Es preocupante que empeoren los índices de cumplimiento de las normas, desde las legales hasta las de convivencia. La corrupción tiene también ese efecto nocivo, de anular la conciencia del deber de buen comportamiento.
07 de noviembre de 2017
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La semana pasada se presentaron en Medellín dos hechos que aunque parezcan de aquellos que son corrientes en los barrios, son manifestaciones de un fenómeno más generalizado cuyas ramificaciones se extienden por todo el tejido social: el incumplimiento de las normas (legales, sociales, cívicas) y el desacato a las autoridades incluso cuando estas proceden en cumplimiento de sus legítimas atribuciones. En el primero, agentes de la Policía acudieron a amonestar a un conductor que había estacionado mal su moto, entorpeciendo la circulación, y la respuesta de este y sus vecinos fue agredir a los agentes física y verbalmente. En el segundo, agentes de la Secretaría de Movilidad (los “azules”) fueron agredidos en el Centro cuando hacían operativos de control.
Desde los tristemente célebres casos de “usted no sabe quién soy yo”, hasta las golpizas violentas contra agentes de la autoridad, pasando por el desacato continuado, a gran escala, de miles de conductores de motocicletas –y ahora decenas...