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SOBRE ERIC HOBSBAWM

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05 de octubre de 2012
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Estación Londres (cualquiera de las del anillo, Ring), de la que suben y bajan gentes de todas partes de la tierra o al menos de la Commonwealth, que es el mundo para los británicos.

Y en esta estación, sea cualquiera, el metro se llama Underground y no Metropolitano, palabra esta que proviene del francés y no les gusta a los ingleses.

Ya se sabe del enfrentamiento tradicional entre galos y sajones, habitantes de París y alrededores los unos y de la pérfida Albión, los otros.

Esto sin contar a los alemanes, que si bien son primos de los británicos, la pisan caliente con los compatriotas de Robespierre (uno de esos roussonianos peligrosos, valga la palabreja). Todo lo anterior para decir que los grandes de Europa han sido un amasijo de nudos entre revoluciones y burgueses, gente de D’s y ateos, derechas e izquierdas, artistas e iconoclastas (etc.) y por eso tienen tanta historia. Y en esa historia, bien y mal, está esa tradición que contiene lo más bello y lo peor de Occidente.

Hace unos días murió el historiador Eric Hobsbawm, a los 95 años. Se dirá que lo mató la fumadera (no apagó nunca el cigarrillo), aunque a uno a esa edad lo que lo mata es haber vivido tanto.

Y más en un siglo tan peligroso como el XX, del que dijo Isaíah Berlín que lo que más le había llamado la atención fue que a él no le pasó nada.

Hobsbawum (apellido en yidisch que quiere decir árbol frutal), nació en Alejandría (Egipto), descendía de judíos ashkenazim (de Europa oriental), tuvo nacionalidad inglesa y vivió de cerca todas las posibilidades de que lo mataran, ya como judío en manos de los nazis, ya como izquierdista en manos de un fascista, ya como inglés en calidad de enemigo de la Alemania hitleriana, ya como troskista odiado por los estalinistas. Bien se ve por qué fue historiador.

Y un buen historiador (se dice que el mejor) que se opuso a la historia monumental y a esa de amigos y enemigos (la oficial) que propicia tantas estatuas en los parques y daños severos (mentiras) en los contenidos de verdad necesarios para saber quiénes somos. Historió, denunció, analizó, hiló, profundizó, documentó y puso claros los asuntos del pasado para enseñar a evitar errores anteriores.

Como debe hacer cualquier historiador decente que se preocupe por crear seres humanos y no gente rabiosa, nerviosa y emotiva (ya con sumario o historia clínica severa). Y en esto de mostrar, los logros y los fracasos humanos a través de La historia de la revolución (1789-1848), La era del capital (1848-1875), La era del imperio (1875-1914) y La historia del siglo XX, Eric Hobsbawm fue uno.

Acotación: los historiadores ingleses recientes (aunque por aquí gustan más los franceses) como Eric Hobsbawum, Anthony Beebor, Nail Fergusson, Tony Judt, Felipe Fernández Armesto , entre otros, han demostrado que en la historia de la crueldad los vencedores terminan siendo iguales o peores que los vencidos. Para poner los pelos de punta.

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