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Columnistas | PUBLICADO EL 03 junio 2019

El mito compartido

Por manuela zárate@manuelazarate

Hay algo que colombianos y venezolanos compartimos a través de una vena común que lleva al corazón de nuestras identidades nacionales. Esa vena puede ser la frontera y en esa sangre corre entre tantas cosas la imagen de Simón Bolívar. Nuestro héroe. Nuestro verdugo. El hombre más grande que vivió. El peor hombre que vivió. Todo depende de cómo y quién lo mire y en qué momento de su vida. Para unos es un dios, para otros lo mejor que habría podido pasar era que se quedara como rico hacendado y heredero cuidando de sus tierras en vez de dedicarse a la política, la guerra y el poder.

Desde que nacemos colombianos o venezolanos la imagen de Bolívar nos invade. Desde instituciones políticas, discursos, efemérides, nombres de calles, de avenidas, de colegios. En cualquier parte de nuestros países hay en una pared la imagen de Bolívar y una cita. Los textos escolares construyen el héroe y con esa nos quedamos. Pocas veces nos preguntamos realmente dónde estuvo el hombre. ¿Fue un dios? ¿Fue un demonio?

No sé quién fue Bolívar más allá de las semblanzas históricas. Es decir, no sé si fue el hombre que realmente nos dio la gloria o el que nos condenó. Sé que muchos ya sacaron esta conclusión, porque hace un año me atreví a pedir recomendaciones de su biografía en redes sociales y recibí todo tipo de respuestas. Desde algunas muy valiosas, hasta textos inéditos, y claro, el ocasional insulto de quien me mandó a invertir mi tiempo en algo que no fuera indagar el pasado de una vida que ha sido borrada por el mito.

Toda sociedad tiene sus mitos de fundación. Ha sido así desde la antigua Roma hasta México. Muchos tienen sus mitos en dioses. Nosotros tenemos el mito en héroe militar. Y eso dice mucho de quiénes somos hoy en día. Dime a quién le rinden culto en tu país y te diré muchas cosas sobre quién eres.

A medida que pasan los años de revolución en Venezuela que comenzaron afincándose en la imagen de Bolívar no dejo de pensar cómo llegamos a ser un país en que la gente se muere de mengua. Es una forma de violencia difícil de explicar. Porque cuando suena una bala uno comprende inmediatamente las causas pero cuando no hay ni pólvora, ni grito, sino silencio, es que todo se vuelve difuso. No dejo de pensar cómo entró Bolívar en todo esto, en qué parte de nuestra historia más allá del pasado reciente nos equivocamos tanto.

Siempre estamos buscando redentores. Siempre buscando el hombre que quiera alcanzar la gloria para repartirla. Es por eso que yo quiero indagar más sobre esa vida. Porque tal vez ha llegado el momento de descubrir que no hubo dios, ni hubo demonio, sino sólo un hombre. Como nosotros y que los países que toca construir los hacemos nosotros. A pulso. Con corazón. Con ideas. Pero para escribir la historia hay que saber de dónde viene. Y tal vez incluso despojarla del mito y reescribirla.

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