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Añorar el pasado es correr tras el viento

19 de junio de 2009
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Sin querer idealizar el ayer y consciente de que las ciudades crecen y se transforman, hay cambios que no pueden aceptarse sin protestar, como el ocurrido donde antes estaba la casona del restaurante La Aguacatala, y que ahora ocupa una mole descomunal de concreto, que en un futuro cercano abrirá sus puertas al público con el nombre de centro comercial Santafé.

Como hemos carecido de cultura arquitectónica, echamos por tierra sin compasión la mayoría de nuestro patrimonio nacional y, lo que es peor, lo seguimos haciendo escudados en un equivocado concepto de modernidad, con el que fuimos aniquilando la memoria ancestral de la ciudad y, en este caso particular, la de la zona de El Poblado, donde ya no queda prácticamente nada de esa historia que los pueblos dejan escrita en puertas, patios y ventanas. Las casas que enmarcaban la plaza se cambiaron por edificaciones para el comercio (estrechas y muy poco agraciadas por cierto), y cada casafinca fue sustituida por un sembrado de edificios de apartamentos.

Ahora bien, no es que el caso de la construcción de este nuevo centro comercial llame la atención por haber sido el único que demolió una antigua edificación y el único que arrasó con jardines y con árboles centenarios, no, lamentablemente este es un hecho que se ha repetido una y mil veces en la ciudad. Lo que pasa es que, como cada vez va quedando menos patrimonio arquitectónico, menos mangas y menos jardines, se hace mucho más notorio.

Sin embargo, a esta gente sí se le fue la mano y se ve claramente en la construcción de este mamotreto, que la idea era sacarle el mayor provecho comercial a cada centímetro de tierra, que lo que primó fue lo económico, sin tener en cuenta lo que antes había.

Hace poco, cuando dieron al servicio la vía de Los Balsos que permite el acceso a la avenida de El Poblado en sentido sur - norte, pude darme cuenta de las reales dimensiones de la obra.

Ojalá, cuando entre en funcionamiento esta moderna ágora, como definen ahora algunos arquitectos los centros comerciales, con sus 370 y tantas tiendas, (que no se imagina uno de dónde van a salir, si a escasos metros tenemos otro gran centro comercial), con un Fallabela, con teatros, con plaza para comidas de 25 locales, etc., la economía nacional se encuentre en un mejor momento pues, si a ese tipo de dificultades le sumamos la de la sobreoferta comercial que ya existe en la zona: San Fernando, La Strada, 43 Avenida, Oviedo, Carulla, Home Mart y Panamericana, su futuro no es muy claro.

¿Puede Medellín con tanto centro comercial? ¿Responde este auge constructor de centros comerciales a una necesidad real del mercado? O, ¿será que la falta de espacios públicos en la ciudad, está siendo suplida por éstos y esa es la razón por la cual cada vez hay menos compradores y más familias Miranda (solamente miran y así entretienen el día), en los centros comerciales?

No lo sé, eso queda para los que saben del tema, lo que sí tengo claro es que, a pesar de la fama que precede al centro comercial Santafé y a la firma constructora, y sin ser yo experta en la materia y asistida únicamente por lo que veo y siento, me parece que su diseño da la sensación de pesadez, de armatoste y se ve excesivamente grande para el lugar.

Es muy triste cuando el progreso conlleva olvido y destrucción. Por esta razón, cada vez que paso por ahí siento nostalgia y añoro el pasado de ese lugar aunque, el sabio proverbio diga que: añorar el pasado es correr tras el viento.

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