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DE LAS SELVAS A LOS ALTARES

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11 de mayo de 2013
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En 1914, sola con su Dios, iba por las selvas de Urabá montada en un buey. Los arrieros y los indios la llevaban como si fuera en andas por esas trochas. Su ilusión era fundar una comunidad religiosa.

Los únicos "racionales" que la acompañaban, además de los arrieros, eran cinco auxiliares, entre las que se contaba su madre.

En esa época, en Colombia no se conocían los aviones sino en fotografías y apenas había unas cuantas carreteras.

Medellín y Urabá solo estaban conectados por un camino de arriería. Recorrerlo tardaba entre 15 y 20 días.

Se llamaba Laura Montoya Upegui. Nació en 1874 en la familia formada por el médico Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui.

Su padre fue asesinado en una de las guerras civiles del siglo XIX cuando ella era niña. Desde entonces su familia se hundió en la pobreza. Su infancia no fue muy feliz. Sus abuelos se la llevaron a vivir a Amalfi.

Allí, ella aprendió a gustar de la soledad. No asistió a la escuela hasta que cumplió 16 años. Se graduó de maestra en la Normal de Institutoras de Medellín.

Luego, trabajó en pueblos tan distantes y tan distintos como Amalfi, Fredonia y Santodomingo.

Después la trasladaron a Medellín, donde fue vicerrectora del Colegio de la Inmaculada.

A los 30 años, un sacerdote amigo le propuso fundar un colegio en Jardín, Antioquia. Ella se entusiasmó con la idea cuando supo que muy cerca vivían algunos indios, a los que podría ayudar.

Entonces decidió convertirse en misionera. Casi al mismo tiempo empezaron sus enfrentamientos con la sociedad y las autoridades eclesiásticas, quienes consideraban que Laura era un hervidero de ideas libertarias y que su oficio no era apropiado para una mujer.

En 1910, ella recurrió al presidente Carlos E. Restrepo en busca de apoyo. Él se lo brindó.

Cuando llegó a Dabeiba, enfrentó la oposición de los caciques indios más viejos y de los gamonales blancos que no entendían su misión.

Solidaria con su obra, la gobernación de Antioquia pagaba a sus monjas un salario como maestras de escuela. Aunque no tuvo lo que llaman formación académica, la Madre Laura escribió muchos libros llenos de poesía.

Sus obras más recordadas son Voces místicas de la naturaleza, Lampos de luz, Brochazos, Destellos del alma, La aventura misional de Dabeiba y su singular Autobiografía. Esta es piedra angular en la etnografía colombiana.

En los libros de la Madre Laura se siente que Dios es para ella el mismo de los indios que soñaba convertir.

Es el mismo de Pascal: un Dios sin nombre que está en todas partes, pero no se deja ver. Que solo se descubre ante aquellos que lo buscan con amor y desesperación. Laura lo halló viendo las hormigas, como cuenta en su Autobiografía.

Desde 1940, la Madre Laura se trasladó a Medellín y aquí pasó sus últimos años, sentada en una silla de ruedas. Murió en 1949, a los 75 años de edad.

La comunidad que fundó tenía entonces 467 misioneras repartidas en 92 casas en Colombia, Ecuador y Venezuela. Hoy, tiene presencia en más de 15 países de América Latina, Europa y África.

Celebro como una fiesta la consagración de santa de la Iglesia Católica de esta gran mujer nacida en nuestras montañas antioqueñas.

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