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Holy motors, de Léos Carax. La belleza es el motor sagrado del cine

  • Holy motors, de Léos Carax. La belleza es el motor sagrado del cine | FOTO CORTESÍA
    Holy motors, de Léos Carax. La belleza es el motor sagrado del cine | FOTO CORTESÍA
29 de noviembre de 2013
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Deberán leer esta crítica hasta el final. Si no lo hacen, si se fijan sólo en las estrellitas que nos ayudan a calificar y que en este caso abundan, muchos de ustedes se sentirán engañados por mí cuando vean la película y pensarán: “¿Qué es esto?, ¿en qué estaba pensando este tipo?”. Para que evitemos esas confusiones, que quede claro, voy a decir cosas muy bonitas de la inquietante Holy motors de Léos Carax, pero no la voy a recomendar. Al menos no a todo el mundo, no al que sólo busca en el cine historias que tienen un comienzo y un final (la mayor parte del tiempo yo hago parte de ese bando), no al que se acostumbró a que las imágenes le pasen por delante sin pensar en ellas, no al que busca una mera distracción de fin de semana. Todas esas son razones válidas para ir a cine, pero no para ver esta cinta.

Porque Holy motors no es una película para distraerse. Es una película que brinda la oportunidad de hacer múltiples reflexiones a partir de poderosas imágenes que se quedarán en su retina mucho después de que haya salido de la sala, como la de esos espectadores abúlicos que no se conmueven ante nada de lo que ven, o ese dedo-llave que le sirve al mismo Carax, personaje de su propia película, para “entrar” a un espacio más allá de la realidad de su cuarto. Como si entrara a su propio sueño.

Otros verán -y está muy bien que así sea- una serie de alusiones a la obra previa de Léos Carax, o un grito desesperado ante la crueldad del mundo. Yo veo en Óscar, aquel ejecutivo que sale en limosina a cumplir con una serie de citas en París, a la personificación del cine. ¿Qué otro nombre podría tener el cine que no sea Óscar? Y en cada una de sus citas, una referencia a un aspecto del cine de nuestros días. Esa viejita que mendiga en las calles, bien podría ser aquel director veterano que todavía debe rebuscarse los recursos para hacer su película. Ese traje de látex lleno de puntos luminosos que captura el movimiento, está nombrando a ese cine industrial (la cita es en una fábrica) ultratecnificado e hipersexualizado, que corre cada vez más aprisa, para producir imágenes de aliens, o de falsos cuerpos voluptuosos, según necesite el público. Ese monstruo de un solo ojo en el que se convierte Óscar, podría ser ese cine grotesco, gore, cada vez más popular, donde la brutalidad atropella, que se toma de la mano con aquel cine light donde sólo importa que los actores sean bellos. No por casualidad esta cita se da en un cementerio, donde las lápidas invitan a visitar un sitio web.

¿Cree Carax que el cine está muriendo? Creo que no. Cree sí que los banqueros que ponen el dinero se están llevando su dignidad, que la música y el séptimo arte no se juntan como antes, que el cine está olvidando alimentarse de la realidad. Pero la belleza del acto mismo del cine perdura. O eso es lo que yo creo que cree Carax. Ustedes pueden creer otra cosa. Ustedes deberían creer otra cosa. Porque el público de Holy motors tiene la obligación de pensar. Quedan advertidos.

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