¿Por qué será que la Navidad se pasa tan rápido, tras esperarla todo un año? Quizás por estar asociada siempre a la anhelada felicidad, frente a la cual todo resulta efímero, pasajero. En lenguaje coloquial solemos decir: lo bueno no dura.
Los mejores recuerdos de la infancia, las imágenes más tiernas que conservamos de nuestros padres, y que ojalá nuestros hijos también tengan de nosotros, están asociadas a aquellos momentos que disfrutamos en familia en la época navideña.
¿Quién dijo entonces que la Navidad tiene que ser un acto de locura colectiva, donde prime más el estruendo que el valor de una tradición, que emana del Nacimiento de Jesús y que está representada en el pesebre de Belén?
Vivamos estas festividades de Navidad y Año Nuevo con el espíritu alegre que las debe acompañar. Pero alegría sanamente compartida, en familia, con los amigos y seres queridos, y donde tengan expresión valores como la integración, la solidaridad y la paz.
Nuestra ciudad se prepara en esta época para ofrecer a residentes y visitantes un gran espectáculo de luces, que podemos aprovechar, con adopción de conductas seguras.
Disfrutemos de todo lo que ofrecen estas fiestas, con prevención y sin excesos. Y para esta noche de las velitas, retomemos la costumbre de encenderlas en familia o disfrutar de los alumbrados, conscientes de que la felicidad que deparan suele perdurar más que lo que dura un explosivo volador.
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