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Para que no coma gato por liebre, lea antes las etiquetas


ilustración Elena ospina

Lo vio y se enamoró: es un envase azul que muestra ese jugo tan provocativo, que incluso se le hizo agua a la boca, y además sería perfecto para que después de tomárselo, lo use de florero. Tranquilo, no es al único que le pasa. Muchas veces la comida entra por los ojos, pero no de la forma adecuada. Sí hay que abrirlos muy bien para leer las etiquetas que le cuentan de dónde vino, cómo se preparó y si le hará bien o no a su cuerpo. Esta la historia de las etiquetas.

A diferencia de lo que vivieron los abuelos, hoy se consumen productos de los que no se conoce su procedencia, al menos de forma directa. Es normal entonces que aparezca “la desconfianza”, dice el escritor catalán Claudi Mans, quien es doctor en química y tiene varias publicaciones de divulgación de la ciencia en la cocina, entre ellas Los secretos de las etiquetas.

Hace unos 40 años, las personas vivían en casas de campo y algunos de ellos tomaban una serie de productos vegetales y animales y los vendían directamente al consumidor.

Sin embargo, con el tiempo, esa relación se complicó porque aparecieron diversos procesados como la trituración y la mezcla; los sistemas de reacciones químicas como la fermentación y la cocción, y los de conservación como la salmuera, congelación y la pasteurización, que generaron que del productor al consumidor haya más etapas, incluso, algunas veces, más complicadas.

El mundo de las etiquetas

Además de que ahora el consumidor y el productor están muy lejos el uno del otro y es común que no se conozca quién ha producido la mayor parte de productos que se comen, a los primeros se les añade aditivos, colorantes y otras sustancias para conservarlos.

Quienes históricamente han estado atentos a los componentes de la comida son los individuos con alergias o enfermedades como la intolerancia al gluten (cerca del 1 % de la población, principalmente europeos).

No obstante, cada vez se suman más personas, como la periodista Camila Aristizábal, que se manifiestan preocupados de manera preventiva: “Miro las etiquetas con cautela hace cerca de un año, pues me di cuenta de que hay azúcar hasta en lo que uno no se imagina y así mismo veo la farsa que son los productos integrales. Antes comía lo que se me antojara porque he estado muy sana, pero ahora le temo un poco a la diabetes, pues en mi familia está la enfermedad”.

Las autoridades hacen básicamente dos tipos de controles: el sanitario y legal. Según Mans, este segundo “para que no nos den gato por liebre” y el primero “para que aun si nos lo dan, se garantice que estén sanos”.

Para conseguir este control, hay varias opciones, una de ellas es etiquetar, porque se muestran los componentes de los alimentos y el consumidor sabe qué está comiendo.

Solo fue hasta la década de 1950 cuando en Estados Unidos se incluyó información sobre el contenido calórico o de sodio en algunas etiquetas. En ese momento las comidas se preparaban en casa con ingredientes básicos, por lo general, y había poca demanda de información nutricional.

Algunos años después, en 1963, apareció el Codex Alimentarius, una colección reconocida internacionalmente de estándares, códigos de prácticas, guías y otras recomendaciones relativas a los alimentos, su producción y seguridad alimentaria, bajo el objetivo de la protección del consumidor.

Veinte años después de eso Colombia comenzó a crear su normativa, asegura Sandra Milena Cifuentes, ingeniera de alimentos de la Universidad de Antioquia.

¿Qué elementos básicos tendría que tener una etiqueta? Mans dice que “aquello que pacten el usuario, el fabricante y el legislador. En cada país es distinto”. En Colombia intervienen el Invima y el MinSalud.

Para leerlas mejor

Las etiquetas dan información “más o menos cierta o veraz”, sobre lo que se va a ingerir, según dice el escritor catalán. Más que leerlas, hay que hacerlo bien. Y más allá de la información nutricional, regulada en Colombia por la resolución 333 de 2011 del Invima, estas se componen de varios items que la ley les obliga a declarar a través de la regulación 5109 de 2005 del Ministerio de Salud.

Ninguna de las dos resoluciones involucradas es completamente apta para ciudadanos de a pie, por su complejidad. La aplicación sí lo debe ser. Según Cifuentes, lo que busca la ley es que el etiquetado sea tan claro para los consumidores que estos no tengan que buscar más allá. No obstante, según Mans, las ambigüedades se siguen presentando (Ver Tips).

¿Leer etiquetas adelgaza?

En una investigación de la Universidad de Santiago de Compostela con las de Tennessee, Arkansas, en Estados Unidos, y el Instituto de Investigación de Economía Agrícola de Noruega, publicado en 2012 en la revista Agricultural Economics, se concluyó que la lectura del etiquetado de productos de alimentación guarda relación con la prevención de la obesidad, sobre todo en mujeres. Según el estudio, elaborado con datos de Estados Unidos, quienes consultan esa información pesan casi 4 kilogramos menos.

Los resultados indican que el índice de masa corporal de aquellas consumidoras que leen las etiquetas es 1,49 puntos menor que el de las que nunca consideran dicha información a la hora de hacer la compra. Esto supone una reducción de 3,91 kg para una mujer estadounidense de 1,62 cm de altura y 74 kg de peso.

Así que la próxima vez, antes de abrir ese paquete que sacó de la máquina y llevarse la golosina a la boca, lea bien. No solo por perder peso, también por salud. Porque seguro se sabe el final de ese refrán del soldado advertido.

3,9

kgs menos pesa una mujer estadounidense de 1.62 cm de altura, que lee las etiquetas, halló estudio en 2012.

Las etiquetas nutricionales son una herramienta para los consumidores. Léalas para mantener una alimentación sana que cumpla con las recomendaciones dietéticas particulares.

Contexto de la Noticia

El azúcar parece jugar a las escondidas a través de sus más de cincuenta sinónimos. Además, cuando varios tipos de estos endulzantes se usan en un producto quedan enterrados en un larga lista de ingredientes, por lo que su contenido puede parecer adecuado, pero sumado es el ingrediente principal.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) recomienda limitar el consumo de este al 5 % del total de calorías, o unos 25 gramos por día.

Estos son algunas de las maneras de conocerlo en el mercado: Jarabe de arroz integral, cebada malteada, azúcar de florida, jarabe de maíz de alta fructosa, azúcar de maíz, sacarosa, sucralosa, jugo de caña, miel de caña, edulcorante de maíz, miel de maíz, concentrados de jugo de frutas, glucosa, miel, azúcar invertida, maltosa, azúcar blanco refinado, azúcar morena: refinada o integral; malta de cebada, azúcar de remolacha, jarabe con mantequilla, cristales de jugo de caña, caramelo, jarabe de maíz, azúcar confitada, jarabe de algarrobo, azúcar de castor, dextran, dextrosa, malta diastática, diatase maltol de etilo, fructosa, zumo de frutas, galactosa, azúcar de uva, azúcar en polvo, lactosa maltodextrina, miel de maple, melaza, mascabado, sorbitol, azúcar turbinado y azúcar amarillo.

Los expertos recomiendan fijar la atención en máximo cinco factores que la ley hace obligatorio para los productores.

El primero es la fecha de vencimiento: mire si su producto está marcado con el lote y fecha de expiración de manera indeleble, si usted no lo ve, descarte el producto.

El segundo es atender no solo al nombre comercial del producto, sino buscar la referencia, que no debe tener ambigüedades. Es decir, una cosa es nombre impuesto en el mercado para un yogur, y otra sus verdaderos componentes: alimento lácteo fermentado semidescremado con dulce y pulpa de frutas, o en otro ejemplo, además del nombre comercial Nutella, la etiqueta debe mencionar que esta es una crema de cacao con avellanas.

El tercero, y uno de los más importantes, es revisar la lista de ingredientes: a menos número de estos, mejor el alimento. Seleccione esos con pocos o que sean conocidos (alimentos y no productos químicos, conservantes, saborizantes, colorantes). Están de forma decreciente, es decir, el primero es el que está en mayor cantidad y el último en menor.

Otro asunto a tener en cuenta es que los alergénicos deben ser declarados. Además, busque que la etiqueta mencione el nombre del fabricante, una dirección y teléfono de contacto, así como el lugar de origen.

Para terminar, evalúe el contenido nutricional y elija aquellos alimentos ricos en fibra, proteína, vitaminas y minerales y reduzca aquellos altos en grasa saturada, con grasas trans o con alto contenido de azúcar y sodio porque son dañinos para el organismo y pueden, por ejemplo, incrementar el colesterol en las arterias y el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Isabel Carmona, nutricionista y profesora de la Universidad de Antioquia, señala que el mejor indicador es el porcentaje del valor diario. Este debe ser mayor al 10 % para los nutrientes deseables como la fibra y menor al 7 % para esos que no le aportan al cuerpo como los colorantes.

Así que si la etiqueta de su producto obvia alguno de estos asuntos, por su salud, evítelo.

Tenga en cuenta que los alimentos y, por tanto las etiquetas, reflejan los continuos avances en la ciencia y la nutrición, así como cambios en el comportamiento del consumidor.

Kosher
Proceso de producción que sigue las guías de la ley judía. Es un estándar que cumplen muchos alimentos hoy en día y no tiene ninguna incidencia en su calidad nutricional.

Gluten free
Libre de gluten, que es una proteína que se encuentra en algunos granos, como el trigo, a la que se puede desarrollar una fuerte intolerancia. Su ausencia no garantiza menos calorías.

Light

El producto es más ligero que su versión convencional, pero no hay legislación que especifique lo que significa exactamente, por lo que es importante revisar el contenido con cuidado.

Sin azúcar añadido
El azúcar es un componente natural de varios alimentos, como los carbohidratos. Cuando un producto tiene esta leyenda, no quiere decir que no tenga azúcar.

Isabel carmona
Especialista en educación y nutrición

A veces la fecha de vencimiento está oculta y es difícil de encontrar, o está borrosa. ¿Qué entidad regula esto?

“Lo vigilan y controlan el Invima y la secretarías de salud”.

¿Cuáles son los ingredientes alergénicos, cómo podemos identificar su presencia en productos alimentarios y quienes deben tener precaución con ellos?

“Son algunos cereales que contienen gluten (trigo, centeno, entre otros), crustáceos y sus productos, huevos y subproductos, pescado y productos pesqueros; maní, soya y sus productos; leche y productos lácteos, nueces de árboles y sus productos derivados y los sulfitos. Los podemos identificar en la lista de ingredientes y esta información es específicamente para aquellas personas que tienen una hipersensibilidad, alergia o intolerancia diagnosticada a estos ingredientes o alimentos”.

¿Cuáles son los ingredientes principales para evitar en los alimentos que se leen en la etiqueta?

“Los que no esperaríamos o que de manera natural no estarían presentes en esos productos”.

Cero grasa trans, ¿significa que no la contiene?

“En algunas ocasiones es que tiene 0 gramos de grasas trans por porción de producto, pero es posible que al incrementar la cantidad (si no comemos una sino 2 porciones o más), el consumo de grasas trans empiece a ser representativo. Esto puede pasar por ejemplo con algunas margarinas, esparcibles y productos de panadería”.

¿Qué significa natural en un producto?

“Es un término que en la legislación Colombiana es ambiguo, por ello en ocasiones se usa de manera inadecuada”.

¿Qué significa saludable?

“Es interesante aclarar que el término saludable esta expresamente prohibido en la legislación colombiana en el etiquetado de alimentos”.

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