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Los humanos somos malos para reconocer rostros. Hay excepciones y personas ciegas a las facciones.
Richard Jones pasó 17 años en una cárcel en Kansas, Estados Unidos, por un crimen que no cometió. Fue liberado el 8 de junio de 2017.
La víctima y un guarda de un almacén lo señalaron. Y aunque siempre proclamó su inocencia nunca le creyeron. Cierto día le dijeron que en la prisión había alguien muy parecido a él, de edad similar, piel oscura y el mismo tipo de cabello.
Con una organización, el Proyecto Inocencia logró que el juez reoyera su caso. Los dos testigos no pudieron distinguir entre él y el otro preso, cuál había sido el asaltante. El juez ordenó que lo liberaran.
Un solo ejemplo de lo difícil que es reconocer rostros, en lo cual, a pesar de que las personas se consideren buenas, poco lo son.
Un artículo en Current Directions in Psychological Science sugiere que nuestra capacidad para reconocer extraños es débil.
No es que se padezca prosopagnosia, una condición que sufre el 2 % de la población, una especie de ceguera a los rostros que impide el reconocimiento de personas, incluso...