Dos relatos de Homotextual, libro de John Better

Desde la publicación de Locas de felicidad, John Better ha contado con ternura y crudeza la vida sexodivergente. En el mes del Orgullo, publicamos dos relatos inéditos del barranquillero.

hace 4 minutos
  • John Better es uno de los cronistas de la vida homosexual en el Caribe colombiano. Ha escrito poemas, crónicas y novelas. Foto: Cortesía de Vanexa Romero
    John Better es uno de los cronistas de la vida homosexual en el Caribe colombiano. Ha escrito poemas, crónicas y novelas. Foto: Cortesía de Vanexa Romero
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Cruising (Una intención gay)

Al igual que el pájaro que lleva en su jaula, el muchacho negro silba una tonada familiar. Lo voy siguiendo por un estrecho camino del monte denso. Falta poco para el ocaso. “Han matado a tantos como yo en este lugar”, pienso mientras lo veo caminar, mirando de un lugar a otro, buscando un lugar donde ocultarnos. Dos hombres: uno con un ave encarcelada, el otro, encarcelado en el deseo.

—Es por aquí—, dice él, señalándome una cueva de follaje.

El pájaro en la jaula se agita nervioso. Se golpea con violencia hasta ensangrentar sus plumas. Luego se queda quieto.

El monte habla incesantemente: el canto de diversas aves, croar de ranas en alguna poza cercana o el reptar de alimañas al acecho.

El chico cuelga la jaula de una rama saliente y se quita la camisilla. Su flaco pecho exhibe algunos tatuajes hechos con tinta verdosa: el escudo del Junior, un pato Donald mal dibujado, el nombre de una mujer: Dilia, un ancla y una cruz.

—¿Te gustan?

—Sí.

Me gustaría saber qué significan para él esa serie de dibujos mal hechos. Si Dilia es su madre o un viejo amor. Pero me trago mis ínfulas de reportero y veo una cicatriz que luce a la altura de su tetilla.

—Una puñalada—, dice sin quitarme sus intensos ojos amarillos de encima.

De su calzoncillo saca una pelota de papel periódico y la desenvuelve. El aroma de la yerba se impone y se mezcla con el del monte regado por los últimos aguaceros. Enciende el bareto y al instante sus ojos se atizan. Estamos sentados uno frente a otro. Su ancha pantaloneta recae hasta su entrepierna. Me pasa el joint. Le doy solo dos aspiradas.

—¿Ya?

—Sì, es suficiente para mí—, le respondo.

Lo apaga y guarda la chichara en una caja de fósforos, no sin antes echarle una bocanada de humo al pájaro.

—Ey, yo te he visto en los periódicos. ¿Tú qué eres?

—Debes estar confundido, yo no soy ese del que hablas.

—Nada, eres tú.

—Ya te dije que me debes estar confundiendo, además yo no vine a hablar.

Hay más tatuajes. En su ingle: otro nombre: Cecilia. En su pierna izquierda: lo que parece ser una silueta femenina. En la derecha: una hoja de marihuana y un rosario. Su pubis huele a yerba y papel periódico. El pájaro en la jaula canta, podría jurar que es algo de Vivaldi. Mis rodillas se hunden ligeramente en la tierra húmeda. Su verga es tan gruesa que apenas puedo empuñarla. Tiene la osadía de preguntarme si me gusta cuando me tiene con el paquete hasta la garganta. Me libero de sus manos, reteniendo mi cabeza contra su verga y tomo aire. Le digo que no lo vuelva a hacer, que yo me encargo. Se ríe todo trabado y acaricia delicadamente mi pelo. Comenta que tiene un condón, pero no me interesa. Admiro su verga por varios segundos, la detallo como a una escultura de mármol oscuro: las furiosas venas hinchadas de placer, la enorme cabeza como un carnoso Shiitake. Vuelvo a meterla en mi boca con más fuerza. Adentro la lengua se enrosca como una cinta. Con una mano masajeo sus testículos. Con cuidado, con “amor”.

Él tensa los músculos de sus piernas, y empuja mi cabeza con fuerza otra vez, trato de zafarme pero es inútil: un espeso torrente de esperma golpea mi garganta. El muchacho negro sale de mi boca y una de sus manos acaricia mi mejilla. El sol empieza a caer. El ocaso está aquí y oscurece su cara y la mía.

—Te compro el pájaro.

—¿Cómo?

—Lo que dije. Te compro ese pájaro, no vale la pena que lo tengas ahí encerrado.

—No, nada, no lo vendo. Te vendo “este”.

—No, quiero el que canta.

—A este monte vienen muchos “vales” con jaulas a cazar, puedes hablar con ellos.

—Yo quiero ese—, suplico.

El muchacho negro se pone la camisilla y descuelga la jaula de la rama donde la había colocado.

—Me das lo mío—, dice, un poco irritado.

—Toma lo tuyo— le contesto dándole el pago. Nuestras manos se unen en el más efímero de los pactos.

—Tú eres el que sale en los periódicos—, dice y se aleja silbando.

El pájaro en la jaula permanece callado, atento al sonido que emite. Oyendo, tal vez con algo de lástima, aquella desafinada melodía que su dueño entona.

Los chicos de Venezuela

Estaba sentado en una banca del paseo Bolívar, a punto de hacer estallar la cápsula sabor a sandía de mi cigarro, cuando lo conocí.

–¿Complás paleta? –dijo el chico.

Era una voz aniñada, enternecida todavía más por su dificultad al pronunciar las erres.

–Tengo veldes, amalillas, lojas –insistió.

Eran enormes lunas de tóxico azúcar incrustadas en un largo palo de madera más grande que él.

–¿Y cómo te llamas?

–Malco.

–¡Malco! Qué lindo y extraño nombre –dije.

–¡No, no! Maaalco, con “el-le” de latón Mickey.

–¡Ah, Marco!

–Eso, así. Soy de Malacaibo.

–Un placer, yo me llamo Joan.

–¿Y en qué tlabajas?

–Estudio aves.

–¿Los pajalitos se estudian?

–Sí.

Recordé las palabras de una loca conocida mía: “Niña, tienes que ir al centro a comer ‘caraotas’ ”, refiriéndose a los chicos venezolanos que merodeaban por el centro de Barranquilla. Me parecía desalmado reducir a estos muchachos al ingrediente típico de un platillo que hacía tiempo no se llevaban a la boca por la precaria situación de la República Bolivariana. Minimizarlos a un pasabocas para la dieta sexual de las maricas más voraces de la ciudad era demasiado.

–¿Y me vas a complal la paleta?

–¿Qué cuestan?

–Mil pesos.

Marco tenía unos intensos y verdiamarillos ojos, pensé en una bolita-uñita partida por la mitad al verlos. Su cara era como una piedra a la que la corriente del río ha pulido con esmero. Su cabello era de un tono cobrizo, intuí algunas mezclas extranjeras en su sangre. Lo imaginé desnudo, un santo adolescente sobre los altares, sofocado por las llamas de los velones.

–¿Y no te vas a comel la paleta? – preguntó Marco.

–No sé, me da algo de pesar hacerlo. Mira, es tan bonita. Parece una luna roja, ¿no crees?

–A mí me palece el foco de un semáfolo.

Ya Marco se había sentado a mi lado. Olía a sol, a melaza y cobre, de tanto manosear y recontar monedas. Sus uñas estaban limpias y sus zapatos algo remendados, pero pulcros. Llevaba una camiseta dos tallas más grande, y un jean negro rasgado a la altura de las rodillas.

–Hay muchos chicos venezolanos en esta zona –dije expulsando una bocanada de humo de mi cigarrillo.

–“Lebuscándose”, como dicen ustedes.

–¿Y cómo se “lebuscan”? –indagué, imitando su lambdacismo.

–Venden paletas como yo, otlos venden tinto, cluciglamas, chuchelías. Otlos hacen “cosas” con gente que viene pol aquí.

–¿Qué cosas?

–Tú sabes...

–No sé, cuéntame.

–Pol aquí vienen muchos tipos como tú...

–¿Como yo? ¿También estudian aves?

Marco me pidió un cigarro y lo encendió. Creo que empezaba aburrirse.

De pronto noté algo en una de las paletas con el palo de madera incrustado.

–¡Abejas! –dije.

–¿Dónde? –exclamó un asustadizo Marco.

–En esa paleta –dije, señalando una luna de azúcar amarilla.

–Ah, eso. Es que cuando hacen las paletas en la bodega hay bastantes abejas levoloteando y caen en la melaza caliente y se muelen. Las abejas son limpias, no te dé asco, ellas hacen la miel y también les gusta comélsela, les gusta todo lo dulce, el azúcal, el chocolate y todo eso.

–¿Sabes, Marco? Una vez leí un relato de Truman Capote en donde hablaba, si mal no recuerdo, de una muchacha que para saber si había encontrado el amor verdadero tenía que capturar una abeja y aprisionarla con el puño. Si esta le picaba, quería decir que no lo había encontrado aún; pero si el animalito no le hacía daño, significaba que el chico al que había conocido semanas antes era el adecuado y, por ende, este era el amor de su vida.

–Todas las abejas pican– fue lo último que me dijo Marco antes de marcharse, regalándome una hermosa sonrisa.

Han pasado algunos meses desde aquel encuentro. A veces recorro el paseo Bolívar a ver si lo veo por ahí vendiendo sus lunas de azúcar por mil devaluados pesos colombianos.

–¿Sabes algo de un chico llamado Marco? –le pregunto a un muchachito moreno como el cuero, que está sentado en una de las bancas.

–Tiene días que no viene. Pero estoy yo, me llamo Manuel. ¿A dónde vamos? –contesta con un fuerte acento venezolano.

Me alejo con mis casi cuarenta años encima, mientras la tarde languidece y el centro es un enloquecedor zumbido de pitos de autos y gentes que van de un lado a otro. En una jardinera del paseo Bolívar veo tres abejas libando de las florecillas. Entonces me atrevo y de un manotazo atrapo una.

Más generación