Durante un cuarto de siglo, que es lo que hoy cumple la mayor tragedia nuclear de la historia en Chernóbil, la comunidad internacional no ha logrado desactivar la polémica en torno a la necesidad de usar energía atómica y, por el contrario, ahora agita nuevas disputas, cuyo epicentro está en Fukushima, Japón, aunque sus efectos se esparcen por el resto del planeta.
Mientras Ucrania y Rusia acuden al escenario trágico de Chernóbil para recordar a las víctimas de la explosión nuclear, hoy hace 25 años, Japón busca entre sus muertos y desaparecidos la fórmula que le ayude a neutralizar la fuga de material radiactivo de los reactores 1, 2, 3 y 4 de Fukushima.
El terremoto y posterior tsunami del 11 de marzo pasado dejaron al descubierto un viejo problema, que pocas alternativas de solución ofrece: seguir dependiendo de los combustibles fósiles para mover la economía mundial, con las nefastas consecuencias que ello implica para el ambiente, o desarrollar energías limpias, pero más costosas como la nuclear. Ese es el dilema.
Lo que no ofrece discusión es que Chernóbil abrió un hueco en la forma en que muchos países venían produciendo energía nuclear, con altos grados de irresponsabilidad y poco control, y Fukushima puso al descubierto que el mundo no aprendió la lección.
De ahí, la ofensiva política y social que ahora se vive en buena parte del mundo para revisar el desarrollo nuclear. Alemania, la potencia europea, ha dado marcha atrás en su programa, pero no será la única.
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