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Oportunidades aprovechadas. “Persecución al límite”, de Eran Creevy


El cine, como tantas cosas de la vida, es un asunto de oportunidades. La oportunidad de tener en su catálogo una película de Martin Scorsese sobre mafiosos viejos hace que Netflix financie esa cinta, El irlandés, aunque cueste más de 100 millones de dólares. De la misma forma, alguien vio una oportunidad de hacer dinero juntando a un par de actores jóvenes con reconocimiento (Nicholas Hoult y Felicity Jones) con dos veteranos con ganas de recreo (Ben Kingsley y Anthony Hopkins), en una cosa blanda y sin gracia, que pretendía emular a la carrera (nunca mejor dicho) lo conseguido en los últimos años por películas como Drive, mezclando escapes en bólidos de lujo con una historia de amor trágica.

El resultado es esta Persecución al límite que inexplicablemente llega a las carteleras colombianas el mismo fin de semana en que Bogotá celebra una nueva edición de IndieBo, uno de los festivales de cine mejor programados de nuestro país. Ver este menjurje insípido y compararlo con los títulos del encuentro capitalino puede ser una buena manera de entristecerse o el motivo perfecto para ahogar las penas cinéfilas en licor o en helado de chocolate. Hay que suponer que el reparto vio la oportunidad de tener unas vacaciones pagadas en la ciudad alemana de Colonia y de manejar carros de alta gama sin necesidad de comprarlos, para haber aceptado participar en una producción como esta, en la que la única idea original que nos presentan es la peluca rubia que le ponen a Felicity Jones para volverla más “norteamericana”. Aunque es probable que haya sido un vano intento de la actriz para que no la reconociéramos.

Casey es un jalador de carros que ha llegado a Europa huyendo de la justicia estadounidense, mientras que Juliette (nombre puesto para que Hopkins pueda citar a Shakespeare a sus anchas), no sabemos muy bien por qué, trabaja atendiendo la barra de una discoteca de mal gusto musical, casi tan malo como el de la banda sonora de la película. Por ella Casey está dispuesto a dejar su carrera en el crimen bajo las órdenes de un Ben Kingsley que decide mostrarnos su faceta de cómico, con un personaje rimbombante y kitsch: un mafioso “acelerado” a toda hora por el consumo de droga. Ver a Kingsley y a Hopkins gozándose sus escenas, burlándose un poco de ellas y de sí mismos, es la única recompensa que tendremos con esta historia que recurrirá al melodrama fácil (hay que hacer un “trabajo” para conseguir dinero para una operación) y a las persecuciones por calles pintorescas, para hacernos olvidar su mediocridad como cinta de acción, como drama romántico o comedia de acción. Fracasa en el subgénero que usted guste. A su lado, los brincos inverosímiles de los carros de Rápido y furioso son casi arte.

El cine, como tantas cosas en la vida, es un asunto de oportunidades. Usted puede decidir ver Persecución al límite para desconectar su cerebro un rato y comer crispetas en la penumbra. O puede tomar la oportunidad que le brinda la cinta para usar mejor esa hora y media y leer un libro.


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