Las paradojas nunca habrán de faltar en la campaña de los grandes equipos de fútbol.
Seis meses atrás, cuando el Atlético Nacional no gustaba ni convocaba, sus hinchas esperaban fervorosos los juegos de la final ante el Independiente Santa Fe.
Hoy, cuando el verde es campeón defensor, con una formidable campaña y que en lo previo los números le favorecen, los hinchas de los barrios no se muestran tan expectantes como en años y campeonatos pasados.
Midiéndole el pulso a la ciudad, recorriéndola por su calles se advierte cierto aire gélido que únicamente se rompe en la barrida como sucede en el Nacional, un barrio situado entre El Salvador y La Milagrosa, donde está La 300 con su enorme bandera y sus hinchas verdolagas de siempre.
La insignia de 12 metros está donde culmina el parquecito; otra pequeña enseña bicolor está prendida de la puerta de una casa de hinchas del DIM, a la espera de la fiesta dominical.
Quien pone el ambiente es Santiago Arias, quien en su cálida expresión cuenta cómo él y sus amigos disfrutaron el juego del miércoles en el Pascual Guerrero.
A esa hora, 11:00 de la mañana, los que siempre visten de verde ni habían asomado sus caras, pero se esperaban para organizar al mediodía lo que será la contienda dominical. "Traemos hasta bombos; este es otro estadio. Sacamos un televisor plasma gigante, lo conectamos a un bafle portátil y la fiesta está hecha, porque animamos la rumba como es", relata animado.
Santi esperaba el arribo de los parceros. Era una especie de vigilia despierta del inteligente Morgan, un pitbull que está pendiente de todo y al que únicamente lo que le falta es hablar.
Barrio arriba, mientras entraba la tarde, el ambiente se hacía más en clorofila, como sucedió cuadras abajo en la pequeña cancha de El Mosco, donde los niños querían imitar a Sherman, Bonilla y Duque, sus referentes en el momento de mover el balón con el club Buenos Aires en ese predio tan libre como sus vidas.
Las expresiones se hicieron más calurosas en el momento de brincar enfrente de un mural que cuenta las hazañas del club verdolaga, que este fin de semana comprime o hace explotar corazones de emoción.
Juan Esteban, Edin, Miguel Ángel, Dilan Andrés, Samuel y John Freddy comparten en el peladero, que recuerda los sueños del Pibe, esas ilusiones de título, que pese al frío de la mañana se cambiaban por los sudores del juego y la hipérbole de sentirse verde por asociación. "Yo soy...".
Los niños gozaban con su verde, con las fotos que querían ver cual instantáneas, mientras kilómetros arriba, Santiago Arias -tiene nombre de futbolista-, recibía a El Gordo y otros vestidos de esperanza, insignias que están ahí desde la noche del miércoles, y que cada tanto se renuevan con la paradoja de los seis meses atrás, al frío de hoy. Pero el domingo, lo que esperan hacer sonar allí son los vítores del verde.
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