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Buen consejero, el silencio

  • Ernesto Ochoa Moreno | Ernesto Ochoa Moreno
    Ernesto Ochoa Moreno | Ernesto Ochoa Moreno
04 de marzo de 2011
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No sé por qué les gusta tanto hablar a los empleados públicos y, en general, a quienes tienen alguna representatividad política. Tal vez la verborrea sea mal que viene junto con la burocracia; quizás más bien sea la desfachatez y la ignorancia las que la acompañan. Lo cierto es que la locuacidad se ha convertido en uno de los más insoportables defectos de la idiosincrasia cortesana y áulica del mundillo de la política.

No criticamos el arte del buen hablar, de la conversación, de la charla. Ni siquiera la simpática garrulería callejera que a toda hora se derrama entre nuestras gentes. Lo que nos choca es la sabihondez con que se bombardea, sin ninguna compasión, a la opinión pública. Detrás de esas palabras fofas se ocultan los genios malos (también los "malgenios") de la discordia y los intereses creados que buscan, con el buen trigo, sembrar la cizaña.

Por la boca muere el pez. Cuentan que el general Franco no le dio al rey sino un consejo, uno solo, que se podría enunciar así: "Habla poco en público y en calidad de rey, ya que lo que uno dice deja de pertenecerle y sólo somos dueños de nuestro propio silencio". Aunque no es santo de mi devoción el generalísimo, como todavía lo llaman entre nosotros algunos nostálgicos del franquismo, es justo reconocer que, de ser cierta la anécdota y de ser ese su enunciado, es un consejo sabio.

Por eso hay que medir las palabras. Después no valen las disculpas, las explicaciones, las justificaciones. Que esa no fue mi intención, que yo no quise decir, que fui mal interpretado. ¡Mentiras! Las palabras dicen lo que dicen, y punto. Por eso no deben ser usadas con incuria y descuido.

Buen consejero es, por el contrario, el silencio. No sólo para aquellos a quienes es aplicable el dicho "el bobo, si es callado, por sesudo es reputado" (y no está mal el consejo para muchos que, investidos de puestos públicos o no, aceptan responder a toda clase de preguntas), sino también para quienes desde una franca honestidad intelectual, saben que el silencio es una forma de sabiduría.

En Colombia deberíamos iniciar una campaña a favor del silencio. No el callar por cobardía, sino propiciar, con la medición exacta y prudente de las palabras, con el hablar oportuno y un silencio no menos oportuno, el ambiente adecuado para el diálogo, la convivencia, la paz. No podemos olvidar que el silencio es casi un sinónimo de paz. De hecho, en lo físico, el silencio es una forma de paz. Quien se escabulle del ruido y del ajetreo, de las voces, los gritos y los parlamentos, busca siempre un poco de paz.

Es necesario, pues, que nos impongamos una disciplina del silencio. Hablar menos (con los labios o con el "chat" o el "twitter") y pensar más. Las palabras muchas veces ocultan vacíos intelectuales y espirituales, o turbulencias anímicas inconfesables. Dejar de ser tan gárrulos, tan charlatanes, tan explosivos, para ser más tranquilos y pacíficos.

Recordémoslo: el silencio es una forma de paz. Y un recinto de la libertad que solamente uno tiene el poder y el derecho de violar. Porque somos los dueños de nuestro propio silencio. Saberlo es ser capaces de ser dueños, también, de nuestras propias palabras.

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