Me extraña la indiferencia de tanta gente cuando se entera de los boicoteos contra la Universidad de Antioquia. El sabotaje en una de las entradas ocurrido hace cuatro días, la interferencia persistente de grupos extremistas a lo largo del año pasado y, en fin, todas las formas de alteración forzada de la estabilidad académica deberían activar una extensa oleada de protestas de la dirigencia regional y la sociedad en general, para defender el derecho de las mayorías al servicio público de la educación superior y salvaguardar la integridad de la institución más importante en la historia de nuestro departamento.
Valoro el gesto del Gobernador Sergio Fajardo al posesionarse en la Universidad, por su significación simbólica y su expresión del propósito educativo como razón primordial de la nueva administración. Comenzó con un acto que, más allá del sentido protocolario, comporta la afirmación del reconocimiento de que el Alma Mater ha sido y debe seguir constituyendo, en el liderazgo del entorno universitario, la organización dinamizadora de los proyectos dirigidos al progreso y el bienestar de los antioqueños.
A propósito de la asunción de funciones del Gobernador en la Ciudad Universitaria, recuerdo una anécdota protagonizada por el profesor Julio César García, quien fuera Rector de la Universidad y Director de Instrucción Pública. Hace más de setenta años las finanzas del departamento estaban agotadas. No había con qué sostener la educación. Parecían inminentes el licenciamiento de maestros y la clausura de las escuelas en los pueblos. Alguien argumentó que para evitarlo resultaría preferible cerrar la Universidad, que absorbía gran parte del presupuesto.
Julio César se opuso a esa recomendación desesperada. Claro que se ganó muchos contradictores. Pero sostuvo una tesis que al final fue acogida: Cerrar la Universidad implicaría una claudicación imperdonable. ¿Cuándo y cómo se reconstruiría una institución esencial, permanente y trascendental, que representa la máxima realización del pueblo antioqueño? La propia universidad podría auspiciar la fundación de escuelas en los municipios. Sin ella, se desplomaría la estructura educativa. Las escuelas fueron reorganizándose de modo paulatino, en medio de las adversidades económicas. Y ante todo, la Universidad se mantuvo, invicta en su fecundidad , como dice la letra del himno de Edgar Poe Restrepo.
Como egresado confío en que la Universidad saldrá avante, como ha sucedido siempre. Superó las guerras civiles del Siglo Diecinueve, los embates del Siglo Veinte y las amenazas de los años recientes. Así como Fajardo la identifica en la vanguardia de su proyecto de desarrollo educativo regional, como centro generador e irradiador de innovaciones progresistas, es tiempo de avivar un potente movimiento de opinión que exorcice el demonio cómplice de la indiferencia y la respalde en procura de la estabilidad interna, condición básica para el cumplimiento de su misión histórica.
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