Comúnmente se entiende que la Semana Santa es algo como la culminación de la Cuaresma, esto es, un momento centrado en un recuerdo y meditación de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, representados en acciones y lecturas de textos litúrgicos propios, sobre todo, del Viernes y Sábado Santo. Sin embargo, el propósito de la Iglesia como comunidad de fe va mucho más allá: la Semana Santa no es solo un punto culminante de la Cuaresma, es, ante todo, una celebración gozosa de lo que realmente se ha vivido en Cuaresma.
Desde el Miércoles de Ceniza los creyentes debimos iniciar un proceso de conversión cristiana que determinara un cambio en nuestros comportamientos cotidianos que tuviera incidencia real en los ámbitos sociales en los cuales nos movemos, ya sea el familiar, el laboral, o los colectivos a los cuales pertenecemos.
La conversión cristiana no se puede medir sino con relación a un solo referente: la vida como la vivió Jesús de Nazaret, un modesto hombre absolutamente entregado al servicio de los otros, especialmente los pecadores y los excluidos. En Jesús se nos revela por fin que el ser humano es hecho fundamentalmente para los demás y menos para sí mismo. Si para esto somos creados los seres humanos, tenemos que confesar con sinceridad que somos incapaces de ser seres humanos por nuestra propia autosuficiencia. Somos una obra que Dios está creando solamente por medio de seres humanos.
La primitiva comunidad cristiana entendió y vivió que solamente es posible ser un ser humano realmente humano, al estilo de Jesús, cuando nos abrimos por la fe a un Dios creador que se encuentra implícito en nosotros mismos y nos impulsa desde el fondo, junto con Jesús resucitado, también implícito en nuestro ser, a romper el círculo de nuestro yo encerrado en su egoísmo y en sus intereses personales.
El proceso de conversión debió ser la tarea en el tiempo de Cuaresma. Esta real conversión es la que constituye el acontecimiento que celebramos en Semana Santa. Son los mismos creyentes los celebrantes de la conversión que ha ocurrido en ellos mismos. Por eso el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús representadas en las acciones, símbolos y textos litúrgicos, de la Semana Santa, son signos celebrativos con los cuales los creyentes expresan gozosamente la conversión que han vivido especialmente durante la Cuaresma. Si la Cuaresma ha pasado desapercibida, entonces ¿qué estaríamos celebrando en Semana Santa?
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