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LA ESCRITURA, ALGO EXÓTICO

  • ÓSCAR HENAO | ÓSCAR HENAO
    ÓSCAR HENAO | ÓSCAR HENAO
29 de marzo de 2012
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En la última década ha habido amplia producción académica, vituperando la informática y el recurso digital, y señalándolos como causantes de la muerte de la escritura. No es ahora, con el apogeo de los computadores, la Red, los iPad y las memorias portátiles, cuando se diluyó el deseo de escribir.

La escritura, desde muchos años atrás, ha sido privilegio de los pocos que, a pesar de las prácticas escolares, generalmente tendientes más a detestarla que a promoverla e incentivarla, han logrado desarrollar esta destreza. Es lamentable confirmar que en mucha parte de la escolaridad tradicional, más que a querer la escritura, nos han enseñado a odiarla.

Por eso, con raras excepciones, esta ha sido una práctica de la escuela, y nada más. La escritura ha sido una tarea, y cuando se acaba la escolaridad, en cualquiera de los ciclos, lo más factible es que la escritura también termine. Escribimos porque nos dejaron la tarea, porque había que resumir, porque había que contar lo que hicimos en vacaciones. Pero, terminada la escolaridad, y este es un fenómeno que les ocurre, incluso a muchos reconocidos profesionales, no se vuelve a escribir más que lo funcional.

La raíz de esa deficiencia está en la rigidez del currículo, en la normatividad académica, en las reglas que señalan desde una etapa precoz cómo escribir.

El momento decisivo para sembrar el cariño o el fastidio por la escritura está en los primeros años de la escolaridad, incluso mucho antes, cuando los adultos que rodean la primera infancia se interesan o no de lo que los niños cifran con su particular grafía. Sabemos, como observaba Donald Graves , que, incluso antes de la escolaridad, los más pequeños tienen enormes deseos de escribir, y lo expresan de forma suficientemente explícita. Ningún niño, todavía sin conocer la grafía convencional, manifiesta que no sabe hacerlo. En el piso, en la pared, en un papel, en una revista que tiene al alcance, en su mano, en el cuello de su madre, con su grafía espontánea, escribe. Y no es una escritura loca, es un cuento lo que expresa. Si le preguntamos qué ha escrito allí, nos lo lee. Escribir es uno de los deseos más evidentes de los pequeños, y con una seguridad absoluta quieren demostrar ante los mayores que lo saben hacer. En aquella etapa los adultos somos también más laxos para permitir las más inusuales escenas y formas de la escritura. El error está, entonces, no en la normatividad, en el rigor gramatical, en las reglas de la sintaxis, sino en el momento precoz en el que entregamos estas precisiones a los infantes, causando, en vez de amor y disfrute, tedio y rabia por la escritura. Cuantas menos restricciones, más deseo arraigamos para apropiarla.

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