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EL ANTRONASIO

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18 de mayo de 2013
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He pasado la mitad de mi vida con un hombre que respira fútbol. Lo ama, lo disfruta y, de un tiempo para acá, también lo sufre. Todavía recuerdo la felicidad que lo sacudía cuando su equipo saltaba a la cancha a sudar la camiseta y lograba el triunfo.

La derrota, por el contrario, le hacía ver la vida en blanco y negro, pero pronto pasaba el sentimiento porque venía la próxima fecha y todo volvía a empezar, como una montaña rusa de emociones donde el gol y el goce eran los protagonistas.

Desde que tiene uso de razón y de eso hace más de cuarenta años, ir al estadio portando la camiseta del equipo de fútbol de sus amores fue el mejor regalo que podían darle.

Y así como él lo vivió hubiese querido que lo gozaran sus hijos: chorreados de paleta, interrumpiendo en la mejor jugada para ir al baño, poniendo cara de "yo quiero" ante cada vendedor ambulante, aprendiendo los cánticos para animar sin descanso a sus ídolos, teniendo siempre presente el respeto por el otro, disfrutando un espectáculo que iniciaba en las carretillas de ventas de las afueras del estadio y terminaba después de los 90 minutos de juego en las mismas carretillas, con animadas tertulias en las que lo de menos era de quién se era hincha, porque solo importaba compartir la pasión por un deporte vestido de fiesta, de papel picado, caras pintadas, alegría y vida en las tribunas.

Pero el desplazamiento también ha llegado al escenario deportivo. En cada fecha son menos los hinchas que se atreven a pagar para asistir a un evento donde el gran ausente es el fútbol, no sólo por el mal funcionamiento de los equipos sino porque ¿quién, en sano juicio, quiere vivir el infierno de las barras de delincuentes que en sus banderas portan toda clase de drogas y envuelven en sus camisetas toda clase de armas?

Los narradores y comentaristas deportivos pueden estar orgullosos. El Atanasio es ahora un verdadero campo de batalla donde se va a vencer o a morir. La ciudad entera lo padece y el país entero se duele, porque hoy el fútbol pone menos goles pero más heridos, más muertos y más destrozos por donde pasen los vándalos que lo envilecen.

Entre la frustración y la impotencia, los hinchas de verdad ven en esos episodios toda la ineptitud y el poco conocimiento que tiene la Secretaría de Gobierno de un problema social que requiere soluciones efectivas. No es posible que diez o veinte desadaptados se agarren a cuchillo, piedra o bala y desde el gobierno crean que la solución es cerrar el estadio o quitarles las banderas a los otros hinchas, que nada tienen que ver con los malhechores.

Una posible solución es individualizar. Los que hacen estragos tienen nombre y deben ser responsable de sus actos, así sean menores de edad. Para ello deberían aplicar inteligencia policial (¿mucho pedir?), tener registros fotográficos, hacerles seguimiento, identificar sus sitios de residencia y levantarles prontuarios a los gamines de tribuna. Que los equipos den la cara y expliquen qué están haciendo para favorecer (casos se ven) o para controlar a sus barras bravas, tampoco estaría de más.

Por mí, que en el próximo clásico aprovechen y cuando estén adentro les den el "antronasio" por cárcel, incluso a los jugadores que cobran por hacer nada.

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