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El hijo preferido, un mal muy común


ilustración Esteban parís

Cuando Julio Herrera era un adolescente que apenas estrenaba rebeldía, llegaba a casa acompañado de su hermano, Carlos, dos años mayor que él, después de una jornada de estudio igual de larga e intensa, y notaba que para el otro había un vaso de leche sobre la mesa y, en cambio para él, un pocillo de aguapanela. O de agua.

Carlos, sexto de mayor a menor, era el favorito de su madre, Betsabé y, con el tiempo, de los nueve hermanos, incluso de Julio, porque aquel era miedoso y espiritual. De las mujeres, la preferida de la mamá era Gloria, antepenúltima en la lista.

El preferido del papá fue el mayor, Jairo Aníbal. La explicación que tiene él para esta predilección es que ese fue el primer hombre después de dos mujeres y, por eso, le dio hasta su nombre. Con él salía a todas partes y, cuando creció, el muchacho alcahueteaba las canas al aire del viejo sin irse a contarlo luego.

Los hijos favoritos sí existen. Aunque la mayor parte de los padres, ante la pregunta por esta circunstancia, se apresuren a responder con una frase que se ha convertido en lugar común: “Yo los quiero a todos por igual”.

La psicóloga de familia Holena Klimenko, profesora de la Institución Universitaria de Envigado, confirma que esas preferencias sí existen y son frecuentes y que, por supuesto, pueden generar problemas psicológicos en las personas, aunque no en todos los casos, porque en psicología, dice, no hay fórmulas matemáticas ni verdades absolutas.

“Cuando alguien llega a la condición de padre o madre sin tener suficiente madurez psicológica, no está capacitado emocionalmente para amar a sus hijos en lugar de amarse a sí mismos en sus hijos, es decir, tienen a los hijos como proyección suya y solo aprecian en estos lo que ellos son”.

Lo ideal, dice la psicóloga, es que los padres sientan el mismo amor por los hijos que tengan y les expresen el afecto de manera equilibrada. Esto es, les dediquen tiempos parecidos y brinden frases de estímulo a cada uno de ellos.

Esos cariños

“No es conveniente el amor egoísta o condicionado”, advierte Holena. Un afecto que cambie, si creen que el hijo o la hija actúa de una manera que no esperaban.

Por ejemplo, añade, si a un hijo lo aman sus padres, se enteran de que es homosexual y entonces lo rechazan; o a una hija la aman, se dan cuenta de que quedó embarazada y a partir de este momento la hacen a un lado; o si lo adoran, pero en vez de ingresar a estudiar medicina como ellos esperan, entra a derecho y hasta ahí llega el afecto y el apoyo. Estos son amores egoístas, precisa la especialista.

Además señala la psicóloga que cada hijo es distinto y los padres no deben ponerlos en competencia. “Si el preferido saca buenas notas y lo alaban por esto, al otro no lo pueden poner a competir con él, porque no son iguales. Cree que haga lo que haga, jamás va a ser visto con los mismos ojos que al primero y tratará de competir de otra manera con él”.

Es, entonces, cuando comienza a comportarse mal, para obtener atención de sus padres. Y cuando estos lo regañan, está consiguiendo lo que desea: que lo atiendan a él también, aunque sea de distinta manera que al otro.

No es extraño, sigue explicando Holena Klimenko que, en este momento, los padres lleven al muchacho díscolo al psicólogo, para que este se encargue de “arreglar lo que está mal” en él, porque ellos no se dan cuenta de que son desequilibrados en el afecto y el trato que les brindan a los hijos: las formas de las relaciones humanas son inconscientes. Para el psicólogo es imposible resolver el problema tratando solo con el hijo. Es un asunto de familia.

Más tarde, en relaciones de pareja —todo lo dice Holena–, puede resultar manipulador o celoso. O un desconfiado. También llegar a ser una persona con baja autoestima.

Para el preferido igual puede haber afectación. Les dan más que a los otros, de modo que él puede sentir una carga de compromiso y de expectativas con él. Y si falla, siente que decepciona a sus padres.

Para Rafael Hernández Gil, psicólogo de infancia y profesor de la Universidad de San Buenaventura, por lo general, los hijos mayores son favoritos porque es el anhelado y, además, los padres “no tienen experiencia en la crianza de hijos y él es como el ratoncito de laboratorio”. Los segundos o terceros se van tranquilizando y no les ponen tanta atención.

Cree que los menores, si sufren desentendimiento por parte de los padres, tienen más riesgo de caer en una adicción cuando crecen. No necesariamente a una sustancia, sino al trabajo, al juego o a cualquier cosa.

Ambos psicólogos señalan que esas consecuencias, tanto de la predilección como de la desatención afectiva, tienen remedio, incluso en una persona adulta. Es un trabajo de voluntad y esta puede cambiar.

Los Herrera, ahora sin padres, se ríen de esas preferencias. En las fiestas familiares se burlan de Carlos con eso de “la lechita del niños” y él, callado y espiritual, sonríe.

65

por ciento de los papás aceptan que tienen un hijo favorito, según estudio de la Universidad de California.

La baja autoestima es una de las consecuencias que pueden llegar a sufrir los hijos no predilectos. También pueden llegar a sufrir de celos y desconfianza en las relaciones de pareja.
Hijos favoritos sí hay, aunque lo nieguen

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