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Trump: vuelta atrás con Cuba


Dan en el punto exacto quienes advierten que en todo puede resultar impredecible el presidente Donald Trump, menos en lo que se trate de desmontar lo que hizo su antecesor, Barack Obama. Y por eso no es sorpresiva su decisión de borrar de un plumazo el histórico deshielo entre su país y Cuba, al que se sumó cuando andaba en proceso de elecciones primarias republicanas, y luego rechazó en las presidenciales buscando los votos del anticastrismo en Florida, hecho que resultó clave en su triunfo.

“Vamos a empoderar al pueblo cubano y hacer que el régimen rinda cuentas”, fue su mensaje en Twitter horas antes de firmar ayer, en La Pequeña Habana y ante el núcleo duro del exilio cubano en Miami, lo que definió como “la cancelación de la política de la Administración anterior”, que cambió sustancialmente la política exterior estadounidense de los últimos 50 años. No es realmente una cancelación de plano, pues deja funcionando su Embajada en La Habana -sin nombrar embajador, eso sí- y no restituye, que se sepa, la ley de “pies mojados” para los cubanos que alcancen territorio norteamericano.

No obstante, sí es un giro radical hacia la política que mostró tan pocos éxitos durante todos los gobiernos anteriores desde John F. Kennedy. Mientras Obama había optado por una visión realista y un plan de acción pragmático, sin esperar mucho del régimen dictatorial de Cuba, Trump pretende imponer avances a quienes desde el poder han mostrado cualquier cosa menos flexibilidad y mucho menos acercamiento a algún tipo de práctica democrática.

Porque sería ceguera injustificable no preguntarse qué tanto ha cambiado el régimen cubano tras el deshielo con EE. UU. Más allá de bajarle el tono a su discurso antiimperialista, muy poco. La represión sigue aplicándose y las estrecheces de su población no han mermado un ápice. El problema es que con esta vuelta atrás la población no va a ver mejorada su situación y, mientras Raúl Castro esté al frente del régimen, ningún asomo de libertades podrán esperar. Ahora obtienen un argumento para seguir usando la retórica de la resistencia, la misma que carga sobre sus espaldas el pueblo cubano.

Las contrapartidas que exigió Trump ayer serían compartidas por cualquier demócrata: libertad de presos políticos, libertad de reunión y de expresión, legalización de los partidos políticos y elecciones libres con supervisión internacional. Pero no lo va a lograr volviendo al embargo y a las restricciones económicas. Con estas da nuevo aire al castrismo represor.

Ayer mismo, en una primera reacción, el régimen de Raúl Castro reitera que el embargo económico no los doblegará, y se permite desafiar la inteligencia asegurando que “los cubanos disfrutan de derechos y libertades fundamentales” y repiten que sus logros en alimentación, salud o educación son superiores a los de muchos países, incluyendo a Estados Unidos.

Manifiestan, sin embargo, que siguen en disposición de “diálogo respetuoso y con voluntad de cooperación mutua”. Tampoco anuncian el cierre de su Embajada en Washington. Entiende bien el gobierno de Castro que no es momento de renunciar a los pasos alcanzados con Obama, y si ya llevan casi 60 años justificando su dictadura con el embargo gringo, un período presidencial más como paréntesis le puede ser también colgado al cuello a sus ciudadanos, dos de cuyas generaciones no conocieron jamás la libertad.


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