Dice que ordena sus ideas mientras escribe, pero cuando habla, reflexiona.
Se define como un “ensayista pura sangre”, capaz de sopesar argumentos y decantar sus opiniones frente al teclado. Se formó como psicólogo y quería ser académico. Muy rápidamente descubrió su gusto por la escritura, asumiendo tareas que todo el mundo prefería omitir, como las memorias de los seminarios, y a esbozar los primeros ensayos. Aunque todo eso le gustaba, aún no sabía que se podía llegar a ser escritor dedicándose a la opinión. “Yo pensé que si quería dedicarme a la no ficción tenía que ser profesor y escribir cosas académicas”, sonríe.
Un legado familiar y un giro del azar —la negativa del sistema español de acreditación universitaria, que entonces vivió como fracaso y hoy relee como triunfo— lo sacaron del carril académico y lo empujaron a abrirse camino en la cultura como ensayista. “La suerte más grande que me ha pasado en la vida”, afirma.
Su abuelo materno, Rafael Maya, fue un poeta muy importante, integrante de “La Generación de los Nuevos”, un movimiento literario e intelectual que en los años veinte en Colombia, reaccionó con ironía e irreverencia contra el modernismo y el costumbrismo y marcó el inicio del vanguardismo en el país. Luis Vidal, León de Greiff, Jorge Eliécer Gaitán y los hermanos Lleras Camargo, grandes periodistas y políticos importantísimos, hicieron parte de esta pequeña revolución que buscó romper con la tradición literaria provinciana y abrir las puertas al nuevo siglo con un enfoque más cosmopolita.
El abuelo muere cuando Granés tiene cinco años, así que su herencia literaria la descubre ya mayor. Su primer acercamiento a los libros y el primer fermento de su vocación intelectual vino por su papá, un físico, profesor de la Universidad Nacional, quien consagró su vida a la pedagogía y a la epistemología de la ciencia. De allí nació su interés por comprender cómo el hombre crea significados y discursos para ubicarse en la realidad y darle orden al mundo. La semilla del futuro gran ensayista había caído sobre terreno fértil.
“Mi papá era muy buen lector de literatura, tenía una buena biblioteca y me estimuló la lectura de ficción. Y después, claro, redescubro a mi abuelo, que además de poeta era un muy buen ensayista, uno de los grandes pensadores o intérpretes de la literatura nacional. Fue una persona que dedicó su vida a su labor creativa y también a entender lo que es la producción literaria nacional y todo esto a través del ensayo”, recuerda.
Su escritura es, en esencia, la aplicación práctica de ese deseo de ordenar el caos del presente. Y es, por legado, el espacio donde se encuentran el análisis que le interesaba por vía paterna y la tradición literaria de su familia materna.
Granés clasifica sus libros en dos grupos: los de largo aliento, muy históricos y los de análisis del presente inmediato, como “El rugido de nuestro tiempo”. Para estos últimos utiliza sus columnas de opinión como bosquejos o diarios de campo. Luego, con distancia, las analiza para identificar problemas que se repiten y darles una estructura coherente.
“El columnista está en una atalaya viendo la realidad, tratando de captar qué es lo prioritario para la sociedad, lo que genera discusión, lo que llama personalmente la atención, lo que hace ruido, lo que altera un orden de cosas. Antes de escribir estos libros, los agrupo por temas, interpreto mis notas como un antropólogo. Y, finalmente, sobre esas columnas pinto, reescribo, organizo y pienso mejor, porque la inmediatez de la columna a veces no te da total claridad”, explica.
Tuvieron que pasar diez años y miles de columnas -escribe más de 100 al año- para identificar el rugido de un desorden simultáneo en cultura, política y geopolítica que se estaba dando en el mundo entero y comprender el intercambio de roles tradicionales: mientras la política adoptaba los métodos de la vanguardia artística (el escándalo, la provocación y la incorrección) para movilizar electorados silenciados, el arte se transformaba en un espacio de ceremonia y reivindicación moral.
Todo empezó en la Bienal de Venecia de 2015. Allí notó que el arte había dejado de ser agresivo con los valores convencionales para volverse “buenista”. En lugar de la transgresión estética, encontró obras centradas en causas morales como el ecologismo, el antirracismo y el decolonialismo, incluyendo una performance de 24 horas leyendo El Capital de Marx.
Al año siguiente, durante el impeachment de Dilma Rousseff en Brasil, Granés se escandalizó al ver a Jair Bolsonaro invocar el nombre de un torturador de la dictadura militar, Carlos Alberto Brilhante Ustra, para justificar su voto.
“Yo dije, ¿qué es esto? Está rompiendo el consenso moral latinoamericano, está rompiendo un tabú fuertísimo que la condena no solo a la dictadura sino al peor agente de la dictadura, que es el torturador. Y lo más sorprendente es que esto, que en otros tiempos lo hubiera condenado al ostracismo, le hubiera arruinado su carrera política, se la catapultó”, enfatiza.
Bolsonaro, que llevaba 30 años de congresista y nadie lo conocía, se convirtió en presidente. La política —específicamente una nueva derecha— estaba adoptando los métodos de la vanguardia artística para movilizar a sectores que se sentían silenciados.
Ambos hechos encendieron la chispa que dio origen al libro. Muy pronto se dio cuenta de que la incorrección, el escándalo, el shock para arrastrar todo un electorado o para transgredir la moral establecida y salir a escena con una propuesta revolucionaria por lo disruptiva, era un fenómeno que también se estaba dando en Estados Unidos, Argentina, El Salvador y estaba consolidando un nuevo tipo de rebeldía más de derecha.
“Mientras el arte reivindica a las víctimas, la política reivindica a los victimarios. Los políticos nos están removiendo nuestros valores, nos están cuestionando, están intentando imponer otra moral totalmente distinta de forma agresiva y violenta. Mientras que los artistas, que solían hacer eso, sobre todo con los valores conservadores, se están volviendo buenistas”, afirma.
Crisis, identidad y desesperanza
Y cómo fue que llegamos hasta aquí, le pregunto.
Granés sostiene que la raíz de este “extraño desorden” se encuentra en la crisis económica de 2008, la cual golpeó con fuerza la sensibilidad en Occidente y detonó una serie de cambios profundos. Por primera vez, los jóvenes sintieron que no vivirían mejor que sus padres y esa angustia económica se sumó a estallidos sociales como Occupy Wall Street o Black Lives Matter, convenciendo a las nuevas generaciones de que viven en sociedades estructuralmente racistas, machistas y corruptas
Ante esta percepción de un mundo en ruinas, la política y la cultura reaccionaron de forma opuesta pero complementaria. Los artistas abandonaron la ironía y el humor de mayo del 68 para convertirse en sermoneadores que lanzan discursos de reivindicación. En lugar de defender libertades individuales, los jóvenes y el arte se refugiaron en colectivos identitarios para soportar la fragilidad de la vida. Sectores reaccionarios y tradicionalistas, que habían quedado fuera del consenso liberal tras mayo del 68, encontraron en el cinismo y el histrionismo una forma de recuperar protagonismo. Políticos como Trump o Bolsonaro empezaron a usar la transgresión para atacar ese “orden moral” que el arte ahora intenta proteger.
“Las sociedades occidentales después de mayo del 68 tenían ese consenso moral. Y los gobiernos de izquierda y derecha lo compartían. Había sectores más reaccionarios, más nacionalistas, porque el cosmopolitismo también ganó, pero los patrioteros, los tradicionalistas, los reaccionarios seguían ahí, pero sin voz en la política, sin voz en la cultura, sin voz en los medios. Y esta nueva derecha ha roto ese velo y está impulsando todas esas voces reaccionarias con una actitud revolucionaria para ganar un lugar en la escena política. También cultural, por supuesto. Pero sobre todo en la política. Y lo están haciendo con éxito impresionante, porque Bolsonaro y Bukele son reaccionarios brutales, Milei es una mezcla rara de cultura y política reaccionaria con economía hiperliberal. Aquí tenemos a Abelardo de la Espriella, que está jugando a hacer un collage de cosas ultra reaccionarias, pero con una actitud también estética y comunicativa muy transgresora, muy revolucionaria”, afirma.
¿Algún día los políticos volverán a la senda de la responsabilidad y el arte a la de la movilización de las personas?, le pregunto.
Granés explica que, al menos en América Latina, la historia se mueve por ciclos que alternan entre la obsesión identitaria y la modernización pragmática. Actualmente estamos en el meollo de esta etapa, que tiende a agotarse cuando el votante deja de tolerar que los políticos le ofrezcan solo una identidad (ser “patriota” o “progresista”, por ejemplo) y empieza a exigir soluciones prácticas a problemas reales.
“Pero con patriotismo o con progresismo, nuestros hijos no tienen mejor educación. No tienen mejores oportunidades, ni mejores trabajos, ni nada. Pero no nos damos cuenta porque estamos tan enceguecidos por el odio al otro y por las ganas de que el nuestro gane, que no lo vemos”, enfatiza.
Y continúa: “Pero, finalmente, cuando hay una catástrofe colectiva por estas pugnas estúpidas, abrimos los ojos y empezamos a valorar y a votar políticos que vienen con un discurso distinto”, concluye.
Rumbo a la catástrofe colectiva
Y, como si quisiera que todo lo que lleva años analizando sirviera para rescatarnos del abismo, le pregunto: ¿En Colombia vamos rumbo a esa catástrofe colectiva?
Pausa unos segundos, respira y dice:
“La última encuesta está mostrando que tenemos unas ganas de suicidarnos tremenda. Que tenemos un espíritu suicida absoluto. Y que estamos felices con la idea de oponer dos relatos vacuos, inútiles, improductivos, polarizantes, que fomentan el odio, que no sirven absolutamente para nada, que además están llenos de ideas muertas, que huelen a podrido y que pueden podrir a Colombia, que son el progresismo y el patriotismo”, vaticina.
¿Y qué hacemos para evitar ese suicidio?, insisto.
Piensa...
“Es la cuestión, porque estos personajes son muy buenos para capturar los espacios donde se están movilizando pasiones, que son las redes, las pantallas, la plaza pública y contrarrestar el efecto de esos mensajes es muy complicado. Porque quien de verdad tienen soluciones, es responsable, es alérgico a la payasada, a la imbecilidad y el cínico y el populista en cambio, como no tiene muchas ideas, tiene mucho histrionismo y tiene falta de vergüenza y puede hacer todas estas cosas sin ningún tipo de escrúpulo, sin sentirse ridículo”, sentencia.
“Hay que convencer a la gente de que no se impregne de política por ahí, pero es difícil porque justamente estos medios, que es por donde solían circular mensajes culturales, difunden mensajes políticos. Y la gente está ahí fascinada viendo estos personajes como si fueran entertainers. Es un momento complicado por el cambio tecnológico y por esa confusión que no sabemos si queremos un animador o un político”, concluye.
Cuando le pregunto por la salida, no ofrece consuelos: insiste en que la política se está jugando en el terreno del espectáculo, donde el descaro tiene ventaja sobre la responsabilidad. Y, sin embargo, esboza una esperanza: mientras no se expulse del debate a quienes todavía creen en el servicio público, Colombia no está condenada a escoger entre el cínico y el animador.
Tal vez ese sea, al final, el ruido de fondo de nuestro tiempo: no el grito de los extremos, sino la pregunta que nos devuelve la mirada—si estamos dispuestos a exigir gobierno, cuando lo que nos ofrecen es show.
