al país desconocido al que llega y en el que debe aprender a vivir, las cosas, al igual que él, no tienen nombre. Nada posee significado y el tal futuro es solo una pregunta aterradora y sin respuesta.

Canción de antiguos amantes, la novela de Laura Restrepo, también alude al tema. Entre lo mítico y lo actual, entre el reportaje y la ficción, habla de dos mujeres que recorren las ardientes llanuras africanas buscando conseguir para sus parientes esas dos quiméricas palabras que ponemos entre comillas.

Y qué decir de unas viejas conocidas: las letras que sobre el asunto escribieron los ensayistas Umberto Eco y Zvetan Todorov, y el narrador Charles Bukowski. El primero, en su ensayo Migración e intolerancia, explica que quienes migran son tratados como intrusos dondequiera llegan y son objeto de discriminación. Eliminar el racismo no es convencerse de que otros son diferentes a nosotros, sino comprender y aceptar las diferencias. Este es sin duda un pensamiento loable, Umberto, y deja eco en las mentes de quienes lo reciben; pero, en la práctica, ¿cuántas dificultades y cuánto tiempo se requieren para que se materialice?

El búlgaro-francés Todorov, por lo general ocupado en asuntos de lingüística, tomó tiempo para escribir sobre El hombre desplazado. Este integra un nuevo grupo, el de los desarraigados y desapegados. Perturba las costumbres de los “autóctonos”. Con su presencia y actitud los interroga e incómoda.

Y ese “viejo indecente”, Charles Bukoswki, dejó una novela al respecto, La senda del perdedor. La Depresión y la Segunda Guerra Mundial desploman la economía. Una familia europea atraviesa el Atlántico para arribar a los Estados Unidos en procura del “sueño americano”. Llega, pero por más que pasa el tiempo, no logra establecerse. Un porrazo, el de la dura realidad, la mantiene despierta. Personajes con ilusiones rotas sobreviven arrastrados, desclasados y sin el pan de cada día.

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