La semana pasada una metida de pata contra Colombia le costó un cargo honorífico a la modelo holandesa Nicolette Van Dam. Ofendió gravemente a dos símbolos del deporte y la vida sana. Con toda razón, los colombianos nos sentimos agredidos moralmente.
Valdría la pena, eso sí, que esa misma indignación se deje oír con otros ataques aún más graves contra la dignidad de las personas, como el maltrato a los niños, el tráfico de narcóticos entre menores de edad y jóvenes, los abusos contra las mujeres, la violencia intrafamiliar. Porque la indignación puede servir a fines justos.
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