Desmadre, una novela sobre el amor materno, una Medellín que ya no existe y los excesos que perduran

Angosta publicó Desmadre, la primera novela de Camilo Jiménez Estrada. En sus páginas, el periodista y editor antioqueño cuenta hechos cruciales de su vida y ofrece un paisaje de la Medellín de los ochenta y noventa.

  • Camilos Jiménez Estrada, editor de renombre, publica su primera novela con Angosta: Desmadre. Foto: Manuel Saldarriaga.
    Camilos Jiménez Estrada, editor de renombre, publica su primera novela con Angosta: Desmadre. Foto: Manuel Saldarriaga.
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En Desmadre, su primera novela, Camilo Jiménez Estrada relató las vivencias más duras y dulces de su vida. Ahí están sus escarceos homosexuales en la infancia, la muerte de su mamá de un cáncer del que él no se dio por enterado, el hundimiento del padre en las sombras del trago; el hallazgo de los libros, del perico, del amor. También, en equilibrio, están los duelos de la Medellín de los ochenta y noventa. Aparecen los papelitos de cocaína en las discotecas y en los colegios, las motos de los sicarios y las bombas de los narcos.

Aunque tenga algunos de los ingredientes de las narrativas convencionales de la Medellín narco, Desmadre aborda el asunto desde otro ángulo. Lo hace a partir de una familia de clase media, educada, que se viene abajo después de la muerte de la madre y la esposa. En cierta medida, esta familia es muchas familias que perdieron pie justo en el momento en el que la ciudad se hizo mundialmente célebre. Además, quien protagoniza esto es un muchacho partido en dos. Por un lado quiere el silencio de la Biblioteca de La Playa o de la Universidad de Antioquia mientras por el otro busca el bullicio de la rumba de varios días.

Lo primero que me llamó la atención es que la Medellín de la novela ya no existe...

“Esa era justamente la Medellín que quería mostrar: la que nos tocó a los que nacimos a finales de los sesenta y principios de los setenta, y fuimos adolescentes en los años en que el cartel de Medellín peleaba contra el establecimiento. Crecer e intentar encontrar la identidad propia en una ciudad en guerra es una situación muy particular”.

Los escenarios van de una finca en Robledo a una casa de clase media en Calasanz; el personaje termina estudiando en el centro y va descubriendo la ciudad, no solo la geográfica, sino las múltiples ciudades que hay según los estratos sociales...

“La idea era ir saliendo del cascarón poco a poco: la historia empieza en una cama, en una mesa del comedor, y se va expandiendo, primero al hogar, después al barrio. Eso tiende a pasar tanto en la clase media como en las clases altas: uno se queda en un punto, porque los límites de la burbuja llegan hasta ahí. A este personaje le sucede que hay una especie de desclasamiento: ya no pertenece a ninguna clase, y empieza a buscar su identidad afuera porque en la familia encuentra silencio y ocultamiento”.

El título –Desmadre–tiene esa doble carga: la palabra asociada a lo frenético, a la rumba, y también a la falta de madre...

“La madre es el piñón: apenas desaparece este personaje, se desborda. El río se sale de madre, eso es. El título alude a esa pérdida y también al desmadre en la acepción mexicana, el descontrol; en la novela se usa el término en ambos sentidos”.

En Antoquia hay una fijación por la figura materna...

“Creo que la figura materna es central para el ser humano en general. En esas épocas de desmadre, una de mis frases de batalla era que la madre es una enfermedad, así esté muerta; eso no quedó en la novela. Quizá en la cultura antioqueña sea aún más fuerte, por la herencia judeocristiana, por la cercanía con la imagen de la Virgen y por la guerra: aquí varias generaciones crecieron sin figura paterna, o con una figura paterna representada no en el papá biológico sino en el jefe, en el patrón. Entonces todas las expectativas, todo el deseo, se vuelcan hacia la madre”.

En el libro mencionás varias veces que el niño no hace el duelo por la pérdida de la madre. ¿Creés que Medellín ha hecho el duelo por lo que vio en los ochenta y los noventa?

“Colombia no ha hecho el duelo por los diez millones de víctimas que tenemos, y esa es una de las grandes deudas del Estado: crecimos en un país en guerra. Eso crea algo en la psiquis que no hemos querido ver de frente, y a eso se suma la ausencia de duelo. Este libro también se puede considerar así: la historia de un trauma, de un duelo no resuelto, tanto en lo íntimo como en lo público. Hace falta mirar de frente, no ocultar a las víctimas, cambiar el sistema educativo; es un trabajo complejo que la sociedad colombiana ni siquiera se ha planteado la necesidad de hacer”.

Otra cosa que llama la atención es la presencia del alcohol. Pienso en las fiestas familiares que cuentas...

“Todo el mundo bebía, la gente se dormía, a uno de niño le daban sobrado de cerveza; el que más tomaba era el más macho, “¿cómo no te vas a tomar un trago, me vas a despreciar?”, decían los adultos. Yo diría que es una relación visceral, primaria e inmoderada con el alcohol, muy propia de Antioquia y el eje cafetero. Ahí está la omnipresencia de la Fábrica de Licores de Antioquia apoyando cualquier evento cultural: lo primero que hay en una manifestación cultural en Antioquia es una caseta inmensa de la fábrica. Eso produce personajes que no encuentran su centro porque desde chiquitos están borrachos, como el de esta novela, que empieza a beber a los trece años y no para hasta los cuarenta y pico. En mi círculo familiar y de amigos nunca vi una relación tranquila con el trago: siempre se tomó duro, rápido, sin comer, haciendo mala cara. Eso produce sociedades muy aceleradas e inmoderadas”.

En la literatura el trago es muy glamuroso. Pienso, por ejemplo, en El guardián entre el centeno...

“Alrededor de este personaje de mi novela se construyó silencio, vacío, y una invitación permanente a seguir adelante sin importar nada —“sufra y no llore, que un hombre macho no debe llorar”—. Esa es buena parte de la cultura antioqueña: “para adelante, que para atrás ni para coger impulso”. A personalidades con otros ritmos, otros intereses, otros deseos, eso las golpea fuertemente”.

El personaje de la novela repite el destino del papá, que también era un alcohólico...

“Claro. Los papás no enseñan a los niños por lo que saben, sino por lo que son: el ejemplo, las conductas que premian consciente o inconscientemente crean todo un ecosistema que tiende hacia ese consumo poco juicioso. Aquí se usa el alcohol porque es legal, está en todas partes y hasta es bien visto. No conozco los índices de alcoholismo, pero los de violencia intrafamiliar sí son muy altos. Es un ciclo de comportamientos aprendidos. En el libro, el hijo también hereda ese cuadro de ansiedad y de bipolaridad, porque todo el entorno está enfermo, no solo el familiar: en el barrio y en el colegio se ven problemas similares. Ese era un objetivo que me puse: mostrar la Medellín de clase media, que por serlo es un grupo de población grande y que no estaba tan contada en la literatura”.

Muchas narraciones de Medellín han tocado escenarios de barrio y marginalidad. Pareciera que en las clases medias acomodadas no pasó algo...

“Exacto. Son familias que de vez en cuando rozan los privilegios de la clase alta, y la mayoría de las veces están intentando no perder los pocos privilegios que van consiguiendo. Eso no estaba tan explícito en varias novelas; sí fue una decisión consciente mostrar esa Medellín”.

El libro abre con un epígrafe de una psicóloga. ¿Eso significa que llevás mucho tiempo pensando y leyendo sobre tu propia vida?

“Sí. Mi hermana, a quien está dedicado el libro, es psicóloga, y en mi familia siempre ha habido cercanía con la terminología, las lecturas y la terapia alrededor de la salud mental, aunque eso no significa que gocemos de excelente salud mental. Ha habido una búsqueda casi constante desde hace treinta o cuarenta años, al menos en mi hermana y en mí; no así con mis padres. La consulta con psiquiatra estaba mal vista: había un primo psiquiatra que administraba la salud mental de toda la familia, aunque él mismo tenía los mismos cuadros de ansiedad, depresión y adicción. Yo me vine a tomar en serio la terapia cuando dejé el alcohol y las drogas, y empecé a hacerla con disciplina. El libro nació de ahí, de un proceso de terapia en 2016: le decía a mi psiquiatra que sentía mi historia muy desintegrada, recordaba fragmentos pero no una línea continua. En ese momento mi hija estaba por nacer, y me angustiaba el tipo de paternidad que conocía y también no tener una historia para contarle. El psiquiatra me propuso contarme a mí mismo mi propia historia, y de esos cuadernos nació el libro”.

Recuerdo una crónica tuya sobre las terapias para dejar de fumar. Es decir, las adiciones son un tema en el que trabajas hace rato...

“He escrito muchas historias sobre adicción que no he publicado. En el último capítulo cuento a grandes rasgos lo que pasó después de dejar el alcohol. El tema no es tanto la lucha contra las adicciones: también fui feliz siendo adicto, aprendí mucho, aunque a veces cueste decirlo; es parte de mi historia y de mi búsqueda”.

Después de la muerte de la madre aparece la lectura...

“La lectura aparece primero como un medio de evasión frente al evento catastrófico que le sucede al personaje, una forma de no estar en la realidad; se convierte en refugio, en compañía y después en oficio. Empieza siendo un lugar de huida, y al final es lo único que ese personaje tiene para agarrarse”.

¿Cómo pasó esta historia de ser un cuaderno de terapia a un libro publicado por Angosta?

“Escribí esto en 2016 y en 2020. En el confinamiento, lo pasé en limpio junto con diarios y cuadernos viejos. No pensaba publicarlo; mi plan era pedirle a un amigo diseñador que me ayudara a maquetar unos veinte ejemplares para mis amigos y mi familia. Se lo envié a un par de amigos antes de terminarlo, y me dijeron que buscara la publicación. El año pasado dije: quiero vivir la experiencia de publicar, de ser un autor publicado. Lo mandé primero a Angosta porque me encanta la colección Ópera Prima, están muy bien editados y acompañan al autor con cariño. Se lo mandé a Alexandra Pareja cuando me faltaban tres o cuatro capítulos, y al mes me llamó para decirme que les gustaba mucho y que querían publicarlo. Terminé los capítulos que faltaban entre noviembre y enero, y editamos hasta marzo”.

¿No te sentís un poco vulnerable contando toda esta historia?

“Sí, aunque ya la había tramitado en la terapia. Además soy yo y no soy yo: pasó mucho tiempo, y cuando empecé a ver la posibilidad de publicarlo acomodé ciertas cosas para que fuera una experiencia más colectiva y menos propiamente mía. Casi todas las historias me pasaron, pero no en ese orden ni tal cual las recuerdo, sino como las quise armar para que el lector tuviera ciertas sensaciones: esto ya es un aparato literario, no mi cuaderno de terapia. La familia lo ha recibido muy contenta, y los amigos también”.

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