opinión | Publicado el

Aldo Civico


El Reto Más Grande

Los colombianos honestos, o sea, la gran mayoría de los ciudadanos de este país, están mamados de la corrupción tan penetrante. Porque ya no se trata tanto de individuos que son corruptos sino de un sistema de poder. Es decir, la corrupción se ha convertido en una estrategia para crear consenso político, manejar la contratación pública y hacer negocios.

Pero, para ser eficaz, la lucha contra la corrupción tiene que ir de la mano con la lucha contra la mafia, y por mafia no me refiero solamente a las organizaciones criminales dedicadas a las rentas ilegales, sino a una articulación de poderes más amplia. La mafia es aquella zona gris compartida por narcotraficantes, políticos, empresarios, fiscales, curas y policías, quienes se juntan para servir intereses políticos y económicos particulares. Por eso, desafortunadamente, muchas veces la mafia tiene el rostro de la institucionalidad.

Entonces, la lucha contra la corrupción en este país no puede ser distinta a la lucha contra la mafia. Es una lucha esencial para la democracia y que necesita una estrategia única, con acciones articuladas.

Primero que todo, se necesitan fiscales altamente especializados, honestos, cuyo pulso no tiemble a la hora de investigar las relaciones perversas entre crimen organizado, política y empresa. Se necesitan fiscales que investiguen las transacciones financieras, la inversión económica y la compra de votos.

Pero la lucha contra la mafia no puede estar centrada solamente en perseguir a los corruptos. La mafia, de hecho, no es solo un fenómeno criminal, sino también un fenómeno cultural. La mafia es una actitud cultural por la cual, por ejemplo, la familia y los intereses de sus miembros se ponen por encima del bien común. Cuando eso pasa, se termina justificando la legitimidad del comportamiento ilegal. Pienso, por ejemplo, que en una concepción distorsionada de familia están radicadas prácticas como el clientelismo, por el cual alguien gana una contratación no en virtud de sus capacidades, sino en virtud de su pertenencia a una familia, sea esta de sangre o política. No es coincidencia que, en Sicilia, los mafiosos son llamados también “los amigos de los amigos”.

Por eso, la lucha contra la mafia tiene que estar acompañada por una estrategia de transformación cultural y por la promoción de una cultura de la legalidad. No se trata solo de hacer que los ciudadanos cumplan con la ley. Más bien, se trata de volver conveniente para el ciudadano cumplir con la ley. Porque solo cuando un nuevo comportamiento es percibido como conveniente, hay un cambio cultural. Esto significa muchas cosas; desde una reforma de la administración pública que reduzca lo más posible las intermediaciones para conseguir un trámite (y lo agilice), hasta el impulso de estrategias culturales que visibilicen y promuevan nuevos referentes culturales y de liderazgo.

Para enfrentar este reto, que quizás es el más grande, la política (o sea, una política nueva) juega un papel fundamental e imprescindible. No sé si en Colombia a nivel nacional existen las condiciones para que esto sea posible, pero seguramente esta es una estrategia que puede nacer y ser impulsada desde lo local.


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