Los olores de Medellín tienen una relación directa con los trabajos de su gente.
Albeiro Atehortúa labora desde los nueve años con flores y sigue disfrutando la fragancia de las gérberas; Eliécer Soto tasajea carne 12 horas al día y no le disgustan los humores de la sangre; Cielo Pineda vende esencias y todavía destapa la de girasol para sentir sus cítricos efluvios.
Desde la Placita de Flórez hasta el mercado de pescado de la calle Tenerife, la Twittercrónica recopiló una colección de olores que dibuja el contorno de una ciudad en mutación.
Si hay días en que el olor de la lluvia colma cada rincón de la ciudad, según Maritza Bacca (@mgbacca), en uno soleado de agosto puede levantarse la frescura del pasto recién cortado.
Para cada persona, la primera impresión es la que cuenta y aunque el brasileño João Batista Kannebley dice que el primer aroma que sintió de la ciudad fue el de la cultura, alejándose del sentido figurado recuerda el olor de la empanada caliente. "Aquí todo lo fríen. En cada esquina hay personas preparando algún alimento exquisito".
Quizá sea el de los alimentos un olor predominante que compite con aquellos que se desprenden de las aguas que recorren las montañas.
El río Medellín tiene olores repelentes y sus quebradas afluentes a veces tienen tufo de agua negra.
Sin embargo, la quebrada Santa Elena está tan rodeada de vegetación en el punto donde deja de fluir a cielo abierto para penetrar el submundo del centro, que sus aromas no son fétidos como podría pensarse.
Lustros atrás, las calles colindantes debieron perfumarse con una brisa cristalina. Sulma Rodríguez (@sulmaro) imaginó olores a guayacán y laurel atravesando el centro antes de que cubrieran con cemento este hilo de agua.
Porque la Twittercrónica de esta semana se convirtió en una oportunidad para conectar el pasado con la imaginación a través del olfato.
Carlos Rodríguez, propietario de la Tienda Bienestar, en la Placita de Flórez, hurga entre el arrume de plantas aromáticas para mostrar una que según él abriga la esencia inconfundible de la ciudad y sus habitantes.
El desodorante de los baúles, una raíz de intensa fragancia que inmediatamente se asocia con ese olor a guardado que es tan difícil de definir con palabras. La planta, llamada vetiver, es un repelente usado para blindar armarios y cajones de los ataques de polillas.
Hace muchos años, cuando a la misa de domingo de la Catedral Metropolitana todavía asistían personas de ruana, ése era el olor típico de los días feriados.
Fragancias como esta disparan los relatos de la memoria. Luis Alberto Arango, de la Librería Palinuro, siempre asociará el barrio donde creció con el olor de los libros.
"Me lleva a mi niñez, es una maravilla", dice y a continuación su amigo entrañable, Rodrigo, agrega que "un libro nuevo huele a muchacha recién bañada."
Cerca del medio día, el vapor de las sopas caseras impregna las calles abarrotadas de personas que buscan el corrientazo.
Los restaurantes quedan encadenados por este rastro que abre el apetito de los transeúntes. Aunque hay puntos donde la cadena se rompe.
La intersección de la Avenida Oriental con La Playa es el punto con el aire más contaminado de la ciudad pero pese al centenar de autos que dejan escapar su humo negro, hay una ausencia de olores inquietante.
Lo dice Arsenio, el bárbaro del saxo. Un músico de Plato Magdalena que hace cinco años toca su instrumento en esa esquina. Él describe la atmósfera del lugar como un vaho inodoro. "Solo siento el olor de la gente y casi siempre me gusta."
Curiosamente, Rodrigo Murillo opinaba lo mismo un par de calles más abajo, en el mercado de Tejelo, hace poco trasladado a Juanambú. El olor de las moras es el que fascina a este hombre de 62 años pero reconoce que también le gusta el olor humano, y más cuando es el aroma provocativo de una dama.
Pico y Placa Medellín
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