La interacción: una función clavePor
Víctor León Zuluaga Salazar
A raíz de las dos últimas columnas, en las que me refiero a la crítica argumentada de los lectores por la presentación exagerada de la fotografía del cadáver de Raúl Reyes, en la edición del domingo 2 de marzo, y a la urgencia de efectuar una reflexión autocrítica sobre el asunto, en el seno de la Sala de Redacción, el lector Rubén Darío Carvajal pregunta "¿quiero preguntarle a usted cuál es la importancia que le da EL COLOMBIANO a las quejas o sugerencias que los lectores dirigen al periódico? ¿sirven o no esos comentarios?".
La interacción con los lectores es una función clave del periódico y debe serlo en todos los medios de comunicación social. Desde el punto de vista etimológico, el Diccionario de la Real Academia Española la define así: "acción que se ejerce recíprocamente entre dos o más objetos, agentes, fuerzas, funciones, etc.".
Y desde el concepto periodístico, Roger Jiménez, ex defensor del lector de La Vanguardia, diario de Barcelona, sintetiza que "después de un esfuerzo continuado para ofrecer un buen producto, nuestros lectores tienen la osadía de decirnos que no están del todo satisfechos y que estos esfuerzos no acaban de ajustarse a sus deseos o no colman sus necesidades como ciudadanos de una sociedad compleja y avanzada. Por muy injustas que puedan parecer a veces, las quejas son vitales para pulsar el estado de salud de la relación de causa-efecto con el público. Nuestros suscriptores y lectores habituales son nuestros fieles seguidores, los que pagan por la información, sus auténticos propietarios y la razón de ser del diario", según lo cita el periodista y profesor universitario Carlos Maciá Barber, en La figura del defensor del lector, del oyente y del televidente.
Creo que nadie se atreve hoy a hablar en los términos atribuidos a William P. Hamilton que consideraba que The Wall Street Jorunal "no le debe nada al público" y en consecuencia es "propiedad de su dueño, quien vende un producto manufacturado a su propio riesgo".
Los lectores ejercen un papel vital y múltiple. Mediante su participación activa exigen que el medio de comunicación les garantice el derecho a la información. De ellos es su titularidad, y por ende aspiran legítimamente a que sean escuchados sus comentarios adversos o no, sus propuestas y opiniones.
Como esta función es recíproca, los periodistas tienen en las reacciones de los lectores la oportunidad para palpar cómo fue recibida su producción periodística y cuáles son los efectos que se desprenden. Los lectores pueden ser excelentes correctores de los errores y racionales críticos de las publicaciones, a veces generadas en medio del fragor del oficio. Siempre tendrán un comentario válido, por negativo que sea, que el autor y el medio podrán aprovechar para mantener la credibilidad y mejorar la calidad del contenido informativo.
No es posible concebir un medio de comunicación sin considerar a la audiencia, llámese lector, oyente o televidente, como factor integrante del modelo periodístico. Consecuente con esta filosofía EL COLOMBIANO busca una relación diáfana con sus lectores "con el propósito de promover y mantener su participación activa en el tratamiento informativo".
Francisco Gor, ex defensor del lector del diario madrileño El País, dice con toda razón que "cuando un medio informativo comienza a alejarse de los lectores -actuales o potenciales- su muerte está asegurada a mayor o menor plazo".
Las cartas de los lectores, sus llamadas telefónicas y correos electrónicos, son algunos de los medios que hacen posible esta interacción. Los periódicos le han dado más importancia a estos mensajes en las últimas décadas, en parte por las razones expresadas anteriormente y en parte porque los medios audiovisuales y digitales privilegian sobremanera esta retroalimentación.
Cuando un lector señala el error idiomático, reclama la programación de televisión, pregunta por qué no se incluyó tal o cual información o protesta por una fotografía con características sensacionalistas, está ejerciendo el derecho a la crítica y se merece siempre una respuesta oportuna y leal. Y más allá, quiere motivar a los periodistas para que así como lo juzgamos todo, o casi todo, le abramos un espacio franco y permanente a la autocrítica.
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