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Robar como una de las bellas artes


Pierre Le Guennec es un electricista francés condenado por apropiarse de unas obras de Picasso, quien a su vez estuvo a punto de ir a prisión acusado de robarse La Mona Lisa. Ilustración: Esteban Paris

Pierre Le Guennec no es un ladrón famoso. Al menos no como lo llegó a ser René Alphonse van den Berghe, más conocido como Erik el Belga, de quien se calcula que, de museos e iglesias, hurtó unas 6.000 piezas, especialmente en España.

Pierre tampoco es un Thomas Crown al estilo Steve McQueen, ni con la estampa de Pierce Brosnan. Es, a secas, un electricista que a sus 75 años resultó condenado por apropiarse de 271 obras inéditas de Pablo Picasso.

El suyo no fue un robo al estilo Vincenzo Peruggia, quien en el verano de 1911, disfrazado como un miembro más del personal del Louvre, descolgó La Gioconda y se escabulló con la pieza maestra del sfumato escondida bajo el brazo.

El maestro de los cables y la corriente eléctrica a 220 voltios y 50 hertz, sencillamente, calló durante años que tenía en su poder el enorme lote con dibujos, litografías, retratos, collages y otros bocetos avaluados en 60 millones de euros, un poco menos de 170 mil millones del devaluado peso colombiano. “Fue regalo de la familia Picasso, usía”, debió argumentar ante el juez.

Insensato, dirán algunos. Cínico, otros más. O cándido, quienes le creen la historia. Fue él mismo quien se delató cuando, en 2010, apareció ante las oficinas de la Picasso Administration, en el número 8 de la rue Volney (a unas cuantas cuadras del famoso museo parisino) para certificar la autenticidad y el valor del botín, pensando en la herencia para sus hijos.

Y ya ven, los piratas hoy no tienen pata de palo sino diploma de abogado y este mapa del tesoro resultó llevar a un juicio en el que, cuatro años después, monsieur Le Guennec fue condenado a dos años de cárcel, exentos de cumplimiento, pues a fin de cuentas no se lucró con su preciada posesión que mantuvo en una caja, 37 años olvidada, en el garaje de su casa.

A los encargados de impartir justicia no le valieron los argumentos de la defensa. El anciano le contó que fue la viuda de Picasso Jacqueline Roque, quien les regaló las obras a nombre de su esposo por allá en 1971.

Se hizo justicia, dirán algunos. Menos mal se recuperaron las obras, opinarán otros más. ¡Qué va, cándidos! ¡Si hasta el mismísimo pintor malagueño fue un ladrón!

Apollinaire y Picasso

En el mundo del robo del arte, los del poeta Guillaume Apollinaire y el pintor Pablo Picasso fueron robos de poca monta, escaperos que metían en los bolsillos de sus abrigos pequeñas obras poco vigiladas del Museo del Louvre. Sus andanzas son rumores, sus amigos las contaban como hazañas, un divertimento que abarca las dos acepciones de la palabra.

Pero la diversión se fue al traste tras la declaración del aventurero Géry Pieret al París Journal, una semana después del robo de La Gioconda en 1911, sobre lo fácil que resultaba sustraer piezas de arte del palacio convertido en museo.

Pieret, quien había fungido durante un tiempo como secretario de Apollinaire y hasta le había vendido un par de piezas robadas a Picasso, aportó como prueba una estatuilla proveniente de alguna de las salas del Louvre. Los gendarmes encontraron en la historia publicada por aquel diario el hilo para desenredar la madeja y concluyeron, al mejor estilo del Inspector Clouseau, que todos los caminos conducían al número 13 de la rue Ravignan, la casa de la peligrosísima Banda Picasso que se reunía allí en el llamado Bateau-Lavoir.

Eran gente de temer: Picasso, Jacob, Modigliani, Cocteau, Apollinaire, Stein y otros tantos más. No nos digamos mentiras, ese tipo de personajes siempre han asustado a las autoridades. Claro, sus actuaciones tampoco los hacían parecer inocentes. “Todos los museos deberían ser destruidos”, había dicho Apollinaire en alguna ocasión.

Las autoridades francesas allanaron la casa del poeta, lo arrestaron y cantó: señaló a Picasso, y el malagueño tal cual Pedro lo negó todo, hasta conocer al poeta, y se libró de terminar preso. Las pesquisas de la policía no fueron suficientes y a los pocos días libertaron al escritor, pero el asunto de las autoridades tras la huella de los artistas acabó con el juego de robos de Picasso y Apollinaire... y con su amistad, de paso.

Peruggia, el patriota italiano

Veintiocho meses permaneció desaparecida la dama de la inquietante sonrisa. Finalmente, un día a finales de 1913, en carta dirigida al anticuario florentino Alfredo Geri, el remitente (un tal Leonardo, que en realidad no era otro que Vincenzo Peruggia), le confesaba su interés de devolver a Italia un tesoro robado por Francia. A Geri el asunto le sonó raro, llamó a la policía y con la mayor tranquilidad recuperaron La Mona Lisa que en lugar de terminar en la Galería de los Uffizi, como quería el ladrón, retornó a París.

El robo que tanto complicó a Picasso llegó así a su solución. Y el italiano terminó condenado a siete meses de prisión.

Las fotos de Peruggia, con su bigote curvado en las puntas, de frente y de perfil sobre sus huellas dactilares en su reseña policiaca, se pueden ver en internet. No hay dudas: él se llevó la tabla de 77 cm x 53 cm. Pero pocos creen que la idea de descolgar el cuadro y huir con él haya sido suya.

Peruggia era un inmigrante italiano, maltratado por los parisinos y un convencido de que las huestes de Napoleón habían robado la obra, ignorando que fue el propio Da Vinci quien se la vendió al rey Francisco I de Francia en el siglo XVI.

En todo caso, hay que ser sensatos: si hoy esa pequeña tabla es mundialmente reconocida se debe tanto al gran genio de Leonardo como al desconocimiento histórico y el patrioterismo de este carpintero. Cuando Peruggia la robó, La Mona Lisa estaba lejos de ser la más reconocida y popular obra del Louvre, opacada por La Victoria de Samotracia o La Venus de Milo.

Tras su desaparición, la policía llenó París con pósters de la obra para que la gente reconociera el cuadro robado e informara si lo veía. Los periódicos se llenaron de informes sobre la pintura y la gente iba al museo a ver el espacio en blanco y los ganchos vacíos que había dejado el cuadro. Así, el Retrato de Lisa Gherardini, apreciado por los intelectuales y desconocido por la gran mayoría, pasó a ser parte de la cultura de masas.

Antes del robo, apenas unos cuantos iban a ver el cuadro. Cuando volvió al museo, en 1914, se calcula que solo en los primeros dos días de exhibición en el Salón Carré fueron a verla más de 100 mil personas. Hoy, ubicada en la sala 6, en el primer piso del Ala Delon, tras un cristal blindado y otros tantos artilugios de seguridad, puede ser vista por ocho millones de personas, el número de visitantes que recibe el Louvre cada año.

El caballero ladrón

Educado, amante del arte, pintor excelso. Pero también algo gamberro y cínico. Ese es René Alphonse van den Berghe, más conocido como Erik el Belga, de profesión anticuario y ladrón por vocación. Se pasó años entrando a hurtadillas, amparado por la noche, a ermitas, iglesias y monasterios con el único fin de sustraer arte religioso. Él confiesa 600 robos en 11 países. Se le atribuye la desaparición de alrededor de 6.000 piezas. Ambas cifras pueden ser una exageración.

Su vida iba golpe tras golpe. Hay rastros suyos desde la década del 60. Solo en el año 1979 dio tres de los más sonados en España. Entre el 25 y 26 de octubre, con la ayuda de alguien que les dejó abierta una puerta de entrada al Santuario de San Miguel de Aralar, en las cumbres de la Sierra, en Navarra, sustrajo el Retablo de San Miguel de Aralar, una obra de arte románico del siglo XII. Dicen que cobró 100 millones de pesetas por ese encargo. Solo 12 años después el santuario recuperó la obra.

El 9 de noviembre, Erik y su banda entraron a la iglesia parroquial de Paredes de Nava, un pueblito al norte de España que hoy no tiene más de 2.000 habitantes. Se robaron las Tablas de Berruguete, cinco pinturas sobre tabla del siglo XV que representan a los reyes de Israel. Las recuperaron un mes después cuando estaban embaladas y listas para viajar fuera del país.

Ese mismo año, en diciembre, se metió en la Catedral de Roda de Isábena en Huesca, para llevarse una reliquia: la Silla de San Ramón (Huesca), un tapiz del siglo XVI y otros elementos más. La silla la devolvió el propio Erik años después y el tapiz fue recuperado en 2012. Tras viajar a Bélgica y ser vendido subastado en Munich, el largo viaje del tapiz terminó en Estados Unidos: lo tenía un marchante de Huston, Texas, quien pagó por él 369.000 dólares.

El 9 de marzo de 1980, domingo para más señas, desaparecieron de la Catedral de Tarragona (España) 8 cruces, 3 copones de plata, 3 incensarios, 16 portapaces, un retablo de San Bartolomé, una imagen de Santa Tecla, otra de san Miguel Arcángel y una cruz de plata.

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El fiscal del caso, como lo registró el diario El País, de Madrid, en su edición del 5 de enero de 1983, aseguró que el ladrón escaló una pared, se metió por una ventana y forzó varias cerraduras. Para la fecha del robo, el anticuario convertido en ladrón ya tenía 40 años y consta en el mismo reporte que el señor Van der Berghe argumentó estar delicado de salud, lo que limitaría para ir saltando muros.

Sin embargo, dos años después, en 1982, se escapó de un centro de salud en Madrid descolgándose por la ventana, usando la sábana de la cama como una cuerda por la cual bajar. Así, en la calle ya y vestido con la pijama del hospital, tomó un taxi. Lo volvieron a atrapar horas después. Pagó tres años de cárcel y, tras negociar con la justicia española y colaborar en la recuperación de 1.500 obras, quedó en libertad.

Siempre robó por encargo. “Es absurdo robar algo que te va a dar problemas y que nadie te va a pagar”, le dijo René Alphonse van der Berghe a la periodista Tamara Crespo en una entrevista publicada por la revista digital FronteraD. Hoy es un señor de 75 años, a quien la diabetes casi le cuesta la visión, retirado del negocio, asegura.

“He salvado miles de obras de arte que se estaban pudriendo y que ahora están bien calentitas. He dado a conocer el patrimonio español en toda Europa”, le respondió al periódico La Vanguardia, de Barcelona, en esa seguidilla de entrevistas que concedió tras publicar sus memorias Por amor al arte.

El francés enamorado del arte

A los 33 años, el mesero francés Stephane Breitwieser confesó haber robado obras de arte en diferentes museos y galerías de Europa. Obras de Brueghel el joven, Watteau y Durero fueron sustraídas por este personaje que usaba a su novia como distractor de guardianes y bedeles mientras el se ocupaba de desaparecer la obra de arte.

El primero de sus golpes lo dio en un castillo en Bonn, Alemania, de donde sustrajo una obra de Christian Wilhelm Ernst Dietrich. Lo suyo, sin embargo, no era el mercado negro del arte. Las quería para sí. Con ellas adornó su habitación. Pagó 26 meses de prisión de los 36 a los que lo condenó una corte francesa, con intento de suicidio de por medio.

Su madre, tan linda ella, le escondía el capricho e incluso confesó haber cortado un par de lienzos para castigarlo en alguna ocasión. Al enterarse del arresto de su hijo, en noviembre de 2001, decidió deshacerse de las obras. Unas las hecho a la basura, otras las tiró al canal que une el Ródano con el Rin. Por lo menos 60 de las obras que Breitwieser robó siguen desaparecidas, dicen los informes de prensa. Claro, el francés también tiene su autobiografía: Confesiones de un ladrón de arte.

Comparado con ellos, Pierre Le Guennec sigue siendo un electricista con mala suerte, un hombre que tuvo en su garaje un tesoro del arte y en la más inocente de las confesiones lo perdió todo ante un estrado. Si escribiera sus memorias debería de titularlas Relato de una ingenuidad. Si el juez de su causa hubiera sido un tal Salomón, quizá le habría permitido escoger un par de dibujos para que los conservara.


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