opinión | Publicado el

Francisco Cortés Rodas


La tolerancia y el derecho de los tigres

La práctica de la tolerancia ha hecho posible la coexistencia pacífica de grupos humanos con diferentes historias, identidades y concepciones políticas. La coexistencia pacífica es siempre algo muy valioso. Alcanzarla significa que los hombres ya no deben recurrir a la violencia para proteger sus derechos. La sociedad pacificada presupone que se ha llegado a establecer una serie de prohibiciones que no se puede eliminar, como no matar, no robar, no secuestrar, las cuales permiten fijar el límite que separa los ámbitos de lo tolerable y lo intolerable. La sociedad colombiana ha sido violenta e intolerante. El odio visceral que han producido la guerra y el despojo desde la Violencia del siglo pasado, han servido para afincar en la conciencia nacional un régimen de absoluta intolerancia, que se manifiesta ahora en el sistemático asesinato de líderes sociales y miembros de las Farc, en los abucheos contra miembros de este partido, y en las amenazas al Centro Democrático.

¿Pero qué podemos tolerar y qué es intolerable? El filósofo Rainer Forst afirma que debemos evaluar primero si una práctica es incorrecta o mala para poder ser considerada objeto de la tolerancia. Luego, debe haber otras razones, aparte de las de rechazo, que expliquen por qué sería incorrecto no tolerar aquellas prácticas erróneas o malas –razones de aceptación–. Tercero, tiene que haber razones de refutación, que determinen los límites de la tolerancia. Estos límites están donde se agotan las razones de la aceptación.

De esto se sigue que debemos tolerar no aquellas prácticas que están permitidas o que son consideradas dignas de alabanza, sino aquellas que son malas o incorrectas. Así, la tolerancia que la sociedad colombiana debería mostrar frente a las Farc debe contener su aceptación en la política, bajo el cumplimiento de las obligaciones de justicia que contiene la JEP. ¿Para qué? Para intentar mantener la paz.

Ahora bien, en la práctica de las Farc hubo barbarie, tortura, crímenes graves. Estos son hechos injustificables que deben ser rechazados. ¿Cómo podemos entonces determinar los límites de la tolerancia frente a los guerrilleros en transición a la civilidad? La razón de aceptación de las Farc como actor político es intentar conseguir la paz. Y la razón con que se refuta este argumento es que no puede tolerarse aquello que atentó contra los derechos de las personas o contra las normas de justicia de la sociedad. ¿Rechazar a las Farc implica no tolerarlas? ¿No tolerarlas implica excluirlas de la sociedad mediante acciones violentas? ¿O exterminarlas permitiendo las acciones de matones orquestadas por la ultraderecha como sucedió con la UP?

“El derecho a la intolerancia es absurdo y bárbaro”, escribió Voltaire. “Es el derecho de los tigres, y aún más horrible que este, puesto que ellos no se atacan más que para comer, mientras que nosotros nos exterminamos por unos simples párrafos”. Si la motivación moral de la tolerancia es el rechazo del daño, “la conciencia de este rechazo es la experiencia ética que obliga a la tolerancia. Su límite es la justicia” (Giusti).


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