editorial | Publicado el

Juan David Ramírez Correa


Perdonar lo imperdonable

“Hoy doy gracias a Dios en nombre propio y en el de las miles de víctimas que se han sobrepuesto a tener la capacidad de nombrar lo innombrable y perdonar lo imperdonable”.

Con esas palabras, Pastora Mira García, una mujer de San Carlos, Antioquia, víctima de la violencia en varias ocasiones, sincretizó la voz de millones de colombianos que fueron y han sido tocados por ese inverosímil conflicto que nos ha dejado rezagos no solo en el progreso del país, sino también en tolerancia y aceptación de la diferencia.

Pastora, con su cara ya ajada por los años, marcada también por el dolor y esa vida dura que el destino le ha dado, con tono pausado pero enfático, le habló al papa Francisco en el parque de Las Malocas, de Villavicencio, donde más de 6.000 víctimas del conflicto de todo el país se reunieron a reflexionar sobre la reconciliación.

Su historia está marcada por el dolor. Su padre, su esposo, su hijo, fueron asesinados. Su hija fue desaparecida. Sufrió amenazas, extorsiones, desplazamiento. Ese ha sido el triste trato que le ha dado la vida, en el que se resume lo inverosímil de la guerra en Colombia. Pero la noticia es otra: ella no se deja derrotar.

El Papa la escuchó con detenimiento. No le quitó su mirada compungida y atónita. Se le notaba el asombro de ver a alguien que ha caído, se ha levantado, ha caído, se ha levantado y así, sucesivamente, como si fuera una dinámica perversa. Con esa mirada, Francisco le dijo lo que muchos no han querido aceptar en este país: les debemos un respeto infinito a las víctimas del conflicto.

Las palabras de Pastora, al igual que las de Luz Dary Landazury, quien resultó herida por una mina en Tumaco; las de Juan Carlos Murcia, un exguerrillero mutilado por la manipulación de explosivos, y las de Deisy Sánchez Rey, una mujer que desde pequeña fue reclutada por las autodefensas, quienes también dieron su testimonio al frente del Cristo Negro de Bojayá, esa figura sin cruz, sin brazos ni piernas, consecuencia de la barbarie de las Farc, sincretizaron la voz común de millones de colombianos víctimas de la violencia. La voz de esos policías, los secuestrados, militares, los civiles que perdieron a sus seres queridos, los desplazados, los desmovilizados y de aquellos que fueron secuestrados, personas que son el reflejo de una Colombia caótica en la que matar ha sido más rentable que tolerar.

“Tienes razón (refiriéndose a Pastora): la violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible, y eso solo es posible con el perdón y la reconciliación concreta. Y tú, querida Pastora, y tantos otros como tú, nos han demostrado que esto es posible”, le dijo el Papa, unas palabras si se quieren fáciles de decir por lo simples y sencillas, pero de una lógica humana innegable, esa misma que invita a entender que en este país, se puede perdonar lo imperdonable.

Eso es lo que Pastora ha hecho. Perdonar lo imperdonable y lo más bello es que tiene una profunda convicción de que en el perdón está el camino de la reconciliación y de la paz. Eso es increíble. Una demostración más de lo que necesita este país.

No hay de otra. Hay tantas víctimas, hay tanto dolor, que si no se libera sobre la base de la verdad con toda seguridad esa espina de la violencia seguirá incrustada, enquistándose e infectándose. Ese es el primer paso para encontrar un verdadero camino que lleve a Colombia a ser lo que debería ser, un gran país, donde se perdonó lo imperdonable.


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