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lab-protec | PUBLICADO EL 31 marzo 2020

MM | Las Heroínas

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Por JUAN JOSÉ HOYOSredaccion@elcolombiano.com.co

Elena, Alessia, Yao: sus nombres son distintos, pero su oficio es idéntico. Son enfermeras. Su trabajo es silencioso y sacrificado. Hoy son parte fundamental del multitudinario ejército de trabajadores de la salud que todos los días arriesgan sus vidas en los hospitales luchando por salvar de la muerte a los pacientes contagiados por el coronavirus de Wuhan.

Ellas son las heroínas sin rostro de esta batalla contra la muerte que libra la humanidad en los cinco continentes.

Elena Pagliarini es una de ellas. Esta enfermera, de 40 años, trabaja en el hospital Maggiore, de Cremona, en Lombardía, Italia, una de las regiones más castigadas por la pandemia. El miércoles, a las 6 de la mañana, después de trabajar toda la noche en el servicio de urgencias, y agotada por el ajetreo, recostó su cabeza sobre un cojín y se durmió sentada en su puesto de trabajo, junto al teclado de su computador, sin quitarse siquiera la mascarilla.

Su jefe, la doctora Francesca Mangiatord, cuenta que llevaban más de diez horas de trabajo sin tregua. “Habíamos asistido a 50 pacientes en las camillas, en los pasillos, en las sillas, dándoles oxígeno. Y vi a Elena reposar 5 minutos después de estar horas y horas corriendo de una camilla a otra. La miré y tenía ganas de abrazarla, pero preferí inmortalizar aquel momento de tregua con guantes, mascarilla y bata desechable... Y tomé una fotografía”.

La doctora, como Elena, había pasado la noche viendo a los enfermos pidiéndoles ayuda con la mirada. “Y saber que tienes que dejar a uno para ayudar a otro que está peor... Entre un paciente y otro a Elena le salían las lágrimas. Eso es lo que me movió a hacer la foto” dijo. La foto apareció publicada en varios periódicos y fue reproducida en internet. Al día siguiente, Elena era un personaje célebre. Al ser entrevistada por un noticiero de la Radio Televisión Italiana, al borde de las lágrimas, ella suplicó: “Perdónenme si me derrumbé, estaba exhausta”.

“Ya había tenido turnos agotadores, pero algo así, nunca. Esa noche pasó de todo. Las habitaciones estaban llenas de pacientes asustados”, dijo. “Había mucha gente con insuficiencia respiratoria muy grave. Personas de todas las edades, que de repente tenían dificultades para respirar y a las que les subía la fiebre. Lo que más me sorprendió es que no decían nada. Se quedaban en la cama, en silencio. Pero el miedo en sus ojos hablaba por ellos”.

Alessia Bonari es otra enfermera que trabaja en el hospital de Grosseto, en la región de Toscana. La foto de su rostro joven, marcado por las magulladuras alrededor de su boca y su nariz, aparecida en Instagram, se convirtió en otro símbolo del sacrificio de las enfermeras. Los moretones eran las huellas que había dejado en su cara el tapabocas usado en sus largas jornadas de trabajo en el hospital.

Yao es una joven enfermera de Hubei, en Wuhan, donde empezó la pandemia. Antes del brote, planeaba pasar el Año Nuevo con su familia. Cuando estalló la epidemia, decidió trabajar como voluntaria en el hospital de Xiangyang. Para atender los miles de pacientes que ingresaban, el personal trabajaba en turnos de 10 horas. Nadie podía comer, beber, tomarse un descanso o ir al baño. “Al final del turno, cuando nos quitábamos los trajes, nuestra ropa estaba completamente mojada por el sudor”, dijo la enfermera a la BBC. “La frente, la nariz, el cuello y la cara quedaban con marcas o cortes por las máscaras apretadas. Muchos de mis colegas dormían en sillas después de los turnos porque estaban tan cansados que no podían caminar”.

“Ahora siento que a pesar de los sacrificios, las cuarentenas y las ciudades vacías, el virus ha unido nuestros corazones” dice Yao .

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