La Niña Polaroid, o un misterio en La Guajira

¿Puede la imagen de una fotografía desaparecer mientras se borra el recuerdo de la memoria? Esta es la historia verdadera de una niña wayúu que se encontró con un fotógrafo, con un mago.

hace 1 hora
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Por Álvaro Molina

Tengo amigos queridos, particulares, extravagantes, brillantes y locos, pero solo uno que es todo lo anterior junto. Una mezcla de derviche, saltimbanqui y encantador de serpientes con cola de caballo y look de ilusionista bolchevique de la aristocracia petersburguesa. Nos vemos poco, pero nos pasa como con los amigos del colegio que no nos tenemos que ver casi nunca para reencontrarnos con un abrazo, como si no hubiera pasado el tiempo.

Andrés es uno de los mejores fotógrafos que ha nacido por aquí. Además de sus fotos atrevidas que lo han hecho tan famoso, gracias a su vida amorosa se convirtió en una leyenda urbana que se cuenta entre murmullos de un secreto a voces, por sus dos mujeres, dos queridas, dos esposas, dos novias, dos amantes, dos santas que le copian y comparten sus cobijas. Ama escandalizar.

Como buen psicólogo que no ejerce, tiene gustos raros como sentarse a orillas del Ganges a ver las piras funerarias, que alterna con su vida de sibarita seguidor del Rey Sol. Su casa en un bosque oscuro parece de un cuento de duendes. Ha recorrido la mitad del mundo con sus dos mujeres, escandalizando con su trío a mis amigos de la Patagonia, brincando en rituales con los Masái y exponiendo sus obras en Milán, Londres y París.

En mi época sombría de publicista trabajamos juntos muchas veces y hasta nos atrevimos a hacer un libro de cocina erótica que no pasó de ser un sueño mojado del que nos despertaron las mojigatas.

Una mañana, entre el humo espeso de la pangola de tenche, le oí una historia que juré algún día escribir. Por esos días yo andaba atacado por el despecho después de tirar ocho años de matrimonio por seguir la voz celestial de una señorita que me saludaba cada que llegaba a trabajar: “hola Álvaro”, y aunque nunca me paró bolas cada vez que la veo recuerdo que gracias a ella fui papá; no con ella, con otra parecida a ella cuando la miraba de espaldas. En fin, otra historia de diván. Nunca he podido ligar dos puntos y para llegar de la a la b paso por todo el abecedario. Necesito urgente hacer un curso con Sara Jaramillo que me hace volar con sus palabras porque me gusta escribir.

Andrés me contó que, a finales de los ochenta, cuando tenía una sola esposa, se fueron para la alta Guajira, adonde llegan pocos, a un desierto que es un laberinto infinito de ramas con tunas asesinas, a un kiosco a la orilla de un mar que siempre se parece al caribe de las tres de la tarde con olas que jalan y empujan y llenan de arena todos los rincones. Por eso este par se metía al mar en pelota, igual, cerquita no había sino iguanas mirando feo.

Dormían en hamacas en un kiosco haciendo lo que provoca cuando afuera está a cuarenta grados: nada. Por la mañana se bañaban con totumas aprovechando un poquito del agua dulce que Shira, hija del sol wayuu, sacaba de un pozo a varios kilómetros. Por las tardes pasaban el tiempo mirando el mar, ¿será que hay algo mejor?, tan solo atareados cuando atacaban las hormonas alteradas con el agua del mar que da tanta arrechera.

Andrés, por aquello de cazar recuerdos, rara vez llevaba sus cámaras cuando salía a pasear, a duras penas, como en ese paseo en que, pasó lo que pasó, llevó una Polaroid, un juguete.

Una tarde cuando el sol empezaba a pintar todo de naranja, mientras jugaba entre las olas con su mujercita, vio a un grupo de niños que salió brincando de la maraña seca hasta la playa. Con la brisa soplando al revés, no podía oír, pero parecían cantando. Jugaban con la arena y bailaban con las olas. Eso que hace uno en el mejor momento de la vida, pero no se da cuenta de que está en el mejor momento de la vida.

Cada uno por su lado, los amantes y los niños se quedaron pasando el rato entre las olas hasta que el sol se puso rojo y se perdió.

Esa noche le preguntaron a Shira, la dueña del dormidero, por los niños y ella les contó que venían de una ranchería cerquita. Andrés le preguntó si era posible ir a conocer la ranchería, aunque sabía la respuesta: no.

Una tarde, cuando vieron otra vez salir a los niños de la maraña, Andrés corrió hasta el kiosco y sacó su polaroid. Como quién no quiere la cosa cogió de la mano a su mujer, se la llevó cerca del grupo de niños y le empezó a tomar fotos. No pasó mucho tiempo para que los niños curiosos se acercaran a mirar la pareja, pero sobre todo el juguete que escupía laminitas de colores.

Ante la imposibilidad absoluta de comunicarse con palabras por el wayuunaiki de los pelaitos, con su encanto natural, se encargó de que vieran la imagen de su mujer en las láminas. Los niños sin entender muy bien, miraban asombrados mientras Andrés invitaba con gestos a la más chiquita a posar para tomarle una foto.

Üleicha, estrella en wayuunaiki, se paró frente a la cámara con su sonrisa blanca. Era tan chiquitica que con su manta roja parecía flotando en el viento. Andrés se agacho para quedar a su altura y disparó su polaroid sin saber que estaba tomando la foto más importante de su vida.

Una vez la cámara hizo lo suyo, Andrés agitó varias veces la lámina y se la acercó a la niña mientras se iba revelando. La niña asombrada veía cómo iba apareciendo su sonrisa, su cara y su manta wayúu. Tardó un instante en entender que era ella y se rió.

Cogió la mano del hechicero y empezó a caminar hacia el laberinto de chamizos chuzudos que resultó ser mucho más largo y oscuro de lo imaginable. Mientras la chiquita aceleraba el paso, desesperada por mostrarle la foto a su mamá, se dieron cuenta de que sin ella no hubieran salido de allí jamás.

Tras un recorrido eterno apareció el claro con la ranchería que no eran más de veinte casas de barro y paja perfectamente alineadas rodeando un gran kiosco con sillas de entramados plásticos y hamacas de colores. De las casas salieron mujeres de todas las edades como princesas de Sherezade, con sus mantas de colores y facciones perfectas.

La niña corrió sin soltar al mago a mostrarle la foto a su mamá con una retahíla de palabras que no se entendían, pero Andrés supo que ese instante fue el más feliz de los siete años de vida de su amiga diminuta.

La mamá, hablando en perfecto costeño, los invitó a sentarse en dos banquitos de cuero de vaca roto, a la sombra de un níspero. Maravillada y agradecida con la foto de su estrellita les sacó dos tintos negros y fuertes sin dulce, pero con mucho ripio, en dos tacitas de peltre acabadas, de esas con flores rosadas y azules.

Les contó con el orgullo empalagoso, de los que cargamos la foto de los hijos en la billetera, que Üleicha era la luz de su vida desde que se había quedado sola. Que tres veces a la semana venía un profesor desde Media Luna a enseñarles a leer y escribir y que la niña caminaba varias horas todos los días con otros niños para traer el agua desde un pozo sobre un burrito viejo que era su propiedad más valiosa.

Mientras hablaban la niña se fue quedando profunda en las piernas de la mamá que no paraba de sobarle el pelo con una peineta sin dientes.

Se levantaron de los banquitos con las últimas luces del día aterrados por el camino de regreso sin darse cuenta de que toda la ranchería estaba lista para acompañarlos. Antes de despedirse la señora los invitó a volver al otro día a compartir el juriiche, que aceptaron gustosos sin entender de qué se trataba.

Los wayúu se aseguraron de llevarlos hasta donde Shira, que los miró aterrada por el séquito interminable de caras conocidas.

Después de desayunar bollos de maíz con pescado frito y café muy negro salieron hacia la playa a esperar a sus anfitriones que los guiarían hasta la ranchería.

Pasaron unas horas que usaron para jugar con las olas y recoger conchitas y caracoles como todos los que vamos al mar que las acumulamos sin saber para qué.

Esta vez cuando llegaron a la ranchería había varios hombres que no los determinaron, mientras las mujeres se los llevaron al kiosco comunitario donde los esperaban Üleicha y su mamá, entronizadas en una mecedora. La niña saltó y se lanzó hacia el mago y lo abrazó mientras se decían palabras que no entendían. Todos miraban a este personaje tan raro que no se parecía a nadie conocido.

A unos metros vieron una fogata en la que reposaba un caldero inmenso donde flotaban tripas, vísceras y la cabeza de un animal que no identificaron, que daban vueltas mientras revolvían sin parar, en algo que parecía sangre. Alrededor varias mujeres, rondando los cien años, masticaban con pocos dientes algo que desprendía una espuma blanca que iban escupiendo en pocillos de peltre carcomido por el óxido.

Tras un rato, que se les hizo muy largo por no tener mucho de qué hablar, llegaron con dos platos hondos de esos con flores que había en todas las casas de la costa. Sobre lo que parecía masa de arepa cruda, venía una generosa porción del guiso que flotaba en la sangre ya más espesa.

Cada uno recibió su plato con una cuchara de latón brillante. La pareja intercambió una mirada que lo decía todo: “No podemos dejar ni un tris”. Por supuesto.

Los primeros bocados fueron complicados, pero una vez superado el susto, el juriiche les gustó, sobre todo cuando entendieron la generosidad de los que solo tienen carencias.

Les pareció que la mamá de su amiga diminuta era la que mandaba en la ranchería. Aunque todavía se veía joven era imposible calcular su edad, eso sí, la mujer del mago jamás había visto un color de piel más hermoso.

Pero si el chivo cocido en sangre había sido una prueba difícil de superar, lo que siguió los abrumó cuando les llevaron dos de los pocillos en donde habían estado escupiendo las centenarias del grupo. Andrés mirando de reojo a su mujer, no dudo un instante en tomarse el contenido sin pensarlo mucho.

La tarde la pasaron con Üleicha y los otros niños que se los llevaron a conocer las casas con ventanas chiquitas, muy frescas por dentro, con hamacas, jíqueras, ollas que brillaban como espejos, todo dispuesto en perfecto orden. Recorrieron varios corrales con marranos negros muy flacos y chivos por lo que por fin pudieron identificar de qué era la cabeza que giraba en el guiso. Terminaron jugando algo parecido a la golosa con figuras que los niños pintaron en la arena.

Al final de la tarde, después de que se despidieron, jurando que volverían, salieron en medio de otro séquito que los acompañó hasta donde Shira, esta vez cargando la chiquita que se notaba triste por el adiós. En el camino, gracias a la curiosidad genética de las féminas, se enteraron de que la mamá de su amiguita se llamaba Kualia, amanecer, y era la matriarca de la ranchería.

Esa noche se durmieron tarde mirando al mar, tratando de dejarlo en la memoria, como pasa cuando se acaban los paseos felices.

Cuando los recogió lo que quedaba de lo que algún día fue un Willis se fueron en silencio sabiendo que nunca sería lo mismo. El amor no se repite y los abrazos se van desapretando con el tiempo.

Durante los años siguientes siempre tuvieron algo que hacer para no volver, hasta que el matrimonio se acabó, como casi todos. Pero nunca olvidaron esa tarde comiendo chivo con los wayúu y menos la sonrisa blanca de la chiquita. Los hombres siempre queremos repetir las historias de amor con las nuevas protagonistas como si pudiéramos devolver el tiempo, así que apenas apareció otra digna de la secuela, el mago la convenció de irse a La Guajira a una playa en la que estuvo alguna vez y quedó con ganas de volver, por supuesto sin contarle los detalles de los juegos entre las piernas.

Pasó varios días tratando de llamar a Shira para reservar las hamacas hasta que se enteró que hace años se habían ido. En vez de eso, una pareja de paisas había construido un hotel boutique con piscina y tal. Lo que para Andrés fue un desastre, para la nueva fue una dicha sobre todo cuando supo que no tendría que usar letrina sino un baño con todos los juguetes y que seguro tampoco tenía que comer tripas cocidas en sangre ni tomar nada que una vieja hubiera escupido. Las mujeres odian ir a deshacer los pasos de otras que se comieron a su macho.

Cuando llegaron y los recibieron con un coctel de bienvenida ella lo aceptó feliz y el entendió que el pasado no vuelve. De los kioscos con hamacas no quedaba sino el recuerdo. Lo único que seguía igual eran las olas de las 3 de la tarde.

Se instalaron en la pieza y mientras ella iniciaba su ritual eterno de acicalamiento, en segundos el mago se puso lo primero que encontró y salió para el mar a mirar hacia el laberinto tratando de deshacer los recuerdos.

Pasaron dos días, él esperando, ella preocupada porque la arena se le pegaba de la piel y le rascaba: “Vámonos para la piscina, que pereza el agua de mar”. Adiós a los polvos entre las olas.

A los paisas les preguntó varias veces por los wayúu pero lo único que le dijeron es que esa gente no se deja ver, quién sabe que tendrán por allá.

Una tarde vio que venían caminando tres personas con un burrito y de una supo que eran wayúu de la ranchería. Salió corriendo a encontrarlos. Les explicó que era amigo de Kualia y Üleicha y que había venido desde Medellín a saludarlas y les pidió el favor de llevarlo a la ranchería. Tras una discusión en wayuunaiki que, por supuesto no entendió, la señora del grupo que era la única que hablaba costeño le dijo que iban a preguntar y que en caso tal volverían para llevarlo. Siguieron su camino arriando al burrito, ¿qué habrá más bonito que un burro chiquito?, mientras Andrés volvía haciendo mala cara para la piscina donde sonaba la de la tanguita roja tan duro que no dejaba oír el mar. Que mierda.

Pasada media hora de tortura entre cocteles malucos incluidos en la cuenta con sombrilla, piña y cereza que la susodicha bebía como si no hubiera un mañana para pasar los huevos de codorniz con salsa rosada de sobre, aparecieron de la nada dos wayuus que gritaban paisa, paisa... porque no los dejaron pasar hasta la piscina. Que mierda.

Para felicidad de la señorita, ya prenda, Andrés le dijo que se iba a saludar sus amigos de la ranchería y salió a encontrarse con los mensajeros que miraban aterrados a los niños jugando en la piscina como si no hubiera mar.

Caminó detrás de ellos y poco hablaron, mientras cruzaron el laberinto. Apenas llegó al claro de las casitas, lo recibieron tantos chivos como señoras que lo miraban como si se les hubiera aparecido la virgen.

La mayor, en costeño puro, le dio la bienvenida y le dijo que Kualia llevaba años esperándolo. Caminaron rápido hasta la casita de bahareque que se mantenía idéntica a la de sus recuerdos.

Apenas entró lo primero que vio fue a la gran matriarca meciéndose despacio, mucho más vieja de lo que era, con la mirada fija en la laminita de Üleicha, que colgaba de un hilo rojo en la pared. En la polaroid casi todo se había desvanecido, solo se veía un poquito de la sonrisa blanca de la niña.

La señora apenas notó la llegada del mago con gran esfuerzo estiró sus brazos para saludarlo con una mirada que no se explicaba en sus libros de Freud. Con una voz lejana como de muerta le dijo: Üleicha se me fue unos días después de usted.

Andrés entendió porque no vio a la chiquita y miró hacia ningún lado para que Kualia no lo viera llorar, mientras la señora que lo había entrado a la casa le contaba entre murmullos que unos días después de la tarde del chivo, la estrellita de la ranchería había amanecido bañada en sudor con unos calores que se la llevaron a pesar de los rezos de piaches y curanderas que llegaron de varias rancherías.

Después de esa vez, la matriarca pegó la laminita de la niña en la pared con un hilito que sacó de su manta y se sentó a mirarla, pero cuando empezaron a pasar los días, las semanas, los meses y los años, la niña se empezó a ir otra vez. Ya no quedaba más que un pedacito de su sonrisa.

Mientras se hizo vieja Kualia esperaba que el hechicero volviera para que sacara otra vez a su estrellita de la máquina que escupía laminitas, porque cada día le daba más brega acordarse de ella.

Andrés no supo cómo explicarle porque la niña se iba desapareciendo lentamente y no tuvo nada más para decirle. La besó en la frente y se fue en silencio. El silencio son las palabras cuando no hay nada que decir.

No quiso que nadie lo acompañara a atravesar el laberinto de regreso y por eso llegó tarde al hotel boutique a ver dormir a su compañera que olía a tufo de coctel barato con piña, sombrilla y cereza y huevos de codorniz, que apenas lo sintió le dijo con esa voz que nos desconsuela tanto a los hombres: ¿Dónde estabas?

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