Cenizas en el Bosque de Fontainebleau

Un incendio que comenzó el pasado 12 de julio consumió cerca de 2.000 hectáreas del Bosque de Fontainebleau, a unos 60 kilómetros de París, un territorio de gran valor histórico y artístico.

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Hace un mes comenzó a arder un museo al aire libre a sesenta kilómetros de París. Un bosque de lienzos, poemas, placas fotográficas y cintas de cine. Un santuario para los románticos de siglo XIX y un paraíso para los pintores naturalistas. El Bosque de Fontainebleau es un mito de areniscas en forma de tortugas, elefantes, perros, un extraño recinto de arenas y abismos, una colección de robles centenarios, álamos y pinos nórdicos que llegaron para la industria maderable. “Un lugar como resumen de todos los lugares posibles”. Sus formas ensoñadas hicieron inevitable el arrebato de los artistas que lo recorrían como cazadores atentos a una iluminación.

Un comodín para simular La Pampa suramericana, los bosques de Bohemia, la histórica Judea, los caminos de Alsacia. Allí se rodaron las grandes superproducciones del cine mudo y películas de aventuras a comienzos del siglo XX: Vida y pasión de Cristo (1906), donde actuaron trescientos extras, Napoleón (1927), una producción que terminó en una épica de diez horas para contar los primeros años del pequeño emperador. Allí fueron también pioneros de la fotografía como Gustave Le Gray y Eugène Cuvelier que llevaban sus trípodes al bosque para que ingresara a sus cámaras.

Monet en el Bosque de Fontainebleau.
Monet en el Bosque de Fontainebleau.

El bosque fue coto de caza de los reyes desde el siglo X hasta los tiempos de Napoleón III. Aves y siervos eran las presas preferidas de sus majestades que jugaban a las emboscadas acompañados de sus “ejércitos” de cercos y capturas. Eran ocho mil hectáreas de campos de “batalla” contra los faisanes. Pero no solo proveía las carnes salvajes a la mesa real. Las areniscas entregaron una buena parte de los adoquines de las calles de París, al menos tres millones, y sus maderas nativas sirvieron para construir barcos y catedrales. El bosque era una despensa para las necesidades de los palacios, la iglesia y la ciudad que crecía.

Hasta que el ojo de los artistas encontró el oficio del silencio y la fantasía. El refugio frente a la ciudad que comenzaba a aturdirlos. Fontainebleau era una quimera muy cercana, una mina para las mentiras, un novedoso mosaico de las sombras. Lazare Bruandet fue el pionero en escoger el bosque como su estudio en plaine aire a finales del siglo XVIII. Eso significaba un repudio a la academia y al paisaje como simple actor secundario de las escenas históricas o mitológicas. Bruandet llevó su caballete al bosque para imitar algunos pintores alemanes que había conocido en sus viajes al norte de Europa. Era un pintor hosco, más amigo de la noche que de las Cortes, partidario de la revolución. Su biografía cuenta una anécdota que lo dibuja al natural. El rey Luis XVI regresaba de cacería en Fontainebleau y alguien le pregunto por los hallazgos de la excursión. El rey respondió molesto por la vulgaridad de los ejemplares observados: “solo vi jabalíes y a Bruandet”. Un salvaje acechaba a París desde el bosque y una manada estaba lista a seguirlo.

La Clairière Pierre-Auguste Renoir.
La Clairière Pierre-Auguste Renoir.

Era el momento de la Escuela de Barbizon, el realismo abría las puertas del bosque, ya no se trataba de una simple inspiración, la naturaleza lo entregaba todo, bastaba observar con cuidado, olvidar un poco la pátina del simbolismo. El pueblo de Barbizon tenía al Bosque de Fontainebleau a sus orillas y los pintores se convirtieron en los primeros turistas en llegar. Camille Corot encabezó la excursión y expuso su Vista del Bosque de Fontainebleau en el salón de París de 1830. El paisaje comenzaba a tener otro color y otra intención. Detrás llegaron Théodore Rousseau, Jean Francois Millet, Éduard Manet, Edgar Degas y otras tantas especies ilustradas del bosque.

Rousseau no se quedó en la contemplación y la pintura. Se empeñó en la necesidad de conservar ese mundo intacto, de impedir su transgresión maderable. Odiaba un bosque cultivado. Entre 1830 y 1846 se sembraron quince millones de pinos en Fontainebleau, un cuarto del área total del bosque fue ordenada con pinos. Se talaron los robles y álamos para traer especies maderables desde Suecia. Eran las órdenes del inspector de bosques de la época. Rousseau pintó entonces La masacre de los inocentes (1847), un enorme óleo que muestra los árboles sanos recién cortados por los aserradores y que el artista mantuvo toda la vida en su estudio. “Yo oía también la voz delos árboles, [...] las sorpresas de sus movimientos, la variedad de sus formas y hasta la singularidad con que se ven atraídos por la luz me reveló de repente el lenguaje de los bosques, de toda la flora...”, decía Rousseau para explicar la necesidad de conservar esa nueva lengua amenazada. Luego de la poda le pidió a la administración del bosque que conservara su “belleza artística”. Pero los “regentes” alegaron que no se trataba de civilizarlo sino de abrirlo a los turistas y al comercio. Ellos, los pintores iluminados, no eran dueños de las llaves de Fontainebleau. En 1852 los artistas insistieron ante el mismísimo Napoleón III, intrigando por la vía de un duque: “Pido protección, Señor, para estos viejos árboles que son para los artistas fuente de inspiración y su futuro sustento, y para todos los visitantes son venerables recuerdos de épocas pasadas”.

Con el arte hemos topado debieron decir los comerciantes de madera. El 14 de abril de 1861 el emperador firmó un decreto para proteger mil seiscientas hectáreas de la explotación comercial y enmarcar más de mil para el ejercicio de los artistas. Había nacido un bosque hecho solo para posar. La Escuela de Barbizon había creado, antes de cualquier activismo ecológico, la primera reserva natural en el mundo. Se fundó un comité para la defensa del bosque al que se sumaron artistas de la talla de Víctor Hugo quien resultó ser el creador del eslogan más famoso para la protección: “Un árbol es un edificio, un bosque una ciudad, y entre todos los bosques, el bosque de Fontainebleau es un monumento”.

La Clairière Pierre-Auguste Renoir.
La Clairière Pierre-Auguste Renoir.

Se dice que buena parte de las vigas de la estructura del techo de Notre Dame, conocida como La Foret, salieron de Fontainebleau. Árboles que ya tenían al menos trecientos años cuando fueron cortados para cubrir la catedral. Esas vigas del bosque también conocieron el fuego en abril de 2019 cuando ardió Notre Dame. El incendio del bosque, que inició el pasado 12 de julio, consumió cerca de dos mil hectáreas, el equivalente al cinco por ciento del parque actual que cruzan tres grandes autopistas. Un bombero voluntario de dieciocho años es hasta ahora señalado del inicio del incendio que tuvo varios focos. Aceptó haber prendido unas ramas secas con su encendedor. Algunos otros sospechosos detenidos fueron liberados por falta de pruebas.

Tal vez la obra más sugerente de Rousseau sobre Fontainenbleau sea La choza de los carboneros (1855). Los charcos en primer plano muestran que acaba de pasar la tormenta. Un color pardo domina la escena que esta vez no parece encantada sino magra. Los árboles al fondo parecen monstruos que recelan de la choza a la que se dirige la mínima figura de la “fogonera”. Nunca habría imaginado Rousseau que esa escena bucólica era una posible invocación al futuro de las llamas que consumieron las vigas de Notre Dame y muchos de los robles del bosque que hoy visitan doce millones de turistas cada año.

Le Pavé de Chailly Monet.
Le Pavé de Chailly Monet.

Pero todavía no hemos llegado a la apoteosis artística de Fontainebleau. El bosque no dejaba de hipnotizar a los pintores franceses, recorrer sus senderos se convirtió en un peregrinaje obligado. Sin su paleta de colores, sin su luz, sin sus areniscas y sus senderos no había salvación. A comienzos de 1860 los impresionistas se aburrían en el taller de Charles Gleyre, un maestro suizo todavía atrapado en las escenas mitológicas y bíblicas. Su taller se convirtió en prisión y Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Alfred Sisley y Frédéric Bazille escaparon camino a Fontainebleau. Era el momento en plein air, caminar en busca de una orilla, encontrar el árbol original. Durante casi una década visitaron y pintaron el bosque con una mirada distinta a la de Rousseau y sus amigos, en la misma naturaleza descubrieron otras luces y otras posturas. Allí se pintaron los bocetos de Le dejeurner sur l’herbe de Monet. La escena retrató el inicio de la vida citadina, el escape de la burguesía al sutil encanto de los bosques, el disfraz campestre para dejar atrás la ciudad y sus promesas. La luz es la protagonista de ese almuerzo al natural que fue también un homenaje a Manet y el original Le dejeurner sur l’herbe, que incluía un escandaloso desnudo femenino en el centro de la escena. El inmenso cuadro de Monet, de seis por cuatro metros, tiene salpicaduras de luz en toda la tela, una luz que hace despreciar la ciudad y el estudio para salir en busca del bosque, una invitación al pequeño viaje del ocio burgués.

Fontainenbleu ha dejado de arder, sus tres autopistas han vuelto a correr normalmente al igual que los siervos, los jabalíes y los faisanes. También flota de nuevo el aura de los pintores que descubrieron allí un mundo que les estaba prohibido. Ahora solo se puede reconocer el pequeño penacho de humo de la Choza de los carboneros.

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