Aprovechando cualquiera de los puentes festivos, los municipios realizan las fiestas distintivas de cada uno de ellos, que son todas iguales. Las de mi pueblo son las del Arriero, aunque ya ni siquiera los niños nacidos allá saben "eso con qué se come", por sustracción de materia, y a los pocos que quedan ni bolas les paran.
Como el papel puede con todo, el afiche promocional es bastante llamativo y el programa requiere un plegable de dos hojas, como mínimo. Es tan variado que hasta el más desanimado se antoja de ir con solo leerlo: alborada, desfiles, retreta, eventos deportivos y culturales, reinado, serenatas y festivales para todos los gustos, pero en la vida real queda reducido a seis palabras: borrachos, caballos y despelote; caballos, despelote y borrachos. Y a un poco más si las desglosamos:
Borrachos: hombres y mujeres, adultos y adolescentes, quedan igualados por el licor que se beben durante las fiestas, que no se mide por tragos sino por toneles. El rasero no aplica sólo para el gasto descontrolado en aguardiente y otras sustancias. También iguala en valentía, en oratoria cansona y en la pérdida total del sentido del ridículo y del instinto de conservación.
Caballos: la mayoría son llevados por foráneos, que los exhiben tres o cuatro días, sin descanso, por las calles del pueblo. Se distingue entre animal y bestia porque esta última es la que paga el licor en la puerta de cada cantina, o lleva al animal hasta el mostrador, haya gente dentro o no. Casi siempre carga al anca otra adquisición valiosa: una hermosa mujer, "made in quirófano", convertida por el jinete en un objeto más de exhibición y alarde, que mira por encima del hombro, con la sobradez de quien se cree única sobre la tierra, hasta el punto de tirar hacia atrás el envase o la copa en la que bebe, como si fuera un yugo, sin importarle a quién le caiga.
Despelote: calles intransitables, infinidad de casetas que se disputan el volumen de la música -cuál más vulgar- mediante equipos de sonido potentísimos que impiden la comunicación humana; accidentes, riñas, heridos, contaminación visual y auditiva, precios exorbitantes y remedos inverosímiles de las tradiciones que se pretende revivir.
Sí, señores, así de lamentable. No hay límites ni autocontrol. Emborracharse, y a veces drogarse, hasta perder la noción del tiempo y del espacio, la conciencia, la dignidad, los bienes materiales y el respeto por los otros. Jóvenes y adultos tirados en las aceras, cual llavero extraviado, vueltos miseria, bañados en mugre y forrados en harina, para hacer más escatológica la foto, aunque nos revolquemos de asco los que no encajamos en el cuadrante.
Ojalá las administraciones municipales y los organizadores se concentraran en reivindicar las verdaderas tradiciones y los emblemas pueblerinos, más que en alquilar cada centímetro cuadrado de su plaza principal para los ventorrillos. No se trata de suprimir las festividades, pero sí de reconsiderar el mensaje que se da a los visitantes y a los habitantes, que quedan hastiados. De lo contrario, pueden llamarse las fiestas del aguardiente, y visitar nuestros pueblos pierde la gracia, no paga.
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