Primero la obra.
La historia es corta y quien la cuenta asegura que es verdad. Una mujer guapa se casa con un hombre guapo y, con el dinero de este, organiza veladas a las que asisten escritores, artistas y demás especímenes del mundo de la cultura. Allí no faltan el whisky, el vino, los cortes de carne y las viandas. Cada tertulia es una ocasión perfecta para recordar la belleza de las pieles y la comodidad de los apellidos. Ella escribe poemas o cuentos, para el caso lo mismo da.
El punto de giro llega rápido: una noche, con las chispas de los tragos, uno de los invitados se pierde en la enorme vivienda, traspone la línea de sombra y da con una puerta que al abrirse cambia el mundo. “La habitación está a oscuras, pero aun así distingue un bulto amarrado y doliente o tal vez narcotizado”, escribe quien asegura que todo es cierto.
¿Y qué hace el comensal al encontrarse de frente con el horror? Cierra la puerta, regresa a la fiesta, olvida. Las preguntas en el Chile de los setenta y ochenta no eran muy seguras.
El escritor Roberto Bolaño cuenta esta historia en El pasillo sin salida aparente, la crónica de su regreso por unos días a Chile, en 1998, tras un exilio de treinta años en México y España. En esa anécdota, incluida al final del texto, están las obsesiones literarias de quien ha sido considerado por la crítica y por buena parte de los lectores de América Latina el heredero de los grandes novelistas del Boom latinoamericano. Allí están las claves de un universo estético que sedujo a la legendaria Patti Smith —la misma que cantó en la ceremonia de entrega del nobel a Bob Dylan— y a Mohamed Mbougar Sarr, el novelista más joven en recibir el Goncourt, el premio top de la lengua francesa. Y son, en su orden, la literatura y la violencia.
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Por un lado, la literatura —en particular la poesía— es el oficio de los personajes de los libros de Bolaño. La escritura es el laberinto en el que se pierden o la luz que encuentran al final de padecimientos sin nombre. Son poetas o aprendices de poetas los jóvenes que atraviesan México en las páginas de Los detectives salvajes, la novela con la que Bolaño saltó a la primera línea de la literatura hispanoamericana en 1998 al ganar los premios Anagrama y Rómulo Gallegos.
También lo son los protagonistas de Nocturno en Chile, Estrella distante y de muchos de sus cuentos. El hecho de que lo sean no es fortuito: para Bolaño la poesía es una de las maneras de acercarse a la belleza, de dar testimonio del vértigo de la vida.
También está el núcleo de horror que habita y alimenta las ficciones del chileno. Y no es para menos: Bolaño perteneció a la generación de latinoamericanos que vio al continente llenarse de dictaduras militares y, poco después, presenció el fin de las utopías izquierdistas alimentadas por las revoluciones en Cuba y en Nicaragua.
Además, por cosas del destino, fue testigo del golpe de estado que en 1973 quemó el Palacio de la Moneda con Salvador Allende dentro y llevó al poder a Augusto Pinochet. “...de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de los cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende”, escribió en el inicio de El Ojo Silva, quizá uno de sus mejores cuentos, incluido en Putas asesinas.
