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Mi matrimonio heterosexual

01 de agosto de 2011
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Luego de tres matrimonios fallidos y convencido de mi incapacidad de hacer feliz a las mujeres, esta semana estaba tendido en mi lecho marital, observando cómo mi actual, pero otrora, adorada esposa, se arrancaba los pelos de las orejas y acomodaba en su cabeza miles de tubos, para ensortijar su extraño cabello.

Para evitar que me pidiera cuerda, me puse a ver en televisión el debate sobre la conveniencia o no de permitir que las parejas homosexuales pudieran contraer matrimonio y adoptar hijos.

En el noticiero, varias comunidades religiosas le advertían a la Corte Constitucional que no podían cambiar el Artículo 42 de la Constitución, el cual dice que la familia en Colombia es entre hombre y mujer.

Mientras recordaba que los mismos personajes que hoy dicen que no se puede cambiar la Constitución, nunca se opusieron a modificarla para incluir la reelección, noté que hace rato la Corte hizo una gambeta al concepto de familia de la Constitución para darles oportunidad a familias de un solo padre y mantener excluidas las familias inconstitucionales como la mía, compuesta por hombre, mujer y suegra.

Cuando un batallón de ultragodos, en horario triple A, argumentaba que la razón del matrimonio era procrear, mi esposa, aprovechando el papayazo, volteó y refunfuñando me dijo que como habíamos resuelto no tener hijos, nuestro matrimonio ya no tenía ninguna razón.

Al momento de escuchar a los grupos de homosexuales enardecidos y pidiendo que los dejen casar para afiliar a sus esposos a la seguridad social y heredar de su pareja la pensión y su patrimonio, miré a mi esposa y recordando que en Colombia es más probable divorciarse que pensionarse, pensé que podía obtener más plata de mi esposa en un divorcio, que del fondo de pensiones, antes de mi entierro.

Escuchar a varios senadores diciendo que los niños adoptados por parejas de homosexuales sufren de trastornos, me hizo sospechar que mi suegra y mis padres eran gays, pues no de otra forma, se justifican mis trastornos y los de mi esposa.

Cuando escuché a los grupos de homosexuales, exigiendo que los dejen casar invocando el derecho a la igualdad expreso en la Constitución, recordé que el matrimonio entre dos homosexuales o entre dos heterosexuales es un verdadero acto de locura, que debería ser advertido por la Constitución.

Como los miembros de la Corte Constitucional no sabían qué hacer para no dejar a medio país aburrido, entonces prefirieron quedar como unos príncipes, trasladando el problema y pidiéndole al Congreso que resuelva, antes de dos años, de qué manera pueden las parejas del mismo sexo formalizar su vínculo y regular todo lo que eso implica.

Como el tema es muy complicado, nuestros congresistas, en su innegable sabiduría y para que exista igualdad, seguro harán un cambio en la Constitución, no para permitir que los homosexuales se casen, sino para evitar que heterosexuales inmaduros como mi esposa y yo, nos casemos.

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