Juan Kiss, el último rockstar de la radio de Medellín

Empezó su carrera en la radio en la década de los noventa, y aunque nunca estudió nada relacionado con el periodismo o la locución, su profundo conocimiento del rock y del inglés lo llevaron a la radio. Aquí la historia de Juan Kiss, quien estuvo durante más de dos décadas en Radioacktiva.

  • Juan Kiss, el último rockstar de la radio de Medellín
bookmark

El diecisiete de enero de 2025, Juan Manuel Ángel Múnera se conectó a una reunión virtual extraordinaria con directivos de Caracol Radio. Para entonces llevaba casi veintisiete años en Radioacktiva, emisora de la que había sido voz, programador, director y una de sus figuras más reconocibles. La estación atravesaba uno de sus mejores momentos recientes: más de ciento veinte mil oyentes, un regreso de la marca al centro de la conversación juvenil de la ciudad y un Jingle Bell Rock que, apenas dos años atrás, había reunido a más de cuatro mil personas en el teatro Carlos Vieco viendo solo bandas locales.

Aquella mañana, sin embargo, la conversación iba en otra dirección.

Le informaron que Radioacktiva Medellín volvería a enlazarse desde Bogotá. La programación local desaparecería. El equipo pasaría a concentrarse principalmente en labores comerciales. A él, después de años como director, le ofrecieron quedarse como coordinador en la ciudad.

—Ya no soy director —pensó.

La noticia lo golpeó en silencio. Años atrás habría protestado. Toda su vida había sido así: frontal, argumentativo, intensamente rocanrolero. Pero aquella vez no dijo casi nada. Más tarde diría que se sintió como William Wallace antes de la ejecución.

Después vinieron los programas grabados desde Medellín para emitirse más tarde; las reuniones distintas; la sensación incómoda de ya no reconocer del todo el oficio al que le había dedicado la vida. Empezó incluso a escribir artículos para la página web de la emisora. Pero algo se había quebrado.

Una mañana de febrero, un mes después de aquella reunión, se despertó y sintió, por primera vez en casi cuatro décadas de radio, que no quería ir a la emisora.

—Amor, qué pereza ir a la emisora —le dijo a Beatriz “Tata” Espinoza, su esposa desde hacía treinta y siete años.

Ella lo miró desde la cama y le recordó una vieja promesa que él mismo había repetido durante años:

—¿No recordás lo que siempre decís? El día que te levantés sin ganas de hacer radio, ese día tenés que irte.

Juan Kiss entendió entonces que había llegado el final de una época. No solo la suya. También la de una ciudad que durante décadas aprendió a escuchar el rock —y, de algún modo, a escucharse a sí misma— a través de voces como la suya.

Mucho antes de aquella reunión virtual, antes de que Medellín lo conociera como “Juan Kiss”, hubo un niño que pasaba horas enteras encerrado en la biblioteca de su padre escuchando emisoras en AM.

Creció en San Joaquín, un barrio de clase media alta, de calles arborizadas y casas amplias donde todavía sobrevivía algo de la vieja Medellín. En la casa de los Ángel siempre había dos radios encendidos: un transistor blanco sobre la nevera de la cocina y un Silver negro de doble casete en la biblioteca de su padre —un hombre culto y políglota que llegó a reunir más de ocho mil libros —, casi siempre sintonizado en la básica de Caracol.

Fue en ese aparato donde empezó todo.

Mientras otros muchachos salían a jugar fútbol, Juan Manuel prefería quedarse buscando emisoras en el dial. Una tarde, a finales de los años setenta, encontró Radio Disco ZH y aquella casualidad terminó cambiándole la vida. Sonaban Led Zeppelin, Black Sabbath, Aerosmith, Cat Stevens o Kool & the Gang en una misma franja. Empezó a escuchar durante horas a locutores como “Tito” López y Donnie Miranda, fascinado no solo por las canciones, sino por las voces que las presentaban.

Su obsesión llegó a un punto extraño: grababa las canciones en casetes, pero también las intervenciones de los DJ. Mientras la mayoría de oyentes odiaba que un locutor hablara encima de la introducción, él quería conservarlo todo: las pausas, la respiración, la manera de anunciar un tema.

Entonces apareció Kiss.

***

Fue en 1977, mientras estudiaba en la UPB. Vio a un muchacho usando una camiseta con la portada del álbum Love Gun, donde aparecían cuatro rostros maquillados, casi demoníacos. Se acercó y le preguntó quiénes eran.

—Una banda de rock duro que se llama Kiss.

La respuesta le bastó.

Desde ese momento empezó a perseguir cualquier rastro de la banda: artículos, discos, fotografías, recortes. Poco después consiguió un casete y el fanatismo terminó de instalarse para siempre.

En el barrio comenzaron a llamarlo “Juan Kiss”.

Primero fue un apodo entre amigos de San Joaquín. Mucho después terminaría convertido en una marca radial reconocida en toda Colombia. Pero entonces no era más que un adolescente obsesionado con el rock que todavía recordaba de memoria el teléfono de su casa porque le parecía «muy metalero»: 230 0666. ¡The Number of the Beast!, en alusión a los tres últimos dígitos.

A comienzos de los años ochenta, la radio ya había dejado de ser un pasatiempo.

A media cuadra de su casa quedaban los estudios de Todelar. Allí escuchaba Cascada Musical, un programa donde enfrentaban bandas entre sí y regalaban discos a los oyentes que llegaran primero a la emisora. Cada vez que lanzaban un concurso, Juan salía disparado desde su casa y atravesaba la cuadra en segundos.

Ganó una vez. Luego otra. Y otra más. Hasta que el locutor empezó a sospechar.

—¿Vos por qué ganás tanto? —le preguntó una tarde.

Juan Manuel le confesó que vivía prácticamente al lado de la emisora. Botero soltó una carcajada y le prohibió volver a participar. Después hizo algo más importante: lo sentó frente a un micrófono y le pidió que presentara una canción.

Tenía quince años y no le tembló la voz.

Botero lo observó unos segundos y le dijo algo que terminaría persiguiéndolo durante el resto de su vida:

—Vos tenés madera para esto de la radio. No te dan miedo los micrófonos, tenés muy buen inglés y sabés de lo que hablás. Este podría ser tu futuro.

La frase se quedó resonando.

Juan pertenecía a una generación que aprendió geografía emocional escuchando artistas a través de la radio: California, Detroit, Londres o Nueva York parecían quedar a unas pocas cuadras de San Joaquín.

Mientras tanto, su fascinación por Kiss seguía creciendo hasta niveles casi patológicos.

Román González, músico y gestor cultural de Medellín, recuerda entre risas que en Veracruz Estéreo circulaba una especie de leyenda interna: cada vez que llegaban revistas Billboard a la emisora, aparecían misteriosamente mutiladas. Cuando preguntó qué ocurría, Donnie Miranda, entre risas, le respondió:

—Eso debe ser Juan Kiss, que todo lo que ve de Kiss lo recorta y se lo lleva.

La anécdota se repetiría años después en Radioacktiva, cuando el locutor y comediante, Max Milford, confesó al aire que un día había participado en un concurso de dibujo siendo adolescente y jamás le devolvieron su ilustración de Kiss.

—Juan Kiss se la robó —dijo entre carcajadas.

Pero detrás de ese fanatismo había algo más profundo: una disciplina silenciosa.

En 1987 llegó su primera oportunidad real.

Mauricio Montoya Botero, “Bull Metal”, conducía un programa en Radio Disco ZH, Criaturas del Metal, y lo invitó a acompañarlo al aire. El director de la emisora quedó sorprendido por su manejo del inglés y la naturalidad con la que hablaba sobre música. Poco después llegó a Veracruz Estéreo, donde todavía se presentaba al aire como Juan Ángel.

Tenía veinte años, una voz mucho más brillante y juvenil que la que Medellín terminaría recordando décadas después, y una mezcla extraña de timidez y seguridad que solo desaparecía frente al micrófono. Donnie Miranda ponía canciones al aire y luego le disparaba preguntas rápidas sobre discos, músicos o fechas de lanzamiento. Más que un examen, parecía un ritual de iniciación.

Pero la transformación definitiva ocurrió casi por accidente.

Una tarde de 1990, durante una reunión interna en Veracruz, Juan permanecía distraído dibujando sobre una hoja. Había hecho un logo de Kiss y debajo firmó: Juan Kiss ’90.

Donnie pasó detrás suyo y le preguntó quién era “Juan Kiss”.

—Yo. Así me dicen en el barrio.

Donnie se quedó mirándolo unos segundos.

—¿Y entonces por qué te presentás como Juan Ángel?

Ese mismo día decidió cambiar su nombre al aire. Cuando terminó el turno, Donnie lo presentó ante los oyentes con una frase simple que terminaría marcando la historia de la radio roquera en Medellín:

—Ahora los dejo con Juan Kiss.

El nombre se quedó.

Pero todavía faltaba algo decisivo: encontrar la voz definitiva.

***

Detrás de aquella futura voz grave y cavernosa que terminaría distinguiéndolo en la radio colombiana, había un problema físico que lo acompañó desde niño: amígdalas enormes que le provocaban incapacidades frecuentes. Los médicos insistían en operarlo, pero su padre se negaba: le aterraba que la cirugía pudiera cambiarle la voz.

Paradójicamente, terminó ocurriendo lo contrario.

En 1997, a sus treinta años, después de una amigdalitis especialmente severa, decidió operarse. Cuando volvió a hablar, su esposa quedó desconcertada. La voz había cambiado por completo: más grave, más profunda, más áspera.

Tiempo después, un médico le explicó lo ocurrido:

—Esa es su voz real. Las amígdalas se la taparon toda la vida.

La radio acababa de encontrar definitivamente a Juan Kiss.

Román González lo resume mejor que cualquiera:

—Él es un artista del micrófono. Hoy cualquiera prende un celular y cree que es comunicador. Juan enviaba emociones. La gente no sentía que estaba oyendo un locutor: sentía que estaba conversando con alguien cercano.

Justo ahí estaba una de sus mayores diferencias: nunca habló para una multitud. Hablaba para una sola persona.

—Yo salgo al aire y siento un oyente al frente mío—, dice—. Uno solo. Y a él le cuento la historia.

A finales de los noventa, mientras el rock vivía uno de sus últimos grandes momentos masivos en Medellín, Radioacktiva se convirtió en una identidad generacional. Sonaba en buses escolares, universidades, tiendas y habitaciones de adolescentes que aprendían nombres de bandas gracias a locutores que parecían guías espirituales más que presentadores.

Y Juan Kiss era uno de ellos.

Nunca se vio a sí mismo como un DJ recreacionista. Necesitaba contextualizar las canciones, construir atmósferas, conectar historias. Carlos Andrés Restrepo Mora, locutor y DJ conocido como “Mora”, recuerda que Juan llegaba desde las cinco de la mañana organizando guiones, secuencias musicales y ritmos emocionales para cada programa.

—Era obsesivo. Pero también poseía una intuición especial para la programación. Podía poner Guns N’ Roses, luego Green Day, después Bee Gees y terminar en Iron Maiden sin que sonara forzado. Eso solo lo hace alguien que entiende realmente la música y la radio —recuerda Mora.

Y quizá por eso las historias más increíbles de su carrera no ocurrieron necesariamente dentro de una cabina.

***

El 19 de diciembre de 2005, mientras estaba al aire, Juan recibió una llamada desde Miami. Era Sandra, su hermana menor, para decirle que su padre acababa de sufrir un infarto y un derrame cerebral. Había viajado a Estados Unidos días antes para visitarla y conocer a su nieto.

—Muerte cerebral—, le dijo.

Juan intentó terminar el programa, pero la tragedia se le metió en la voz. Julio Sánchez Cristo, con quien colaboraba para La W, notó inmediatamente que algo ocurría. Minutos después lo llamó. Le explicó la situación: su padre estaba prácticamente muerto en Estados Unidos y él no tenía visa para viajar.

Lo que vino después todavía parece improbable.

Julio le ordenó gestionar el pasaporte inmediatamente, mientras él empezó a mover contactos, aceleró trámites y consiguió citas imposibles para tramitar su visa. Días después, Juan estaba viajando hacia Miami para repatriar el cuerpo de su padre.

—Le debo mucho a Julio—, dice todavía. El episodio lo marcaría profundamente.

Dos meses después, gracias a esa visa recién obtenida, viajó a Los Ángeles para cubrir los premios Óscar como corresponsal de La W.

Llegaron sin acreditaciones, sin backstage y sin acceso garantizado. Mientras otros periodistas se movían con escarapelas oficiales, Juan, y la periodista Celmira Rubio, entendieron que tendrían que sobrevivir infiltrándose en fiestas y persiguiendo testimonios donde fuera posible.

Así llegó una historia verdaderamente increíble, ocurrida una noche en el Beverly Wilshire Hotel, el mismo donde años atrás se había filmado Pretty Woman.

La misión era intentar conseguir una entrevista con Will Smith durante una fiesta privada. Naturalmente, no lo dejaron entrar.

Entonces Juan hizo lo que mejor sabe hacer: conversar. Terminó haciéndose amigo de uno de los guardias de seguridad y lo convenció de dejarlo entrar “solo para ir al baño”. Allí permaneció escondido más de una hora.

—Occupied, occupied—, respondía cada vez que alguien intentaba abrir la puerta.

Cuando finalmente salió, creyó que podría mezclarse entre los invitados y desaparecer entre la multitud. Hasta que abrió la puerta principal de la fiesta y entendió inmediatamente el problema: era el único blanco en una celebración integrada casi exclusivamente por artistas afroamericanos.

Cuando finalmente salió, un guardaespaldas gigantesco estuvo a punto de expulsarlo hasta que la cantante Macy Gray intervino y pidió que lo dejaran quedarse.

Nadie le habló en toda la noche. Pero tampoco lo sacaron.

Más tarde salió un momento a fumar. Encendió un cigarrillo. Se le cayó. Se agachó a recogerlo. Cuando levantó la mirada vio unos zapatos amarillos intensísimos frente a él. Después la chaqueta amarilla. Después el rostro. Era Quincy Jones.

El legendario productor de Michael Jackson estaba parado frente a él. Sonriente. Relajado. Vestido como si acabara de salir de una fiesta en Río de Janeiro. I love cigarettes, but they’re bad for our health, le dijo («Me encantan los cigarrillos, pero son malos para nuestra salud»).

Juan sacó una grabadora y le pidió una corta entrevista. Quincy aceptó con absoluta naturalidad, incluso después de descubrir que el aparato estaba apagado y debían comenzar otra vez. La entrevista terminó incluyendo un saludo de parte de Jones para Julio Sánchez Cristo y otro para Luis Alberto Moreno, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

Cuando el material salió al aire en Colombia, Julio dijo algo que Juan jamás olvidaría:

—Juan Manuel, esa entrevista pagó tu viaje y el de Celmira.

Pero todavía faltaba cumplir el sueño más improbable de todos.

***

En 2015, Kiss regresó a Colombia para presentarse en Bogotá. Cuando Juan viajó a la capital para cubrir el concierto, le dieron una noticia que casi lo desarma: habría entrevistas presenciales con integrantes de Kiss. Juan entrevistaría a Gene Simmons junto a Alberto Marchena, mientras otro periodista argentino tendría asignado a Paul Stanley.

Juan intentó negociar con el periodista argentino. Le explicó que Stanley era el cantante de su banda favorita, su héroe absoluto desde niño. Aquello no funcionó.

Entonces ocurrió uno de esos accidentes maravillosos que parecen diseñados por la mitología del rock.

En el backstage, Gene Simmons y Paul Stanley se cruzaron para conversar unos segundos antes de las entrevistas. Luego cada uno tomó camino hacia salas opuestas. Pero se equivocaron de dirección.

Paul Stanley terminó entrando a la sala de Juan Kiss.

Stanley entró cansado, malgeniado, con gafas oscuras. El mánager advirtió inmediatamente que la entrevista debía durar máximo diez minutos.

Juan entendió enseguida que no podía hacerle preguntas comunes. Tenía que hablarle no como fan, sino como alguien que realmente conocía su música. Entonces decidió atacar desde un lugar completamente distinto, que diera en el ego de la mega estrella.

—Uno de los grandes álbumes de Kiss es Crazy Nights.

Stanley reaccionó de inmediato. Se quitó las gafas. Se acomodó en el asiento.

Crazy Nights —publicado en 1987— no suele aparecer entre los discos más respetados de la banda. Pero Juan conocía ese álbum de memoria. Entonces empezó a recitar canciones una tras otra: “Bang Bang You”, “Hell or High Water”, “My Way”, “Reason to Live”...

Stanley entendió inmediatamente que aquel colombiano no estaba fingiendo.

Entonces llegó la frase definitiva:

—Quizá ese es el álbum donde usted mejor cantó en toda su carrera.

Stanley sonrió.

I agree too («También estoy de acuerdo»).

Y la entrevista cambió completamente de tono.

Los diez minutos previstos terminaron convirtiéndose en casi media hora de conversación relajada sobre discos y alineaciones de la banda. Tommy Thayer —el guitarrista líder— observaba la escena sorprendido.

Hasta que, al final, Stanley soltó una frase que terminó cerrando el círculo completo de una vida:

You know your Kiss history. Congratulations, tío («Usted sabe de la historia de Kiss, te felicito»).

Después alguien le explicó que en Medellín le decían “Juan Kiss” precisamente por ellos.

Stanley abrió los ojos, divertido.

—¡Ah, Juan Kiss!

Tal vez ahí está resumida toda la esencia de Juan Kiss: la pasión convertida en oficio.

Porque incluso ahora, después de abandonar la radio tradicional, sigue comportándose como alguien que todavía escucha música con el asombro de un muchacho de veinte años.

***

Tata Espinoza, su esposa desde hace casi cuatro décadas, lo observa diariamente en escenas mínimas que desmontan el personaje radial sin destruirlo:

—Madruga siempre, monta bicicleta, va a nadar, compra prensa impresa los domingos —El Colombiano, El Espectador y El Tiempo—, discute partidos de fútbol como si estuviera defendiendo una causa nacional y sigue aferrado a las mismas marcas: Casio, Nike Cortez y Levi’s 513. Y, claro, a los mismos discos de hace cuarenta años.

¡Los mismos discos de hace cuarenta años!

Quizá por eso su salida de Radioacktiva terminó teniendo algo más profundo que una simple renuncia laboral. Para muchos oyentes, fue la sensación de que una época comenzaba a apagarse lentamente.

Román González lo resume con tristeza:

—Juan será de los últimos grandes personajes de ciudad que produjo la radio.

Pero lejos de quedarse detenido en la nostalgia, Juan decidió hacer algo que llevaba soñando desde joven: construir su propia emisora: Juankissradio.com. Una estación digital levantada canción por canción, con una filosofía sencilla resumida en uno de sus separadores favoritos: “Cuando una canción es buena, es buena para siempre”.

En un mundo dominado por algoritmos y contenidos desechables, Juan Kiss sigue creyendo en algo casi anticuado: la compañía emocional de una voz humana.

Por eso, cuando habla sobre el futuro de la radio, no suena como un hombre derrotado, sino como alguien que se resiste a abandonar una convicción.

—La radio puede evolucionar todo lo que quiera. Pero no puede descuidar la antena.

Y quizá tenga razón. Porque hay generaciones enteras en Medellín que todavía asocian ciertos recuerdos con una voz grave diciendo el nombre de una canción antes de que empezara a sonar. Muchachos que crecieron oyéndolo en buses escolares. Conductores nocturnos. Insomnes. Adolescentes que descubrieron bandas gracias a él.

Entonces uno entiende que Juan Kiss nunca fue solamente un locutor de rock. Fue —y todavía es— una manera de escuchar la ciudad.

Más generación