Julio de 1961 fue un mes enrarecido en las calles de Berlín. El Muro aún no existía pero la división entre oriente y occidente era tan palpable que pasar de un lado a otro estaba rodeado de un halo de angustia y de miedo.
Como en un mal chiste, ante el aumento de alemanes orientales que para ese entonces buscaban en la parte occidental de la ciudad mejores condiciones de vida y de trabajo, el líder comunista de Alemania del Este, Walter Ulbricht, aseguró que lo último que se le pasaba por la cabeza era construir un muro.
Un mes después, en la madrugada del 13 de agosto, soldados comunistas pusieron los primeros bloques de concreto en la ciudad alemana y la que sería considerada por la historia como una de las decisiones más arcaicas y retrógadas. Una capital entera quedó dividida en dos por una línea de cemento.
Miles de familias que vivían en extremos distintos de la misma metrópoli no volvieron a verse jamás, matrimonios fueron cortados con la dureza de los alambres de púas y empresas cuyos trabajadores estaban en el otro lado de la ciudad tuvieron que ingeniarse la forma de conseguir una nueva mano de obra. Durante 28 años años la misma ciudad evolucionó de manera diferente y paralela por dos sistemas políticos y económicos radicalmente distintos.
La búsqueda de oportunidades y aire fresco generó cientos de formas ingeniosas para intentar cruzar el muro. Desde globos hechos con retazos que surcaron los aires hasta túneles de más de 100 metros fueron estrategias pocas veces exitosas para pasar del oriente al occidente.
Cerca de 300 personas perdieron la vida durante el tiempo que el muro de la infamia estuvo en pie.
Al final, la presión política, la caída de las estrategias de la Unión Soviética y el grito herido de la libertad, se convirtieron en el mazo definitivo que tumbó la idea de que al ser humano se le puede limitar con concreto.