El alcohol es el tiquete de entrada de niños de 11 y 12 años al mundo del vicio. También es el veneno con el que, lentamente, se matan quienes han puesto a depender sus vidas de esa sustancia. Lo que la mayoría de ellos no sabe es que cuando ingieren licores adulterados, producidos en deplorables condiciones de higiene, también les están metiendo a sus organismos residuos de materias fecales de ratones, pedazos de uñas y plantas, mocos, y alas y patas de insectos.
"Lo menos grave es que cuando, por ejemplo, los productores ilegales de aguardiente preparan inadecuadamente la mezcla, la esencia del licor queda como un polvillo blanco que puede percibirse poniendo la botella a contraluz", anota un ingeniero químico, miembro del grupo élite que le da soporte al trabajo que la Gobernación realiza a través del programa Antioquia Legal.
El mercado está literalmente inundado de licor adulterado y ello responde a varias claves. Primero, que el negocio, como muchos otros en la ciudad, está controlado por bandas criminales, que suman así una renta más a sus tradicionales ingresos por microtráfico, armas, servicios sicariales y extorsiones. Segundo, que la actividad deja unos márgenes de ganancia enormes, fruto de los bajos costos de producción y viene como anillo al dedo para operaciones de lavado de activos. Y tres, que de las fábricas ilegales -más comúnmente llamadas alambiques- salen productos con unos precios tan irrisorios, que ayudan a masificar el consumo.
Vamos por partes, comenzando por lo último. Los productores -que a su vez tienen nexos con las mafias que manejan el contrabando de licores y cigarrillos- manejan un portafolio multiestrato, con claras estrategias diferenciadas de precios.
Según fuentes oficiales consultadas por este diario -y muy afectadas por la elusión o pago de menores tributos al fisco departamental- en el mercado negro los precios más bajos en licores adulterados se han establecido en aperitivos como el Norteño. Media botella, o sea 375 mililitros, se consigue a 1.000 o 1.200 pesos. El Niquelado ilegal, en envases utilizados de forma fraudulenta, de las fábricas de licores del Valle, Caldas y Cundinamarca, cuesta entre 1.000 y 1.200 pesos.
Luego vienen los rones ilegales Jamaiquino y Jamaicano, que en presentaciones de litro se ofrecen a 7.000 pesos.
En esa misma línea de "salsas" o "mayonesas" ilegales, calificadas así por sus empaques de duo pack, las fuentes oficiales resaltan el Tequila Manito y el Aguardiente Colombia, con precios de 7.000 pesos.
Otra categoría especial, resaltada por el grupo élite, es el de productos que si bien tienen sus marcas registradas, las investigaciones y pruebas de laboratorio han encontrado casos en los que el contenido de alcohol es mayor al declarado. Reportar 3, 4 o 8 grados, cuando en realidad son 10, 15 y hasta 20 grados o más, aligera la carga de impuestos.
En documentos de los operativos realizados se ilustran eventos como los de Vinzzana, con garrafas comercializadas a 4.000 pesos y un consumo visible en alrededores del Estadio Atanasio Girardot cuando hay clásicos; garrafas de Luminoso a 4.000 pesos. Botellas de aperitivos, en envases de la Licorera de Caldas, con media a 2.000 pesos, y un grado de alcohol declarado de 3, cuando en mediciones arrojan más de 17. En un operativo incautaron miles de unidades, en una bodega de un barrio de Medellín, y se encuentra en proceso de judicialización, con reserva.
Otro ejemplo es el Tropi Hot, con media botella de 3.000 pesos, 8 grados de alcohol inscrito en el empaque, y niveles de 15 grados medidos en análisis de laboratorio.
Un hecho extremo que llamó la atención de los investigadores es el de un aperitivo de whisky que -con mediciones más sofisticadas realizadas en cromatógrafo- arrojó 6.067 partes por millón de alcoholes superiores, cuando lo aceptado para un whisky está entre 1.000 y 2.000 partes por millón.
Un litro de ese producto vale 20.000 pesos en el mercado negro y también, dicen los investigadores, es muy utilizado en bares para la preparación de cocteles. Su ventaja: con la carga de etílico que tiene, se requieren menos cantidades para preparar "shots" y cocteles.
¿Paladares exquisitos?
Ni tanto. Un gusto realmente refinado y acostumbrado a los licores más costosos, sería capaz de diferenciar el "chiviado" y el original.
Todo apunta a que estos selectos consumidores también caen en las redes del mercado negro. La trampa está bien montada, porque los precios ofrecidos por los ilegales en muchos casos son los mismos del trago legal, con lo cual buscan, sencillamente, no despertar sospechas sobre la autenticidad de sus productos.
El apetecido tequila José Cuervo se mueve entre 30.000 y 50.000 pesos. Una botella de Old Parr, de 750 mililitros, se comercializa entre 50.000 y 60.000 pesos, nivel muy similar para el también tradicional Buchanans. Según los investigadores consultados por este diario, los distribuidores hacen su agosto, pues reciben licores fraudulentos como estos a 20.000 o 25.000 pesos, y los venden al doble o al triple a su despistada clientela.
Sí, despistados, porque muchos pagan como "legal", productos adulterados. Común es la estrategia de comprar botellas vacías y cajas originales de este tipo de whisky a 8.000 pesos en bares y restaurantes. Luego, se envasan allí licores de menor añejamiento y calidad, con precios de hasta 10.000 pesos, que posteriormente pasan como originales en sitios en los que la euforia extravía el buen gusto, como bares, cantinas, discotecas, casinos.
Ganan a cuatro manos
La mayor pérdida que causa el licor adulterado se puede medir en términos de salud pública. En el plano económico, pierden los expendedores legales y empresas como la Fábrica de Licores de Antioquia (FLA), cuyo monopolio rentístico se ve perforado. Los campeones, en cambio, son los grupos ilegales que dominan un negocio sin mayores complejidades productivas.
He aquí un ejemplo, real, que se apoya en el testimonio de un condenado que trabajaba en un alambique de "aguardiente antioqueño", que surtía el barrio Castilla. El entable estaba formado por canecas para realizar las mezclas de agua y anís; filtros, que unas veces son de cafetera, de laboratorios o, lo más común, medias veladas; mangueras; una máquina que desprende las tapas completas de los envases de la FLA; una secadora industrial; etiquetas, envases y cajas recicladas y un aerómetro para medir el grado de alcohol.
El condenado contó que cuando se elaboran "aperitivos" los niveles de alcohol se disparan, porque el cliente busca un sabor fuerte y la borrachera. En el caso del aguardiente, se le ponen menos grados, por economía y para mejorar el sabor en la boca del consumidor.
La mano de obra es del mismo sector y, dicen los investigadores, en varios alambiques se han detectado mujeres indígenas, a las que se les paga simplemente con la dormida y con uno que otro pollo asado que el dueño les lleva a los trabajadores.
En cuanto a los costos, elaborar ilegalmente una media de aguardiente vale 750 pesos. En el barrio donde está asentada la "industria" se vende la "media de papa" en las tiendas a 3.000 pesos. A trabajadoras sexuales del sector de La Mayorista se les entrega a 11.000 pesos; ellas las pasan al dueño del negocio a 20.000 pesos y el cliente le cancela a este último entre 30.000 y 35.000 pesos. El grupo élite afirma que ese mismo licor se puede vender en discotecas a 50.000 pesos la media.
La ley actúa. En el Valle de Aburrá hay activos aproximadamente 400 procesos por ejercicio ilícito de actividad monopolística, o sea la producción ilegal de licor.
Detenidas hay 148 personas, de las cuales el 98 por ciento fueron capturadas con las manos en la masa, o sea en flagrancia.
Condenadas hay 28 personas, con penas de 24, 50 y hasta 78 meses, que en algunos casos incorporan también sanciones por delitos relacionados con estas actividades. No es para menos, por la amenaza que para la salud representa este mercado negro.
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