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Ilustración: AI
Donde los hombres lloran
“El estadio es un lugar inventado por los hombres para poder llorar”, dice el autor. Y también donde un padre y un hijo comprenden que el llanto no siempre tiene que ver con ganar o perder.
No hay instrucciones para ser hincha, porque el sufrimiento no se aprende, se vive. Así que no tiene caso que leas este texto, hijo mío. Ahora, a tus casi nueve años, no tiene sentido nada del mundo figurativo, pero un día cuando tu adolescencia nos separe y te arrincone en el cuarto, entonces quizá puedas leer. Tengo el recuerdo vivo del pasado sábado, cuando fuimos juntos por primera vez al Atanasio a ver jugar al Nacional. ¿Recuerdas? El primer tiempo fue tan aburrido: cuatro goles y dos anulados, con los verdes cometiendo errores por toda la cancha, con Zapata entregando mal el balón; pero el segundo tiempo, cuando Deportivo Pasto se fue adelante y luego Nacional empató y remontó en el minuto 91, ya todo fue fiesta. Saltamos como locos, gritamos y yo miré tu carita y la tenías llena de lágrimas. El Estadio, hijo, es un lugar que se inventaron los hombres hace muchos años para poder llorar.
Es verdad que ahora se llora por todo. Hace poco vi un video en el que el director de una organización muy importante de esta ciudad empezaba una conferencia diciendo “esta mañana me pegué una llorada muy buena”. Así lo dijo, orgulloso. No sé cómo todo el auditorio no se echó a reír con tremenda payasada. El problema era el revés: mostrarse sensible, empático, tan “deconstruido”. En el estadio se llora por despiste: no es el equipo, es la tragedia de la vida. Si el equipo pierde, lloramos porque la vida no tiene sentido. Si el equipo gana, lloramos porque a veces la vida nos entrega la ilusión de que tenemos salvación. En el estadio lloramos porque los hombres todos somos cobardes: tanto el buen marido como el asesino. ¿Por qué lloraste? Los dos lo sabemos. Pero qué lindo fue el gol de Jarlan Barrera: la vida nos hizo un guiño, como a Patroclo —tú eres mi gloria, hijo— con su amor fatal.
Mi padre nunca fue un hombre de lágrima y creo que la única vez que lo vi llorar fue cuando Once Caldas quedó campeón de la Copa Libertadores en 2004. Terminaron los penales y papá tenía los ojos aguados y mi mamá se divirtió como nunca, entonces él reversó, se contuvo. Papá no lloró ni cuando enterró a sus padres ni cuando murieron sus dos hermanos de manera prematura. Papá es un estoico. No lloró por el fútbol, a mí no me engaña, lloró porque vio en ese equipo de media caña, de media petaca, la esperanza cumplida que tienen los ninguneados de ser algo, alguien, de tener su nombre escrito en el mármol de lo eterno. Papá: eso no existe.
Hoy volveremos al estadio, hijo. “Vamos los verdeeees”, te dije anoche. Reíste buenamente, con esa sonrisa planetaria. No será un partido fácil, porque Millonarios ha hecho un torneo espléndido y el Nacional de Autori es tan irregular. Pero quizá ganemos, lo importante es ir al estadio, cometer el ritual. Hubo un tiempo en que fui un hincha, regreso al estadio por ti, para compartir una conversación. ¿Recuerdas cuando te mostré Pokémon? ¿Recuerdas cuando empezamos a armar legos? ¿Recuerdas los capítulos primeros de Dragón Ball? ¿Los libros del Diario de Greg? Nuestra saga privada, que ahora continúa con el fútbol, no es más que esta: conversar. No quiero nunca perder el hilo de tu interés. Gane o pierda Nacional, lloraremos.