Daniel Tapias necesitó diez años para reunir alrededor del Festival Internacional de Artes Eróticas, AEFEST, una comunidad de más de treinta mil seguidores y unos minutos para perderla. El 21 de junio de 2026, poco después de publicar la programación de la edición XI, bajo el lema de “Censura y Contención”, Instagram suspendió la cuenta principal. Luego desaparecieron Sex Academy, dedicada a contenidos de educación sexual, y Casa de Citas, creada para separar del festival la promoción de fiestas y eventos nocturnos.
Meta no le explicó qué publicación había infringido sus normas, cuál regla concreta había violado ni si la decisión provenía de un sistema automático, una revisión humana o las denuncias de otros usuarios. El aviso solo decía que tenía 180 días para apelar.
La cuenta de @AEFESTLatam era mucho más que una cartelera. Allí se alojaban diez años de fotografías, artistas, alianzas, programaciones y conversaciones sobre erotismo, diversidad y placer. Era el archivo visible del festival, su carta de presentación ante posibles aliados y su principal canal de ventas. Daniel calcula que cerca del noventa por ciento de la boletería se movía a través de Instagram.
—Yo le decía al equipo: “El día que nos cierren Instagram, quebramos”.
Hasta entonces, la frase había sonado como una advertencia, pero la suspensión los devolvió a la realidad. AEFEST había construido el proyecto, producido el contenido, reunido la audiencia y pagado la publicidad, pero no controlaba la puerta de entrada a su propia comunidad.
—Es como trabajar en una casa alquilada —dice Daniel—. En cualquier momento te la piden, tenés que entregar y arrancar con tus corotos para otro lado.
El problema es que, en internet, los corotos tampoco son fáciles de recoger. Cuando una plataforma elimina una cuenta, no desaparece solamente un nombre de usuario: se pierden el archivo, las conversaciones, los contactos y la prueba pública de una trayectoria. Una página web puede decir que AEFEST lleva una década, pero para buena parte del público la antigüedad de su cuenta, el número de seguidores y el registro de sus actividades eran la certificación de que el festival existía.
El daño salió de la pantalla casi de inmediato. Algunas personas que ya habían comprado boletas buscaron la cuenta y, al no encontrarla, sospecharon que podían haber sido estafadas. Una mujer que había pagado por Nequi le escribió a Daniel: “Estamos preocupados. Pagué y ustedes desaparecieron. ¿Esto es real?”.
—Ahí entendí que incluso podían denunciarnos por estafa —recuerda—. Le envié la página web y le expliqué lo que había pasado. Pero caí en cuenta de otra cosa: por más página web que tengás, si no tenés Instagram, la diferencia es abismal. Si no estás ahí, pareciera que no existís.
La desaparición también se reflejó en las cuentas de la empresa. AEFEST funciona con un equipo de seis personas y necesita facturar cerca de veinte millones de pesos mensuales para cubrir sus gastos. Después del cierre, la facturación del mes no alcanzó los seis millones. Los patrocinios de la siguiente edición permitieron pagar la nómina, pero era dinero destinado a otras obligaciones: el festival ya comenzó a gastar por adelantado para sostenerse.
Por otro lado, la casa no solo era alquilada, sino que también concentraba casi toda la actividad comercial. En X, donde AEFEST tiene cerca de tres mil seguidores, las publicaciones apenas consiguen entre cincuenta y cien visualizaciones. Telegram y los canales de WhatsApp tienen una interacción mínima. En cambio, su nueva cuenta de Instagram, @AEFESTOficial, con cerca de mil seguidores, llegó en pocas semanas a unas trescientas mil visualizaciones. La plataforma que podía expulsarlos seguía siendo, al mismo tiempo, la única con capacidad de devolverles una parte significativa de su alcance.
No toques el botón
Daniel conocía una advertencia que circula entre personas cuyo trabajo depende de las redes sociales: no hay que tocar el botón de “apelar”. Según ese rumor, la reclamación no llega a un empleado capaz de entender el contexto, sino a otro sistema automático que puede convertir una suspensión temporal en un cierre definitivo.
Daniel no sabe si eso es cierto. Lo que sí comprobó fue la existencia de un mercado informal de recuperadores de cuentas que aseguran tener contactos dentro de Meta. En las dos suspensiones anteriores pagó primero cien dólares y después cincuenta a un intermediario ecuatoriano. En ambas ocasiones, las cuentas regresaron.
—Yo no sabía si estaba haciendo algo especial o si simplemente estaba apelando —dice—. No sé qué otro procedimiento hacía para cobrar por eso.
Cuando llegó la suspensión de junio, Daniel decidió seguir el conducto regular. Pulsó el botón, verificó su identidad y envió la información solicitada. Después de ese procedimiento, la cuenta quedó inhabilitada definitivamente.
El desalojo creó su propio negocio de cerrajeros. Por recomendación de Guía Cereza, que había recuperado su cuenta después de pagar tres mil dólares, Daniel contactó a Juan, un joven de Medellín que se promociona como especialista en “crisis digitales”. En sus redes alterna motocicletas, conversaciones con clientes y comprobantes de transferencias por varios millones de pesos.
Daniel le pagó 1.700 dólares. El acuerdo era que la cuenta regresaría en unas dos semanas. Pasó un mes sin resultados y pidió que le devolviera el dinero. Juan respondió que ya lo había transferido, mediante Binance, a un supuesto representante relacionado con Meta y que no podía reintegrarlo. Si Daniel quería recuperar la cuenta “de una”, debía pagar 800 dólares adicionales.
No hay evidencia de que esos representantes existan ni de que los recuperadores provoquen las suspensiones para vender luego la solución. Pero el mercado revela una falla más amplia: cuando el propietario de la casa no explica por qué cambió la cerradura, no ofrece una apelación confiable y casi nunca permite hablar con una persona, cualquiera que asegure conocer una entrada trasera puede cobrar por ella.
La caja negra
Catalina Moreno, codirectora de la Fundación Karisma, evita atribuir el cierre a una sola causa. Pudo intervenir un sistema automático, una acumulación de sanciones, un cambio en el entrenamiento del algoritmo o una campaña coordinada de reportes. La plataforma conserva los datos necesarios para saberlo; AEFEST solo conoce el daño.
—Cuando quieres controvertir algo necesitas una razón —explica—. Si yo te digo: “No me gustó este artículo”, y te doy cinco razones, puedes pelear las cinco. Pero si te digo: “No me gustó, punto”, no sabes qué controvertir.
La opacidad produce una asimetría elemental. Meta conoce sus reglas, los reportes, los sistemas y el historial de la cuenta. Daniel recibió una sanción, pero no la acusación que la sustenta. Sin esa información no puede demostrar que el algoritmo confundió una entrada con un servicio sexual, que hubo denuncias masivas o que la plataforma aplicó sus normas de manera discriminatoria. Tampoco Meta tiene que demostrar públicamente que actuó de forma consistente.
La hipótesis de Daniel se parece a la que han planteado otros colectivos queer en el mundo: una herramienta automática puede sumar palabras como “festival”, “erotismo”, “precio” y “pago”, y clasificarlas como señales de explotación o comercio sexual. La máquina reconoce términos, pero no necesariamente entiende si el precio corresponde a una boleta, si una imagen de shibari documenta una práctica artística o si un taller de masaje tántrico tiene una finalidad pedagógica.
En diciembre de 2025, Resident Advisor documentó suspensiones de colectivos y clubes queer en Berlín, París, Bangkok, Santiago de Chile y otras ciudades. El caso del colectivo Chachorros, en Santiago de Chile, muestra claramente el efecto económico: el equipo pasó de treinta a diez personas y la venta de entradas cayó de unas ochocientas por evento a cerca de ciento veinte. Su fundador sospechó que las imágenes de artistas con ropa fetichista, acompañadas por el precio de la entrada en los pies de foto, pudieron ser interpretadas como trata de personas. Tampoco recibió información suficiente para comprobarlo.
Catalina sitúa estos casos dentro de dos cambios anunciados por Meta a comienzos de 2025. El primero fue la eliminación del enfoque de género que la empresa había incorporado después de años de presión de organizaciones sociales. El segundo fue la promesa de devolver la libertad de expresión al centro de sus plataformas y reservar la moderación para situaciones excepcionales. La contradicción es que buena parte de esas decisiones continúa dependiendo de sistemas automatizados.
Sin un lente capaz de reconocer desigualdades y contextos distintos, una línea de ayuda sobre aborto, un festival de arte erótico y una oferta de servicios sexuales pueden terminar dentro de la misma categoría.
Del lado de los usuarios aparece entonces un problema más elemental: la ausencia de debido proceso. Meta ha sostenido que su relación con quienes usan la plataforma es comercial y contractual: al abrir una cuenta, aceptan unas condiciones que le permiten aplicar sus reglas.
Pero la Sentencia T-256 de 2025, sobre el caso de Esperanza Gómez, rompió en parte ese paradigma. El tribunal constató que los contenidos de la actriz (quien aparecía en lencería o ropa interior sin exhibir genitales ni realizar actos sexuales) eran discursos eróticos no prohibidos y protegidos por la Constitución. Además, calificó la medida como discriminatoria, pues evidenció que otras influenciadoras compartían imágenes similares o más explícitas sin recibir sanción alguna, lo que demostró un sesgo basado en la actividad que Gómez ejerce en la pornografía fuera de línea (offline).
La Corte Constitucional concluyó que la empresa vulneró sus derechos a la libertad de expresión, el debido proceso y la igualdad al cerrar su cuenta sin explicar con claridad qué publicaciones justificaban la sanción. También estableció que la moderación debe ser transparente, consistente, proporcional, no discriminatoria y atenta al contexto, y ordenó habilitar un canal para recibir tutelas en Colombia.
Que la casa sea privada no significa que su propietario pueda cambiar las reglas, expulsar a sus habitantes y negarse a explicar por qué.
La censura sale de la pantalla
Daniel decidió convertir la censura en el eje curatorial del último AEFEST. La reflexión no nació únicamente del cierre de su cuenta. En los últimos años había notado que algunas presentaciones de shibari aparecían cada vez más cubiertas y les preguntó a los artistas por qué habían dejado de trabajar con desnudos.
—Porque nos censuran —le respondieron.
—¿Pero quién los está censurando aquí?
En el escenario no había un algoritmo calculando el porcentaje de piel ni un moderador enviando advertencias. Nadie había prohibido expresamente el desnudo. Sin embargo, después de aprender durante años qué cuerpo podía mostrarse, qué palabra debía reemplazarse y qué imagen podía perder alcance, los artistas comenzaron a obedecer las reglas de Instagram en el mundo real.
—El yo digital comenzó a gobernar al yo físico —dice Daniel.
La plataforma había modificado no solo la manera de anunciar el festival, sino también aquello que podía ocurrir dentro de él. La censura digital se volvió autocensura y pasó de la pantalla al escenario.
Después del cierre, Daniel regresó a lo poco que Meta no podía quitarle: los correos y números telefónicos de quienes asistieron a los eventos durante una década. Aceleró la construcción de una comunidad virtual en la página de AEFEST y pensó en recuperar medios impresos para circular la programación. La mudanza consistía en volver a reunir, fuera de Instagram, a quienes todavía pudieran encontrarlos.
Pero una página web tampoco garantiza una casa propia. Para alojar esa comunidad, proteger sus datos y resistir ataques, AEFEST necesita un servicio de nube robusto. La opción más confiable que encontró fue AWS, la infraestructura de Amazon. Salir de Meta solo lo condujo al terreno de otro gigante tecnológico.
La casa alquilada no es, entonces, una sola plataforma. Es una infraestructura digital concentrada en unas pocas compañías capaces de decidir qué puede circular, dónde se almacena y bajo qué condiciones permanece disponible.
Daniel todavía necesita Instagram para vender las entradas del festival. También necesita construir algo que pueda sobrevivir sin él. Entre ambas necesidades queda la pregunta que apareció después del desalojo:
—¿Cómo hacemos para dejar de trabajar en una casa alquilada?
Durante diez años, AEFEST creyó que Instagram era su casa. El cierre le mostró que apenas era la vitrina. La casa, si alguna vez logra construirla, será una comunidad capaz de encontrarse incluso después del desalojo.
Nota: El XI AEFEST: Censura y Contención sucedió el 15 y 16 de agosto en el Hall 74 de Bogotá.
