Si hay un punto en el que coinciden todos los que van a participar en el proceso de paz que se inicia entre el Gobierno y las Farc, es que éste estará plagado de dificultades.
Y algunas de esas dificultades se hicieron expresas ayer, en las intervenciones de los miembros de la guerrilla desde La Habana.
Ya el Presidente Juan Manuel Santos pidió a los colombianos que tuviéramos “paciencia, fortaleza y templanza” ante los ataques terroristas de las Farc, que con toda probabilidad tendrán ya preparados en su sangrienta lista de tareas pendientes, para ablandar a su contraparte y amedrentar a la opinión pública.
Pero también tendremos que armarnos de paciencia y no agotar nuestro límite de indignación, para resistir la desfachatez que rebosan las declaraciones ampulosas e insultantes de los jefes guerrilleros.
Era esperable, en todo caso, que la altanería y la arrogancia se hicieran presentes en las primeras intervenciones de los “plenipotenciarios” de las Farc, desde su cómodo ambiente de La Habana. Cualquier negociador avezado sabe que no se llega a la mesa demostrando debilidad, ni división interna, ni mostrando todas las cartas ocultas.
A esto, ayer, se sumó el cinismo más recalcitrante del discurso leninista, la mentira abierta y sin sonrojo, la negación desvergonzada de todas las evidencias, y la esquizofrenia propia de quienes llevan años aislados del mundo y quieren aparecer ahora como víctimas de la violencia y perseguidos por “fuerzas fascistas”.
Seguramente para el Gobierno Nacional y para los negociadores estatales recién designados, nada de esto haya sido una sorpresa. Mejor que sea así, pues a la hora de sentarse a la mesa, tendrán que resistir meses de una retórica envolvente donde aquellos, los guerrilleros, quieren ser los portadores de la verdad y la justicia.
Pero así como los negociadores no deben salirse de casillas ante el cinismo, no pueden claudicar ante una exigencia fundamental: no es posible encarar un proceso de esta naturaleza sobre mentiras tan protuberantes como las escuchadas ayer.
Si las Farc “no tienen nada qué ver con el narcotráfico”, ¿por qué, entonces, el punto 4 del “Acuerdo general para la terminación del conflicto”, que trata precisamente sobre tamaño problema?
Si las Farc “no tienen personas secuestradas”, ¿quién responde a los cientos de familias que tienen seres queridos desaparecidos hace años, incluso décadas?
Ciertamente, se va a poner a prueba la capacidad de resistencia del Gobierno Santos, y con él, la de todo el pueblo colombiano.
En otras ocasiones, el Presidente Santos ha mostrado que se amilana ante grandes demostraciones de fuerza o presiones de gran calado (recuérdese el paro camionero, las marchas estudiantiles, o el escándalo de la reforma judicial auspiciada por su Gobierno).
Si ya inició este camino, deberá mantener el temple y la decisión de soportar lo que tenga que soportar. Tanto para mantener el proceso, como para reconducirlo si se sale de cauce, o acabarlo si la burla se hace, una vez más, patente.
Ya la guerrilla le dijo ayer que le pedirá “cese al fuego bilateral”. El Jefe del Estado tiene la obligación de no ceder en la protección de todo el territorio y de sus habitantes. No puede hacer un despeje de facto del país entero.
También lo someterán a prueba con el órdago de exigir la presencia de alias “Simón Trinidad” en la mesa. Además de firmeza, deberá responder con simple sentido común, escaso en su contraparte.
Finalmente, no hay que pasar por alto este párrafo del video de alias “Timochenko”, ayer: “Es más que justo reconocer que este nuevo proceso de paz representa el triunfo de los vientos bolivarianos de cambio que soplan por nuestra América”.
Todo un guiño a su anfitrión territorial e ideológico de la vecina República Bolivariana, y todo un reto al espíritu de la democracia liberal que persiste en el continente.
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