Hay algo perturbador en que un festival de literatura expulse a una escritora, y algo aún más perturbador en que otros escritores lo celebren. Eso fue lo que le ocurrió a la argentina Ariana Harwicz, retirada a último momento del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CULTUR-ALH de Granada. Su charla se titulaba, con ironía involuntaria, «Oponerse al mundo».
Harwicz es una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana reciente: su novela «Mátate, amor» fue finalista del Premio Man Booker Internacional y acaba de ser llevada al cine por Lynne Ramsay, con Jennifer Lawrence. Aun así, la organización la sacó del cartel días antes del inicio, después de que la Red Universitaria por Palestina de Granada y otros grupos pidieran «desinvitarla», y adujo que no podía garantizar su seguridad. El motivo de fondo no era su obra, sino una opinión: Harwicz se ha manifestado en contra del boicot cultural a Israel, una postura que —conviene decirlo— extiende a cualquier país, pues también rechazó el boicot a los artistas rusos tras la invasión de Ucrania. «Cedieron a la presión de militantes. Cedieron al terror. Será un festival sin disidencia», escribió en X.
Lo verdaderamente inédito llegó después. Un grupo de escritoras y escritores invitados —entre ellos Rita Segato, Lina Meruane, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero y Brenda Navarro— firmó una carta que respaldaba la exclusión y hasta reprochaba a la organización no haberle explicado a Harwicz, con «honestidad y coraje», por qué la echaban. La libertad de expresión, sostiene esa carta, «tiene límites».
Y ahí está el nudo. Se puede condenar sin matices la guerra de Israel en Gaza —como lo hace, por ejemplo, el escritor chileno Rafael Gumucio, uno de los que más duro criticó la exclusión— y, al mismo tiempo, ver con claridad que sacar a una autora de un festival por lo que piensa es censura. Son dos debates distintos, y confundirlos es el primer truco de toda cancelación. A Harwicz no se la expulsó por un acto, sino por una opinión; y el argumento de la «seguridad» es la coartada clásica del veto: le traslada al excluido la culpa de la violencia que otros amenazan con ejercer.
La paradoja es cruel. Harwicz ha construido una obra entera sobre el derecho de la literatura a habitar lo incómodo: en «Degenerado» le presta la voz a un hombre acusado de pedofilia, sin juzgarlo ni consolar al lector; en su ensayo «El ruido de una época» se ocupa, precisamente, de la cancelación y de las presiones para que la ficción obedezca a la corrección política. «No conozco ninguna gran obra cuyos cimientos sean ideológicos», ha dicho. Excluirla por su ideología es, entonces, una ironía perfecta: se la castiga por defender aquello que hace posible su escritura, y también la de sus verdugos.
Los firmantes tienen sus razones, y hay que decirlas: para ellos, el boicot cultural es una forma legítima de presión no violenta contra un Estado al que acusan de genocidio, y darle tribuna a quien lo rechaza equivaldría a normalizar ese horror. El dolor de Gaza es real y no admite frivolidad. Pero de ahí no se sigue que la respuesta correcta a una opinión sea borrar un nombre de una lista. Cuando la pertenencia a la comunidad literaria empieza a depender de un examen de pureza, la literatura deja de ser el lugar donde se piensa lo que no se puede decir en otra parte y se convierte en una asamblea de convencidos.
Gumucio lo resume con una advertencia que las firmantes harían bien en escuchar: «el hereje de hoy puede ser el Torquemada de mañana». La misma arma que hoy silencia a Harwicz —criada, por cierto, en la conciencia del Holocausto y en un sionismo de izquierda que hoy es anatema— puede volverse mañana contra cualquiera de ellas, cuando sus certezas dejen de estar de moda. La historia reciente de las exclusiones, de uno y otro signo, no deja lugar a la inocencia. Ni la Universidad de Granada, que se desmarcó del veto, ni la Embajada argentina, que exigió «desagraviar» a la autora, alcanzaron a frenar el daño.
Queda, al final, el «placer de excluir» del que habla Gumucio: esa satisfacción, tan humana como turbia, de echar del banquete al que incomoda, sobre todo si tiene talento. Contra ese placer, la literatura no tiene más defensa que su vieja terquedad: seguir dándoles la palabra a los que piensan distinto. Un festival sin disidencia no es un festival más seguro. Es, apenas, un festival más pobre.
