Nadie escribe para nadie. Todos escribimos para alguien. Porque aún las escrituras privadas, en algún momento, algo ocasional, insólito, inesperado, un error de custodia, hasta el mismo viento, las pone en manos de otro, y dejan de ser privadas para volverse públicas, y al hacerse públicas, hacen historia.
Pero quien, de forma explícita, escribe para publicar, se expone adrede al juicio de otros, genera polémica, discusión, controversia y, además de historia, hace democracia, porque, sin límite de tiempo, otros ojos, otras generaciones podrán llegar a lo escrito, y con ello recrear su propio devenir.
Más hoy, cuando se publica, y lo escrito queda expuesto y vivo en los portales cibernéticos, accesible por una frase, a veces por el enter de una palabra, para ser articulado con nuevas producciones. Lo que se escribe no reposa ya en los anaqueles de las bibliotecas, queda en la memoria colectiva de la gran Red.
De mayor alcance que las escrituras privadas, los artículos publicados, incluso los libros, la prensa escrita, y más cuando es de edición diaria, tiene un significado especial para el desarrollo de una comunidad, de un país y del mundo.
Un buen medio de comunicación escrita no sólo registra el pulso de la historia, sino que hace historia. Al generar opinión y ser eco de otras voces, suscita en sus lectores la formación de conceptos que crean cultura; en la medida que es palestra para que puntos de vista diferentes tengan un canal de expresión, su percepción se hace más amplia, porque está enriquecida por la crítica de otros.
Pero, más allá de los contenidos de información y las diversas opiniones que se expresan en el medio escrito, su eje central y la mayor responsabilidad está en la línea editorial, su telón de fondo. Por eso el reconocimiento a quienes corresponde esta tarea, indudablemente, la que exige la cuota más alta de objetividad y valentía, pero que asume también los mayores riesgos.
Una línea editorial no puede agacharse a los acontecimientos que teje, día a día, la historia. Su escritura entraña un compromiso sin pausa. En cada edición sus puntos de vista, no siempre coincidentes con los lectores, generan polémica, y con ello el ejercicio de la democracia.
Porque ha sido una escuela de formación en estas pretensiones, porque son innumerables las casas editoriales que han pretendido arraigar una publicación diaria, y muy pocas las que alcanzan la hazaña de persistir durante 100 años, por lo que ha contribuido al lado amable de la historia de la que hoy nos ufanamos los antioqueños, por el equipo humano que ha puesto allí su pasión y su fe en Colombia, y por su inquebrantable ética periodística, un merecido reconocimiento al periódico EL COLOMBIANO.
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