Un lunes de enero de 2000, Fernando Botero le entregó a la ciudad de Medellín un segundo pájaro. El primero había sido instalado en el Parque San Antonio, en el centro de la ciudad, y fue destruido en 1995, en una explosión que también asesinó a 23 personas y dejó más de cien heridos.
¿Quién cometió el atentado? ¿Las milicias guerrilleras? ¿Bandas de narcotraficantes? ¿Grupos paramilitares? Nunca se supo y, en alguna medida, no importa. Violencias diferentes, algunas tan absurdas que se ejercen a nombre de ideales de justicia, nos atormentaron la vida y el sueño, destruyeron símbolos, alma de la cultura.
El maestro, aún atónito de pensar que su pesado y manso pájaro se usara de plataforma para atacar de manera cruel a la población, al ver su estructura perforada y el grueso latón astillado y sus alas convertidas en esquirlas, les pidió a las autoridades que lo dejaran allí mismo como símbolo del espanto.
Hubo quienes dijeron que esa chatarra representaría mal a Medellín. Botero tuvo la intuición de que esa época de incertidumbres y dolores debía permanecer en la memoria y que para lograrlo necesitaba ser simbolizada. Curiosamente, cuando el maestro instaló un pájaro restaurado en esa mañana del 2000, hizo recobrar la plena significación escultórica a la chatarra, al pájaro martirizado cuya estructura sigue reflejando, de manera innata, fortaleza y dignidad.
Ambos pájaros son hoy una sola obra que pareciera pensada para representar la tragedia y la resurrección de Medellín. Les pido que me dejen suponer que, el más universal de los artistas de Colombia, homenajeó la tenacidad y el valor del pueblo medellinense.
Esa relación no premeditada pero estricta de estos pájaros con la historia de la ciudad, nos llevó a usarla como la metáfora de lo que queremos narrarles de Medellín. Desde una historia de dolor y desbarajustes, con las cicatrices de la muerte marcadas en su territorio, la ciudad tomó un camino de recomposición que hoy la dignifica frente a su propia historia, frente al país y frente al mundo. Lo aquí imaginado y, ante todo, lo realizado en muy diversos ámbitos, se constituye en un modelo que puede ser referente de sociedades que, como la nuestra, necesitan avanzar en la convivencia y la inclusión como componentes del desarrollo.
Como gobernante, me llena de orgullo darles la bienvenida a todos nuestros visitantes, pero sobre todo, mostrarles nuestra capacidad de avanzar todos los días en un camino singular de equidad y dignificación, donde la ética y la estética se funden en el propósito de ser una mejor ciudad, una mejor sociedad.
En Medellín todos somos anfitriones de la Asamblea del BID.