Columnista | Publicado el

Arturo Guerrero

Arturo Guerrero

Cuando la guerra descansó en paz

La edición 25 del festival Eurocine resucitó en este mayo una película francesa de 2005, que es un regalo inverosímil. Se vio cinco veces en Bogotá la semana pasada y se verá en Medellín dos veces la semana entrante. En horarios puntuales, gota a gota, como pasa siempre en estas muestras selectas.

Una cinta de hace catorce años es vieja, en estos tiempos desvalorizados. No importa que haya puesto la cara por Francia en los óscares a mejor película en lengua no inglesa. Peor aún, si se trata de un filme histórico cuyos hechos ocurrieron hace poco más de un siglo.

Fue una coproducción entre Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Alemania y Rumania. Tuvo la dirección de Christian Carion, un ingeniero por fuerza paterna y realizador fílmico por pasión y carrera. Y sí, es una película de guerra, de esas que espantan a personas cansadas de sangres.

Al grano: se llama en varios idiomas porque se habla en varios idiomas y porque cada país nacionaliza el título: “Joyeux Noël”, “Merry Christmas”, sencillamente “Feliz Navidad” o “Noche de paz”. En el nombre no aparece la guerra. Pero en la silla del teatro calan la sangre y la nieve.

Se trata de una pequeña paz, incrustada en las trincheras de la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial. Los hechos reales son conocidos, un libro alemán los recogió, el centenario de los hechos los trajo a cuento. Sin embargo, su fuerza no ha pegado. Y menos en Colombia, donde lo que se vislumbró como una gran paz está siendo trizada por los guerreros de siempre.

Por eso es inverosímil esta película, doblemente inverosímil. Primero, por lo que se ve en pantalla: hombres cantando y brindando sobre los muertos congelados, a sabiendas de que a continuación ellos serán los muertos. Segundo, por la frialdad de alma de los que planifican las guerras, frente a los combatientes inocentes que se hielan en las guerras.

En la noche del 24 de diciembre de 1914, centenares, miles de soldados y oficiales británicos, franceses, alemanes, brincaron de sus fortificaciones en Flandes y en todo el frente occidental para cantar la Navidad. Descubrieron los ojos asustados de sus enemigos, conocieron fotos de sus esposas, intercambiaron champaña y vinos, acordaron enterrar en paz a sus muertos. El milagro duró dos días.

Luego vinieron los generales, los mandatarios, el obispo. Y la guerra no pudo descansar en paz.


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