Sin dejar de agradecerles a Dios y al Ejército por el rescate, el sargento mayor José Ricardo Marulanda se lamenta por el tiempo que estuvo lejos de su familia.
Cuando lo secuestraron, el 3 de marzo de 1998 en El Billar (Caquetá), llevaba tres años de casado y tenía un hijo de casi dos años. A su regreso encontró a ese bebé hecho un adolescente de 14 años, y a su esposa convertida en toda una administradora de empresas.
"Somos muy buenos amigos con mi hijo. El reencuentro ha sido excelente, nos la llevamos muy bien y estamos mejorando la relación", comenta Marulanda.
Con su esposa Erika Manríquez, "la relación está al cien por ciento. Cuando se cuenta con la firmeza de mi esposa, vale la pena seguir luchando y salir adelante".
En su primer año como liberado, el sargento mayor considera que su adaptación ha sido "muy fácil y mi rehabilitación ha sido excelente", pero reconoce que el truco está en "alejarse de esos recuerdos mal sanos que crea uno en la mente". Pese al secuestro confiesa que no renunciará al Ejército y que uno de sus anhelos es seguir siendo soldado.
Su esposa dice que esperaba a un ser fortalecido como regresó y con las heridas en el alma con las cuales llegó y que están sanando.
"Cuando llegó no hablaba mucho sobre nada, sólo sobre lo impactado que estaba con la operación. Duró como una semana hablando de lo mismo y después fue averiguando sobre las vidas de nuestro hijo y de la mía", recuerda Erika Manríquez.
Tras este episodio, el estudio también se reactivó. En este año de libertad ha tomado clases de francés, inglés y sistemas, al igual que un curso de liderazgo en la Escuela de Relaciones Civiles y Militares del Ejército.
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