Si William Ospina se considera ejemplar en algo no lo manifiesta. Y que otros lo hayan hecho se lo atribuye a la generosidad del jurado, exclusivamente.
"Supongo que habrá un reconocimiento a ciertos esfuerzos, pero la condición de ejemplar yo ni merezco ni reclamo, porque creo que es muy difícil ser una persona ejemplar realmente. Pero si es un ejemplo el dedicarse a las cosas que a uno le gusta hacer y tratar de hacerlas con seriedad y con persistencia, pues bueno, asumamos que puedo serlo".
Decir que vive en Bogotá es una verdad a medias, porque se la pasa de viaje y su casa, donde pululan los libros y faltan los muebles, es solo un lugar de paso entre viaje y viaje, porque en él la costumbre de empacar y empezar a andar un nuevo camino lo acompaña desde que era niño, tal vez porque nació en el Tolima en una época difícil y ahí aprendió que "la violencia y el nomadismo se llevan muy bien".
Sus mudanzas lo llevaron al Valle del Cauca. Dejó la universidad en Cali, pero se enamoró de esa ciudad. Luego fue un latino en París y finalmente, un escritor que pasa fugazmente por Bogotá.
El hombre de letras
En algún rincón de la casa hay una colección de ensayos y un libro de poesía que quizá sean publicadas.
Este es el entretiempo, entre El país de la canela y La serpiente sin ojos, el segundo y tercer y último libro de Ospina sobre la conquista de América.
"Las novelas las publico enseguida por los compromisos editoriales. Yo quisiera tomarme más tiempo", confiesa, pero acepta que lo mejor es publicarlas, "porque sino, como decía Alfonso Reyes, se me va la vida corrigiéndolas".
Este tiempo puede ser largo, quizá un par de años asegura el escritor, para que lo que empezó con Ursúa llegue a un imposible punto final, porque como él mismo dice, un libro nunca se termina de escribir.
"Yo me había decidido por las letras antes de saberlo. Siempre me gustó escribir, pero nunca pensé en esto como una profesión o un destino. Cuando menos pensé ya estaba dedicado a esto, sobre todo, porque no sabía hacer otra cosa" cuenta ahora.
Ha escrito ensayos, poesía y novelas, aunque para él, lo extraño es que esos tres "géneros" se quieran separar.
Ese, asegura, ha sido un proceso natural, porque todos los caminos del lenguaje son necesarios.
"Me admira y me extraña la posibilidad de dedicarse a uno solo de estos, digamos, géneros, porque yo siento que hay algo que tiene ver más con la música de las palabras y con la experimentación con el lenguaje, a lo que uno podría llamar poesía.
Que hay cierto orden en la reflexión y en el pensamiento, del análisis y de la exposición, que tiende a ser ensayo.
Y que hay cierto vicio por contar historias largas y que se demoran sobre todo en la conducta y en la experiencia de los personajes y a la que se puede llamar novela".
Pero todo eso, asegura, son maneras distintas de una misma vocación, la de vivir a través del lenguaje.
Le tocó ser ejemplar en cultura, pero él escogería otro puesto: "Quisiera ser uno de esos muchos personajes ejemplares que escogen a los colombianos ejemplares".
Sobre cultura
Imposible no preguntarle a él, a quien se le reconoce en la categoría de cultura, si siente que en Colombia, las bellas artes son justamente reconocidas.
"Me atrevería a decir que algunos campos de la actividad artística tienen reconocimiento más que otros y que algunas personas tienen a suerte de ser más reconocidas que otras".
Ciertas actividades suelen ser más advertidas, dice el escritor y reconoce, además, que "un país como Colombia, cuya cultura está en proceso de construcción, tiene muchas debilidades todavía. Una de ellas es que no se reconoce suficientemente el trabajo de la gente".
Y hace una larga lista de grandes escritores colombianos de otros tiempos, cuya obra no ha sido valorada. Barba Jacob, Silva, Arturo... Y eso, apenas, sin pasar de la literatura a otras artes.
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