Columnista | Publicado el

Juan David Ramírez Correa

Juan David Ramírez Correa

Acostumbrados

Fabio Legarda, joven cantante de música urbana, murió la semana pasada por culpa de una bala perdida. Por una fatal coincidencia, el cantante resultó en medio de un intento de robo en el que la víctima, un trabajador de una empresa de seguridad, se defendió propiciando ocho disparos con su arma de dotación. Uno de ellos terminó en la cabeza del cantante.

Los medios reseñaron el hecho. Hubo amplio despliegue y las redes sociales se llenaron de mensajes cargados de sentimientos. Lo que pasó con Legarda fue muy triste. Sin embargo, una persona muerta en semejantes circunstancias debería causar un impacto mayor. Pero la cosa tiende a quedarse ahí, sin más ni menos. ¿Por qué? Porque un muerto por una bala perdida es algo común y corriente.

Sí, así es, y es algo que duele, pues es el resultado de unas dinámicas perversas que dejamos incrustar en el comportamiento social. El duro del barrio, bien pillo él, es el ejemplo para seguir por los jóvenes de la cuadra. Ese familiar, que todos saben que es traqueto, es el más querido de la casa, pero no se puede preguntar mucho porque a él no le gusta que se metan en sus negocios. Mamá, voy a ir a hacerme una platica... y resulta que la platica vendrá de amenazar con un arma a una persona para robarle el celular y la billetera. Voy a decirle a ese tipo que no tire basura en la calle... no lo hagas que te pegan un tiro. Bájenle el volumen a la música... vení bájalo vos si sos tan verraco. ¿Vieron que una bala pérdida mató a Legarda? Pues, qué pesar, pero eso es lo que pasa todos los días. Así es nuestra cotidianidad. Esa es la vida a la que nos acostumbramos.

La muerte de Legarda no es un hecho fortuito. Es el resultado de la necesidad desesperada de defendernos sin medir consecuencias. Según las autoridades, en 2018, por lo menos 170 personas fueron víctimas de balas perdidas. Dos personas (incluyendo a Legarda) murieron así la semana pasada. En lo que va del año, siete personas han muerto por proyectiles que van en línea recta buscando frenar en un cuerpo. Medellín es una de las ciudades donde más se presentan estas situaciones y una de las razones son las fronteras invisibles. Igual, qué más da... estamos acostumbrados.

Tenemos una sociedad degradada e intolerante que tristemente se acostumbró a ser así, que dice estar cansada de la violencia, pero no le importa vivir en medio de ella. Qué tristeza decirlo, pero falta mucho para que entendamos que la vida debe respetarse como un valor superior. Por eso, la muerte de Legarda y la de las 14.500 personas asesinadas en 2018 (400 más que en 2107), debería obligar a pensar una vez más si llegamos al límite, pues, como dijo el papá del artista en medio de su dolor: “debemos ser contrarios a todo tipo de violencia y todos debemos tratarnos con amor”.


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